Relato Literario

14.000 Palabras

La frontera de la libertad

Mayo 2019

Javier Colomo Ugarte

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ÍNDICE

Prólogo

I. (1938) El camino hacia la libertad

II. (1938 - 1939). El precio de la libertad

III. (1944) Esperanza en la adversidad

IV. (1966) El final de los malvados

V. (1979) La reconciliación del olvido

VI. (2001) Epílogo


Prólogo

Desde hace varios años, en Navarra, en el mes de mayo se recuerda la fuga en 1938 del fuerte de Ezcaba de cientos de evadidos en dirección a la frontera francesa. La fuga del penal de Ezcaba fue la más masiva realizada en el siglo XX en Europa. Está documentado que solamente tres llegaron a la frontera, y varios centenares fueron ejecutados en el camino.

Este relato está inspirado en esa fuga, dando vida a un posible cuarto fugado del que existen indicios de que retornó al pueblo de montaña de Iragi en el Valle de Esteribar (Navarra).

Los acontecimientos principales en los que está ambientado el relato son reales. El hospital de Mataró existió, y la inauguración del Memorial a las víctimas de franquismo en la Rioja se realizó el 1 de mayo de 1979. Los nombres de los personajes eran comunes en las fechas que nacieron.  Los nombre de María y Pilar en Mataró están puestos en rememoración de los nombres de María y Pilar de la novela de Hernest Hemingway, "Por quién doblan las campanas". Hemingway tomaría el nombre de María inspirado en María Sans, una enfermera del hospital de Mataró a quien conoció en 1937 en una visita que realizó a un brigadista internacional amigo suyo ingresado en ese hospital.

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Cita:

"Hay quienes vilipendian este esfuerzo de memoria. Dicen que no hay que remover el pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que hay que mirar hacia adelante y no encarnizarse en reabrir viejas heridas. Están perfectamente equivocados. Las heridas aún no están cerradas. Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego. Su único tratamiento es la verdad. Y luego, la justicia. Sólo así es posible el olvido verdadero.

Juan Gelman (2007)

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I

1938

Valle de Esteribar (Navarra)

El camino hacia la libertad

Javier había madrugado para ir a los prados del monte Baratxueta donde tenía pastando su ganado. El sendero cruzaba el hayedo, que a finales de mayo ya había vuelto a reverdecer con todo su esplendor. Caminaba sin prisa cuando de pronto oyó unos disparos. Sorprendido por la rápida cadencia de disparo se dio cuenta que no eran escopetas de caza y que algo fuera de lo común estaba sucediendo.

 Tomando sus precauciones se dirigió hacia el lugar que sonaban los disparos. Cuando estimó que estaba cerca subió a una elevación del terreno y se hecho al suelo para observar. En un claro del bosque había varias personas armadas vestidas con uniforme encañonando a un joven tumbado sobre el terreno y otros tres de los uniformados corrían tras otro joven que se adentró en el hayedo. Pasada media hora los perseguidores volvieron. Un oficial que parecía al mando les increpó:

 ¡Donde está el fugado!

- Ha huido, pero no irá muy lejos, tenemos controlado el paso de Egozkue.

 El oficial se volvió hacía el apresado que yacía boca abajo en el suelo sacó su pistola y le disparó un tiro en la cabeza.

 Otro uniformado se acercó al cuerpo le dio la vuelta y exclamó:

- Que hacemos con él.

 El oficial respondió:

- Dejadlo donde está no podemos entretenernos, los voluntarios marchad con el sargento hacia Egozkue y los demás venir conmigo bajaremos a Eugui y si toma esa dirección le atraparemos antes de que cruce el río Arga.

 Javier esperó casi una hora tumbado desde donde había observado la escena. Cuando creyó que no había nadie en los alrededores se acercó hasta el cuerpo del joven. Lo miró en silencio durante un buen rato. Tenía la cabeza destrozada por el disparo pero en sus rasgos aun se podía adivinar que no tendría más de veinte años.

 Sin poder evitarlo se puso a llorar, era 23 de mayo, y hacía exactamente un año que su hijo había muerto con 21 años en un bombardeo en el frente de Bilbao. No pudo recuperar el cuerpo de su hijo y ahora tenía a su pies el cuerpo sin vida de un joven de su edad. Maldijo la guerra. Él siempre había pensado que la misma no era el camino para solventar las diferencias entre los seres humanos. Sin embargo, el general Mola supo engañar bien a los jóvenes navarros para arrastrarlos a la guerra.

 De poco sirvieron los consejos que le dio a su hijo para que no se alistara en el cuerpo de requetés. - La mayoría de los jóvenes se apuntan-, le respondía su hijo; pero él seguía pensando que la euforia de la defensa de las tradiciones por medio de la guerra era una manipulación del clero y de las clases adineradas. Su hijo no había sido un mártir, tal y como le dijera el párroco cuando le comunicó la fatal noticia de su muerte, sino que había sido una víctima de quienes antepusieron su odio al diálogo y la paz y no tuvieron reparos en sacrificar la vida de una generación de jóvenes arrastrándolos a la guerra.

 Su hijo y el joven que tenía delante habrían estado en trincheras opuestas, pero al final su destino fue el mismo, una muerte injustificada. No se hacía idea de como pudo ser la muerte de su hijo, el párroco no le dio ningún detalle, pero la muerte que había visto del joven que tenía delante le horrorizaba. La maldad de quien efectuó el disparo a sangre fría no debía tener límites y, siendo muy posible que estaría situado cerca de las personas que gobernaban, debería callar para siempre lo que había visto. El resto de su vida debería vivir no solo con el dolor por la muerte de su hijo sino con el miedo de quien se sabe gobernado por personas crueles.

 Comenzó a llover, el agua le fue empapando hasta que sintió el frío en el cuerpo que le sacó de sus pensamientos. No podía dejar el cuerpo del joven allí, debía enterrarlo, no solo porque era una obra de misericordia que debía cumplir sino porque también era una reparación por no haber podido enterrar el cuerpo de su hijo.

 Arrastró el cuerpo hasta el linde del bosque con el claro. Buscó una rama de árbol que le sirviera para excavar la tierra y comenzó el trabajo. El agua convertía en barro la tierra que sacaba, pero continuaba sin pausa. Después de un rato se incorporó para descansar. En ese momento le pareció oír un ruido. Se estremeció, miró a su alrededor, y entonces una persona joven salió de unas matas que lo ocultaban.

¿Puedo ayudarle? dijo el joven.

 Javier quedó sorprendido, dedujo por la ropa que debía ser el compañero del joven muerto, que había huido.

 ¡Sí! respondió Javier

 - No tienes miedo de que te pueda delatar.

 - No, le he visto llorar delante del cuerpo de mi amigo y ahora va a enterrarlo, solo una buena persona es capaz de eso, y yo no tengo miedo de la buenas personas.

 Se pusieron los dos manos a la obra. Consiguieron abrir un hoyo, depositaron con cuidado el cuerpo y lo cubrieron de tierra, de tal forma que pasase desapercibido el lugar que estaba enterrado. El joven se quedó quieto unos minutos delante de la tumba de su amigo. Javier entre las gotas de agua deslizándose por el rostro del joven creyó ver unas lágrimas.

 El joven se dirigió a Javier.

 ¿Puede indicarme por donde está la frontera?

 Javier se quedo un momento pensativo, y luego le contestó:

 - Puedo llevarte si quieres.

 - No quisiera comprometerle, puede ser peligroso.

- Eso es asunto mío.

- Agradezco enormemente su gesto, haré lo que usted me diga.

- Bien, de momento debemos buscar un refugio, iremos a una cabaña que está al otro lado del Baratxueta.

 ¿No notaran su ausencia en el pueblo?

- No, es normal que falte más de un día, y con esta lluvia pensaran que me he quedado en la cabaña que tengo junto a los prados.

- Tal vez, en la cabaña puedan estar los que me persiguen.

- No a la que vamos, es una pequeña cabaña de piedra muy metida en el bosque que la usaban los carboneros, pero ahora está abandonada.

 Subieron el Baratxueta, cruzaron su cima alomada y descendieron por la vertiente noreste. Llegaron a la cabaña, se acomodaron, se quitaron la ropa y Javier con carbón vegetal que había en la cabaña hizo fuego evitando que saliera humo al exterior. De sus alforjas sacó un queso, tocino, pan y agua.

- Está todo muy bueno, llevo toda la noche y el día de hoy andando sin comer.

- Me gusta llevar las alforjas con comida para más de un día. Respondió Javier, y continuó:

- El plan es el siguiente. Estaremos en la cabaña hasta que empiece a anochecer. Cuando oscurezca bajaremos hacia el puerto de Egozkue. Es casi seguro que estará custodiado pero lo cruzaremos por un punto poco transitado. Una vez que lo hayamos cruzado podremos llegar a la frontera por el collado de Artesiaga sin que nadie nos vea. Andaremos toda la noche por el bosque de hayas. Si nos ponemos en marcha hacia las diez de la noche espero que estemos en la frontera sobre las cinco de la mañana. Ellos te estarán esperando por la zona de Eugui a que pases el río Arga pero por donde vamos a ir no hace falta cruzar ningún río.

 Con el calor del carbón se calentaron y secaron las ropas. El joven le dijo a Javier que se llamaba Juan, y le contó la fuga que cientos de presos habían protagonizado el día anterior. Javier se enteró por Juan que en el fuerte de San Cristóbal en el monte Ezcaba, situado al norte de Pamplona, había más de mil prisioneros republicanos. El día anterior, un grupo de reclusos se habían amotinado a última hora de la tarde y reducido a los guardias, tras lo cual una mayoría de reclusos decidieron huir aprovechando la noche en dirección hacia la frontera francesa. Él y su amigo habían cruzado un río y subido a una zona alta al otro lado, y siguiendo por la misma habían llegado hasta donde les sorprendió la patrulla que acabó con la vida de su amigo.

 Tras la conversación Juan se durmió. Javier pensó que el hecho de que se durmiera era una prueba de que confiaba en él. Estaba decidido por encima de todo a llevar a Juan a la frontera. Era el acto más heroico de su vida, un compromiso con su sentido de la justicia y una deuda a saldar con las víctimas de la guerra.

 Al anochecer se pusieron en camino. Había dejado de llover pero el cielo seguía cubierto de nubes aumentando la oscuridad de la noche. Juan estaba sorprendido de la facilidad con la que Javier caminaba en la oscuridad. Después de media hora Javier detuvo la marcha, y en un susurro le dijo a Juan:

- Vamos a cruzar el puerto de Egozkue, yo pasaré primero y después de unos minutos volveré y pasaremos los dos, si no vuelvo permaneces escondido.

 A los diez minutos Javier volvió.

 - Vamos, en esta parte no hay vigilancia.

 Siguieron caminando durante varías horas. Sobre las dos de la madrugada Javier detuvo otra vez la marcha.

 - Vamos a subir el Monte Zuriain.

 Juan vio que el camino se empinaba. Estaba cansado pero la confianza que le inspiraba Javier y la esperanza de que podía llegar a la frontera le daba nuevas energías. Alcanzaron la cima del Zuriain por su cara oeste y descendieron por el este. Después de una hora de descenso Javier volvió a detenerse.

 - Vamos a cruzar el collado de Artesiaga. Haremos lo mismo que en Egozkue.

 Cruzaron el collado. El camino comenzó de nuevo a subir y luego a descender. Sobre las cinco de la mañana Javier se sentó en un tronco de árbol caído, puso las alforjas en el suelo y en voz alta dijo:

 - Hemos cruzado la frontera.

- Gracias. Respondió vehementemente Juan.

 ¿Estás seguro de que en Francia no te detendrán?

- Sí, hay un gobierno que apoya a la república.

 - Espero que tengas suerte y esta sea la frontera hacia la libertad.

 ¡Es la frontera de la libertad! Volvió a responder enfáticamente Juan.

 Se abrazaron emocionados, luego tras unas indicaciones de Javier se separaron. Estaba amaneciendo. Juan camino hacia su libertad. Tras él quedaban cientos de fugados asesinados por las fuerzas franquistas.

 Nunca olvidaría a Javier, le había salvado la vida.

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Después de dormir dos horas a la intemperie Javier volvió sobre sus pasos. Por la tarde del día 24 había llegado a la cabaña que tenía junto a los prados para vigilar el ganado. Comió y se dispuso a dormir durante unas horas. En ese momento dos guardias civiles entraron por la puerta.

¿Es usted Javier?. Le dijo el que parecía el cabo.

- Sí. Respondió Javier, intentado disimular cualquier rastro de cansancio.

¿Ha visto alguien por los alrededores?. Continuó el cabo.

¡No!

- En Iragui nos han informado que usted subió ayer a vigilar el ganado y que no había vuelto.

- Así es. Comenzó a llover y me quede en la cabaña. Esta tarde pensaba bajar el pueblo.

- Se han fugado unos delincuentes y sabemos que hay varios por esta zona.

- Si veo alguno les informaré.

- Nosotros tenemos nuestro centro de operaciones en Urtasun.

Los guardias civiles salieron de la cabaña y se perdieron en la espesura.

Javier quedó a si mismo impresionado por su serenidad en la conversación. No tenía miedo. Se acostó y durmió durante varias horas. A última hora de la tarde bajó al pueblo.

Cuando llegó dos vecinos lo saludaron y se acercaron para informarle de lo que estaba sucediendo. El mayor de los dos se dirigió a Javier.

- Estamos asustados, la guardia civil nos ha informado que hay varios delincuentes peligrosos fugados, no sabemos que hacer.

- Nada. Respondió Javier.

- Alberto se ha ofrecido voluntario para ayudarles a explorar la zona. También hay voluntarios de Zubiri. Nosotros les hemos dicho que tenemos que cuidar del ganado y de nuestras familias.

Javier permaneció en silenció. Repasó mentalmente los rasgos de los voluntarios que estaban con el oficial que disparó contra el amigo de Juan. No conocía a ninguno.

El otro vecino rompió el silencio que se había creado.

- Creo que los están matando. En Urtasun han debido fusilar a tres.

- No podemos hacer nada. Replicó Javier. - Cada uno que actúe según su conciencia.

Se separaron y Javier entró en su casa.

El más joven de los vecinos le dijo al otro.

¿Que habrá querido decir con eso de que cada uno actúe según su conciencia?

El otro respondió.

- No lo sé, pero me ha parecido que le había cambiado la cara de tristeza que tenía desde que murió su hijo. Lo he visto más animado.

Pasaron los días, las noticias de la fuga de presos era el comentario común en todos los pueblos del valle de Esteribar. Se realizaban en un tono de discreción, como si quien los hiciera o los escuchara temiera que llegarán a oídos indiscretos.

La versión más extendida fue que varias docenas de presos recluidos por su peligrosidad en el fuerte de San Cristóbal en el monte Ezcaba habían huido después de matar a los guardias y que todos habían sido capturados. Otra versión que circulaba más en secreto era que los fugados eran presos republicanos que querían huir a Francia y que la mayoría de ellos habían sido ejecutados en el camino.

Javier guardaría en secreto el resto de su vida lo acontecido el 23 de mayo de 1938. A su mujer jamás le dijo nada, pero ésta, también se dio cuenta que, tras aquel misterioso día, su marido había recobrado el optimismo y las ganas de vivir.

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II

1938 - 1939

El precio de la libertad

Cuando amaneció Juan estaba cerca de Esnazu. Su intención era ir a una gendarmería donde contar su huída del presidio franquista de Ezcaba y solicitar su traslado al consulado que el gobierno de la República tenía en Biarritz. Como era muy temprano decidió esperar a que la mañana avanzara antes de entrar en el pueblo.

Se sentó y comenzó a comer los alimentos que le había dado Javier. Desde donde estaba el valle de Alduides se extendía en dirección noreste mostrando el verdor de su laderas y sus campos de pasto. El fondo del valle estaba cubierto por una neblina matinal que comenzaba a disiparse con los primeros rayos de sol. La espera se tradujo en una recapitulación de su vida y de los hechos trágicos que le habían acontecido en los últimos meses.

Su madre había muerto cuando era niño, y fue su padre y una tía quienes le cuidaron en Calahorra. El sueño de su padre, farmacéutico en la localidad, era que estudiara medicina, se matriculó en la Facultad de Medicina de Zaragoza, pero al tiempo de haber iniciado sus estudios tuvo que dejarlos por la guerra, trasladándose a vivir con su padre.

A pesar de las tensiones que la guerra producía en la ciudad él estaba contento de ayudarle a su padre en la gestión de la farmacia. Sin embargo, la aparente tranquilidad en la que ambos vivían quedaría truncada el 12 de octubre de 1937, cuando varias personas armadas vestidas de uniforme entraron a la farmacia.

Su padre les recibió mientras él desde la trastienda veía lo que sucedía. Oyó como alguien con voz altiva se dirigía a su padre.

¡Es usted el dueño de la farmacia!

¡Sí!

- Queda detenido.

¿De que se me acusa?

- De colaboración con el enemigo.

- No se a que está refiriéndose.

- Le hemos vigilado y hemos comprobado que ha estado vendiendo medicinas a personas sospechosas de estar en contacto con milicianos de la República.

- Yo no pregunto la filiación política de quien viene a por medicinas.

- Pues debería haberlo hecho, estamos en guerra. Desde ahora la farmacia queda confiscada y se pondrá al servicio del "alzamiento nacional".

Sin mediar más palabras dos hombres tumbaron al padre de Juan en el suelo, lo ataron y lo amordazaron. Cuando Juan vio que se llevaban a su padre se abalanzó sobre el grupo pero otros dos lo sujetaron y lo redujeron.

¡Que hacemos con éste!. Exclamó uno de ellos.

- Meterlo también al camión. Dijo el de la voz altiva.

En el camión había varias personas más detenidas. Cuando llegaron a un cuartel a Juan lo bajaron y el camión continuó su marcha. Con una mezcla de furia y miedo Juan vio alejarse el camión. Se temió lo peor. Conocía de oídas las prácticas del traslado de prisioneros a lugares apartados donde eran fusilados.

Después de unos días detenido en el cuartel fue trasladado al penal del monte Ezcaba. Las condiciones de vida en el mismo eran horribles. Cientos de prisioneros hacinados en muy pocos metros, con la comida y el agua racionados. El invierno de 1937 a 1938, fue especialmente duro, vio morir a varias personas, a los enfermos los apartaban de los sanos, y sospechaba que era para dejarlos morir. En aquellas condiciones, una manera de no caer en la desesperación era crear grupos de amigos con los que compartir  las vicisitudes de la vida en prisión.

En esas circunstancias es donde conoció a Luís, un joven jornalero de León, cuyo delito era haber pertenecido a la CNT. Él fue quien el 22 de mayo, cuando un grupo de reclusos se sublevó y redujo a la guarnición, le animó a huir de aquel infierno. Estuvo dudando entre seguir a su amigo o permanecer junto a los reclusos que habían optado por quedarse, pero no había mucho tiempo para meditar, y al final optó por seguir a su amigo. Cuando la patrulla los sorprendió los dos podían haber sido capturados, pero él tuvo la suerte de encontrar a Javier, a quién nunca olvidaría, en cambio su amigo quedó para siempre en aquel bosque.

Su padre, y luego su amigo, habían sido víctimas de una guerra en la que no habían participado. Ninguno de los dos nunca hicieron daño a nadie, fueron asesinados solo por vender medicinas y pertenecer a un sindicato. La consideración de esos hechos como delito le exasperaba, y el que hubiera sido suficiente justificación para los asesinos, hacia revivir en él un sentimiento de venganza que no podía evitar. Pensó que en las guerras la venganza personal no tenía razón de ser por la implicación colectiva en las crueldades que se cometen, pero si era posible el compromiso de apoyar a quienes combatían al bando franquista donde estaban los asesinos de su padre y de su amigo.

Él se consideraba pacifista y nunca empuñaría un arma para matar a nadie, su vocación para ser médico la había heredado de la bondad de su padre, deseoso siempre de ayudar a remediar el dolor de los demás. Y en una guerra había muchas formas de ser útil y de contribuir a la victoria de los demócratas sobre el terror del fascismo; una de ellas era atender a los heridos. Se comprometió a que en el caso de que se le presentara la ocasión esa sería su misión.

El sol fue elevándose en el horizonte, cuando consideró que sería media mañana se dirigió al pueblo y entabló contacto con un grupos de personas que quedaron sorprendidas de ver un fugado de las cárceles franquistas. Hubo varios vecinos que quisieron alojarlo pero optó por quedarse en casa de unos de los ediles del municipio, quien gestionó su traslado al consulado de la República en Biarritz.

Cuando llegó el cónsul salió a recibirle personalmente felicitándole por su huída. Juan le relató su fuga del penal de Ezcaba, el cónsul le escuchó atentamente y posteriormente le indicó que se estaba preparando el traslado de un grupo de españoles a Cataluña al que él podía sumarse. Juan aceptó la propuesta convencido de que Cataluña, en la que gobernaba la Republica, era el mejor lugar donde podía ir.

En el consulado le proporcionaron la documentación necesaria para el viaje por Francia hasta la frontera con Cataluña y una carta con la que presentarse a las autoridades republicanas en Barcelona. En la misma, el cónsul hacía mención expresa de que Juan era un estudiante avanzado de medicina que podía prestar sus servicios a la República.

Cuando cruzaron la frontera un autobús de la república que les estaba esperando les trasladó a Barcelona. El grupo fue recibido en un cuartel por un oficial republicano quien provisionalmente les acomodó en el cuartel. Durmieron en un barracón, por la mañana un  soldado preguntó por Juan, manifestándole que el coronel del cuartel quería verle. Le llevó a una sala del cuartel en la que había varios oficiales en torno a una mesa cubierta de mapas. El soldado se acercó a uno de los oficiales y le saludó.

- Aquí está el fugado de la cárcel franquista, mi coronel.

El coronel le estrechó la mano. Tendría unos cincuenta años, y su voz y maneras eran educadas.

- Según la información de que dispongo consiguió escapar en Navarra de una cárcel franquista.

- Así es. Respondió Juan, mientras observaba los rasgos del coronel.

- En la guerra la suerte es un factor que cuenta, y usted la ha tenido. Espero que en el futuro siga teniéndola, necesitamos gente dispuesta a defender la República.

Juan le entregó la carta del cónsul.

El coronel la leyó y se dirigió a Juan.

Ósea que es médico.

- No pude terminar mis estudios, pero tengo bastantes conocimientos de medicina.

- Bien, estamos muy necesitados de personal sanitario.

Cuando terminó la frase el coronel cambió su actitud afable, y con un tono de voz serio, continuó.

¿Cual es su grado de compromiso con la República?

Juan se quedó sorprendido por lo inesperado de la pregunta, y meditó unos segundos su respuesta.

- No me gustan las guerras, mi vocación es la medicina y la guerra ha truncado mi formación, pero no puedo situarme al margen. Mi padre pensó que podía hacerlo ayudando indistintamente a unos y otros, pero los fascistas no lo entendieron así, y lo asesinaron. Estamos en una guerra y estoy obligado a tomar partido, y está claro que mi opción es la República porque representa la legalidad y la democracia quebrantada por los fascistas.

La sonrisa volvió al rostro del coronel.

- Creo que estoy ante un pacifista, pero no dudo de su sinceridad en la defensa de la República. Le buscaré un destino en un hospital donde pueda atender a los soldados republicanos heridos en combate.

Juan se mostró de acuerdo. El coronel hizo una señal al soldado que le había acompañado, quien le condujo de regreso al barracón donde estaba instalado. A los dos días, cuando estaba con sus compañeros en la cantina, uno de los cocineros se acercó y le dijo.

Ahí hay alguien que pregunta por ti. Y señalo la puerta de la cantina.

Una mujer de unos veinte años vestida de uniforme se encontraba en el umbral de la puerta. El grupo de compañeros de Juan bromearon.

¡Que hermosura de mujer!. Exclamó uno de ellos.

- Creo que no te vas a resistir a ir a tu destino. Dijo otro.

La joven se dio cuenta que su presencia era objeto de comentarios entre los presentes y esbozó una sonrisa. El cocinero acompaño a Juan a presencia de la joven. Juan le preguntó.

¿Está buscándome?

Sí. Vengo a llevarle a su destino en el hospital de Mataró. Aquí tengo la autorización del coronel del cuartel. Y enseño un documento a Juan.

- Recojo mis cosas y cuando quiera partimos.

En la puerta del cuartel había un coche esperándolos que los llevó hasta el hospital. Juan y la Joven ocuparon el asiento posterior. Una vez acomodados, la joven se presentó.

- Me llamo María, soy enfermera en el hospital de Mataró, me han informado que viene usted como ayudante de médico.

Juan un poco turbado, sin saber si era por la emoción de su nuevo trabajo o por la presencia de la hermosa joven, respondió.

- Soy estudiante de medicina, pero creo que podré ayudar en lo que me digan.

- Tenemos mucho trabajo. Nuestro hospital atiende principalmente a los brigadistas internacionales que llegan heridos del frente.

Cuando llegaron María acompaño a Juan ante el director del hospital quien le asignó un turno de trabajo en la dependencia de "Urgencias y primeros auxilios". María le enseño el hospital y luego le acompaño a una casa cercana.

- Esta es una residencia para personal del hospital, creo que podrás contar con una habitación. Los turnos en el hospital son de doce horas pero si hay alguna emergencia debemos estar disponibles las 24 horas del día. Mi casa tampoco está lejos del hospital, yo nací en Mataró y vivo con una tía, mis padres murieron en los bombardeos de marzo.

Juan quedó impresionado del resumen de María y que incluyese en el mismo el hecho de que sus padres habían muerto. Era como si tratará de situarle en la nueva situación haciéndole ver que lo importante no era lo que se podía haber sufrido en la guerra sino la dedicación presente al trabajo de atención a los heridos. No creyó conveniente hablar de su pasado, no parecía necesario, lo que tenía que hacer era demostrar su valía y entrega en su nuevo trabajo.

María se despidió en la puerta de la residencia y se fue. Juan se instaló en una de las habitaciones. Al atardecer cenó en compañía de los residentes casi todos empleados del hospital. A las ocho de la mañana del día siguiente comenzó su turno. El médico jefe de urgencias le presentó al médico al que acompañaría en sus prácticas, un joven de nombre Robert de nacionalidad estadounidense algo mayor que él, con el que establecería una estrecha relación profesional y de amistad. La sala de "Urgencias y primeros auxilios" estaba compuesta de varias habitaciones para atender a los heridos recién llegados, y una sala con unas veinte camas en la que se recuperaban otros heridos en espera de darlos de alta.

Juan agotaba el turno curando heridas, principalmente de metralla. A veces veía a María quien acudía a urgencias a por pacientes que precisaban de convalecencia en otras salas del hospital. Sus miradas se cruzaban, y María siempre las respondía con un sonrisa. Juan se acostumbró a esos encuentros esporádicos y fugaces, y comenzó a notar que cuando María entraba por la puerta de la sala de urgencias una sensación de felicidad le embargaba.

Los turnos de doce horas a veces eran de catorce y solamente acudía a la residencia para dormir y comer, momento en el que, con sus compañeros residentes, compartía sus experiencias en el hospital. Sin embargo, a mediados del mes de julio el tema de conversación cambió. La anunciada ofensiva de la República en el eje del río Ebro ocupaba la mayor parte del tiempo de conversación. Las esperanzas de la República se encontraban en esa ofensiva. Todos preveían que el trabajo en el hospital se incrementaría notablemente ante la magnitud de la contienda que se esperaba.

El 25 de julio comenzó la ofensiva republicana, los éxitos iniciales se vieron frenados por los sublevados franquistas y las operaciones de ambos bandos se estancarían en el tramo del río Ebro. Los bombardeos de la aviación insurrecta comenzaron a  llegar con regularidad a la capital catalana. En el hospital de Mataró los heridos que estaban imposibilitados para caminar fueron instalados en los sótanos del hospital, y el resto de convalecientes y el personal sanitario cuando sonaban las sirenas tenían que refugiarse también en los sótanos.

En el mes de noviembre con el avance de los sublevados se intensificaron los bombardeos. Juan y María coincidían en el refugio del hospital cada vez que sonaban las alarmas. María mostraba un pánico atroz al ruido de la bombas. Juan la observaba y sentía su dolor como suyo. Un día que los bombardeos duraron algo más de lo habitual acudió a su lado. María instintivamente se le abrazo con fuerza. Juan experimentó una sensación de amor al saber que podía consolarla. Desde ese día los dos permanecerían unidos en el refugio en el tiempo que duraban los bombardeos.

Era mediados de noviembre, Juan oyó la sirena y acudió al refugio, buscó a María con la vista y no la encontró. Una sensación de inquietud se apoderó de él. Acudió hasta el grupo de sanitarios en el que trabajaba María y con voz angustiosa, les preguntó.

¿Donde está María?

- Estaba con nosotros cuando sonaron las sirenas, nosotros corrimos, pero cuando llegamos al refugio no estaba ella. Respondió uno de ellos.

- Creo que esta vez las bombas alcanzaron el hospital, cayeron cerca de nosotros. Añadió otro.

Juan sintió como si el corazón se le detuviese en ese momento. Sin meditarlo salió al exterior. Un ala del hospital se encontraba en llamas, era en donde trabajaba María. Corrió hasta cerca de una parte del edificio que estaba parcialmente derruido por las bombas, vio cuerpos entre los escombros, sin pensar en los riesgos se adentró entre los mismos buscando entre el humo y el polvo. De repente, vio que un cuerpo se movía, otra vez su corazón pareció detenerse. Era María. La cogió en brazos y salió del edificio. Depositó a María en la hierba del jardín, aunque estaba inconsciente respiraba agitadamente, sin pensarlo dos veces Juan le aplicó los primeros auxilios para reanimarla.

Los bombardeos habían cesado, el humo de la bombas se levantaban hacía el cielo azul formando negras columnas como emblemas de su devastación y muerte. El personal sanitario comenzó a salir al jardín, acudieron donde estaban Juan y María y trajeron una camilla para transportar a María a la sala de urgencias, mientras tanto otros acudieron a las ruinas a rescatar a posibles heridos. Cuando pusieron a María en una de las camas estaba recobrando el sentido y lo primero que vio fue a Juan. María sonrió y Juan emocionado le agarró de las manos y las besó.

María tenía pequeñas contusiones y una fractura de muñeca que le apartaron de su actividad en el hospital, recuperándose en la casa de su tía Pilar. Juan iba todos los días a visitarla. Pilar era una mujer de unos cincuenta años, y por ella conoció algunos detalles de la vida de María. Supo que María vio morir a sus padres en los bombardeos entre el 16 y el 18 de marzo en Barcelona, y desde entonces el ruido de las bombas le causaban un pánico incontrolable.

A finales de noviembre, tras la derrota republicana en el frente del Ebro, la toma de Barcelona por el ejército franquista parecía inevitable. Juan y María encontraban tiempo para estar juntos. Acudían junto al mar, se sentaban mirando en silencio la belleza del Mediterráneo, rota asiduamente con el sinistro ruido de los bombarderos italianos Savoia- Marchetti S.M.81, y los cazas Fiat- CR- 32, que despegaban desde sus bases en Mallorca. Sabían que no había tiempo para el futuro, y comenzaron a amarse con la intensidad de quien piensa que cada día que pasaba, tal vez, podía ser el último.

Los brigadistas internacionales habían decidido retirarse de la contienda en octubre, y el hospital del Prat que los atendía se fue desalojando. El ejército de la república había comenzado a su vez a organizar el traslado de los heridos hacia la provincia de Gerona. María y Juan querían seguir el destino de los heridos, pero Pilar les insistía en que debían trasladarse a Francia donde miles de republicanos iban a necesitar ayuda médica. En diciembre, los bombardeos sobre Barcelona llevados a cabo por bombarderos alemanes Heinkel He- 111 escoltados por cazas Messerschmitt Bf- 109, se hicieron singularmente intensos.

Decenas de miles de republicanos comenzaron a huir de Barcelona. Pilar comenzó a organizar en Mataró la marcha hacía la frontera francesa. En enero de 1939, dos camiones salieron desde Mataró, María acompañaba a Pilar en uno de los camiones, y Juan iba en el otro con personal sanitario. El camino estaba plagado de dificultades. En enero el invierno se volvió particularmente frío, los alimentos y el combustible estaban racionados y el trayecto estaba asediado por los aviones italianos y alemanes.

Cerca de Figueras vieron que una unidad motorizada de soldados franquistas les seguía de lejos. Los conductores confiaban que llegarían a la ciudad, bajo control republicano, antes de que los dieran alcance. En ese momento, dos cazas alemanes sobrevolaron el convoy que viajaban. Tras una primera pasada los aviones se perdieron momentáneamente de vista en el horizonte, pero de nuevo volvieron, esta vez disparando sus ametralladoras y soltando sus bombas. Los ocupantes comenzaron a descender precipitadamente de los camiones buscando refugio fuera de la carretera, en ese momento, el camión que viajaba Juan fue alcanzado por las bombas y comenzó a arder.

María y Pilar habían conseguido refugiarse en unas rocas junto a la carretera. María cuando vio arder el camión que viajaba Juan intento correr hacia el mismo, pero Pilar le sujeto con fuerza, diciéndole.

- No puedes ir.

¡Juan! ¡Juan!. Gritó desgarradoramente María.

Los aviones de nuevo se perdieron en el horizonte, pero esta vez no volvieron. El conductor del camión que no había sido alcanzado por las bombas se dirigió a los que estaban refugiados en las cunetas.

¡Venga, subid!

Salieron y subieron al camión. Pilar arrastraba a María.

¡Quiero ir con Juan!

¡No puedes! le gritaba Pilar.

La unidad motorizada franquista se encontraba a unos dos kilómetros. El conductor del camión apuraba a los viajeros.

¡Deprisa, deprisa, subid!

El camión quedó abarrotado de viajeros e inicio la marcha hacia Figueras. Algunos faltaban, entre ellos Juan. María con un contenido llanto, hundió la cabeza en el regazo de Pilar. La unidad motorizada franquista llegó hasta el camión incendiado y se detuvo. Figueras quedaba a unos pocos kilómetros, y el camión que viajaban Pilar y María consiguió llegar a la ciudad.

Desde Figueras, Pilar y María, con otros republicanos, partieron hacia Francia. En la noche del 27 al 28 de enero, el gobierno francés abrió los pasos fronterizos a los refugiados republicanos, esa noche 15.000 personas pasaron a suelo francés y en los días siguientes tal número aumentaría hasta los 200.000. María y Pilar se encontraban entre los mismos. El precio de su lucha por la libertad se saldaba con un duro exilio por delante.

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III

1944

Esperanza en la adversidad

Valle de Esteribar (Navarra)

El 1 de abril de 1939 las fuerzas franquistas dieron por concluida la guerra. El siniestro régimen que le sucedió y la propaganda política de los vencedores enterraría junto con los ejecutados cualquier rastro de la multitudinaria fuga de presos del 22 de mayo de 1938. En el valle de Esteribar el miedo a hablar de aquella tragedia contribuyó también a que la misma se borrara de los temas de conversación.

Javier había decidido llevar una vida desconectada de la evolución de los acontecimientos, su trabajo se lo permitía. La cría de ganado vacuno le daba en un momento de escasez una cierta solvencia económica con la venta de reses para carne. Tras su experiencia con Juan sintió que las ganas de vivir habían renacido de nuevo en él. Un sentimiento de felicidad volvió de nuevo al matrimonio. Era como si en medio de la penumbra que se cernía sobre Europa con el auge del fascismo hubieran encontrado en el mundo de los sentimientos un espacio para la esperanza y el amor.

El párroco le decía a Javier que llevaba una vida demasiado reservada, y que no parecía alegrarse del triunfo de la religión sobre el ateísmo. Juan no respondía a los comentarios del párroco. Se consideraba un buen cristiano, pero tras la muerte de su hijo detestaba en silencio a la jerarquía eclesiástica. Él y su mujer cumplían con los servicios religiosos, y ayudaban en Pamplona al sustento de una hermana de su mujer.

Cuando viajaban a la ciudad, se informaban de lo que acontecía en Europa, y de las penurias por la que atravesaban los habitantes de Pamplona. El régimen franquista combatía la escasez de alimentos y de artículos de primera necesidad con alardes ideológicos del Nacional- Catolicismo.

En los años siguientes a la guerra civil, el miedo del régimen franquista a una invasión por el pirineo navarro se tradujo en una desenfrenada construcción de infraestructuras militares. Javier fue testigo de la construcción de la carretera Egozkue- Iragui en 1940, y de la carretera de Irurita a Artesiaga en 1941, en la que la principal mano de obra eran miles de prisioneros republicanos. En 1943, simultáneamente al retroceso militar del fascismo en Europa Oriental, se acentuaría la construcción de Bunkers en la línea fronteriza. Javier no sabía que podía pasar, aunque viendo el ritmo de construcción de infraestructuras militares, la sombra de la guerra estaba siempre presente.

Sin embargo, a mediados de ese año un acontecimiento le haría ver de nuevo la vida con optimismo. Su mujer le anunció que estaba embarazada. Era lo que más había estado anhelando desde el final de la guerra civil. Pensó que en medio de la adversidad siempre existe un lugar para la esperanza. Rebosante de alegría el fin de semana invitó a todos su vecinos a una celebración en su casa. A principios de 1944 nació Teresa, una niña morena de ojos negros, a la que Juan y su mujer como fruto de su amor criarían con devoción.

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París 1944

París, veinticuatro de agosto de 1944. La entrada de las fuerzas aliadas es inminente. Durante todo el día miles de parisinos han comenzado a ocupar las calles para apoyar a los libertadores. Pilar y María se encuentran en las proximidades de la Puerta de Italia. Es la última hora de la tarde, se escuchan disparos y la marcha de varios vehículos blindados. Entre los presentes en la calle se escucha un voz que dice: ¡Es la novena división!.

María no puede dar crédito a lo que ven sus ojos, un contingente de vehículos y soldados irrumpen en la plaza de Italia en dirección al ayuntamiento portando la bandera tricolor francesa y la tricolor de la II republica de España. Se oyen voces en español y gritos de alegría ¡Viva la Novena!. Pilar con una sonrisa que ilumina su tez morena grita ¡Son de los nuestros!, y le dice a María.

- En la Novena hay más de cien republicanos españoles luchando contra el fascismo.

María se siente conmovida por un profundo sentimiento de felicidad y nostalgia. El recuerdo de la imagen de Juan se hace más presente que nunca. Pilar le agarra fuertemente de la mano, y le dice ¡vamos!, uniéndose a la población que ha comenzado a inundar las calles cantando La Marsellesa, a la vez que repican sin parar las campanas de las iglesias de París.

En medio del clamor popular, María se siente transportada en los recuerdos. Cuando se separaron de Juan era enero de 1939, todos los que estaban con ella le aseguraron que estaba muerto, pero ella nunca aceptó esa realidad, se aferraba a la posibilidad de que estuviera vivo y que el ejército franquista lo apresara y no lo matara, pero sabía que los fascistas nunca hacían prisioneros cuando se trataba de personas como Juan.

Después de instalarse en un campamento de refugiados cercano a la frontera, en el verano de 1939 se instalaron en París. Desde junio de 1940 que los nazis ocuparon París, vivieron en la clandestinidad, pero en medio de la adversidad hicieron buenos amigos a los que les unía la lucha contra al fascismo.

María al ver la bandera republicana en las calles de París estaba rebosante de alegría. Pensó que en los duros tiempos que le tocaba vivir los sentimientos se viven al límite, tal vez, porque la vida debe vivirse con gran intensidad ante la incertidumbre del futuro. Los días que pasó con Juan tenían ese sentido de la urgencia del momento, necesitaban quererse intensamente porque el día siguiente no existía.

Ahora que el fascismo estaba llegando a su fin comenzaría un nuevo tiempo en el que la gente podría rehacer sus vidas. Ella era joven y tendría que hacerlo, pero todavía estaba muy aferrada a los recuerdos, quizás porque desde los veinte años no había conocido más que la guerra y la improvisación. Pilar le decía que cuando llegue la paz el tiempo curará todas las heridas que la guerra tiene abiertas, y la esperanza del futuro se superpondrá al dolor del pasado y a la incertidumbre del presente. Sin embargo, ella no tenía con quien ni donde rehacer su vida. El hombre que amaba estaba muerto, y su país dominado por un régimen fascista, al que no podía volver.

El día 25, Pilar y María, tras haber dormido unas pocas horas continuaron por las calles de París. Durante la noche habían estado sonando sin cesar tiroteos y explosiones, pero conforme iba avanzando el día París comenzaba a parecerse más a una fiesta que a una guerra. Por la tarde se extendió la noticia: "El Estado Mayor alemán había sido hecho prisionero por los soldados de la "novena", y el general Dietrich von Choltitz, capturado por los republicanos españoles, y al fin, a media tarde llegó la esperada noticia: en la estación de Montparnasse los alemanes habían firmado su rendición.

Todo París estaba en la calle. Pilar y María participaban con la multitud de la fiesta de la libertad. Pilar acudió a saludar a unos amigos y María la esperó a distancia. En ese momento oyó por detrás una voz varonil que la llamaba por su nombre ¡María!. Su cuerpo se estremeció como una hoja sacudida por una tormenta. Miles de pensamientos acudieron a su mente. No podía ser, era la voz de Juan. Temía darse la vuelta y sentir la decepción de que no era él, cuando de nuevo oyó otra vez su nombre ¡María!. Se volvió, y vio a Juan. No podía ser, que en un mismo día se cumplieran los dos deseos que más había estado anhelando durante los últimos años, el ocaso del fascismo y que Juan estuviera vivo.

¡Juan!. Gritó María.

- María, María- , repetía Juan mientra la abrazaba y la colmaba de besos.

Pilar observó de lejos el encuentro de María y Juan. No podía dar crédito a lo que veía. Se acercó y abrazó a Juan, luego se abrazaron los tres. Caminaron hasta la orilla del Sena y Juan les relató su periplo de los últimos años.

Cuando el avión alemán bombardeó el camión donde viajaba, él ya estaba fuera, pero la onda expansiva de una de las bombas le dejó momentáneamente inconsciente. Junto a él estaba su compañero Robert que le ayudó a incorporarse. Vieron como la unidad franquista motorizada se acercaba, y se escondieron en el bosque. Los soldados franquistas inspeccionaron el camión en llamas, dos de los médicos habían muerto. Luego miraron por los alrededores y se fueron.

Robert y él emprendieron un largo camino hacía la frontera. A principios de febrero consiguieron cruzarla. Estuvieron en varios campos de refugiados buscándolas. Pasado un tiempo, Robert le informó que las autoridades consulares de su país estaban trasladando a Estados Unidos a todos sus compatriotas, y que podía acompañarle. Le propuso a Robert seguir en la búsqueda un mes más y en caso de no encontrar pistas que le acompañaría.

En el mes de Mayo viajó con Robert a EEUU. La madre de Robert lo acogió en su casa como un hijo. Obtuvo la nacionalidad estadounidense y pudo ir a la universidad donde terminó sus estudios de medicina. Sin embargo, su obsesión era volver a Francia para encontrar a María. En 1943 se alistó en el servició médico del ejército de Estados Unidos. A principios de 1944 fue trasladado a Gran Bretaña, en junio de ese año participó en el desembarco de Normandía. En el avance hacia París oyó hablar de la novena división compuesta por republicanos españoles. Se puso en contacto con ellos con el fin de hallar pistas sobre María, y al final, la perseverancia y el destino hicieron el milagro del reencuentro.

De nuevo los tres juntos, la celebración de la liberación del París adquiría un significado especial. Pilar le dijo a María que tenía que rehacer su vida junto a Juan, era la oportunidad de ser felices. Juan les propuso viajar a EEUU, pero Pilar le dijo que su sitio estaba en París y que allí continuaría hasta que, tal vez, llegara el momento en el que podría volver a Cataluña.

A finales de 1944 Juan y María se casarían en París y viajarían a EEUU a iniciar una nueva vida.

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IV

1966

El final de los malvados

Tras la derrota del fascismo en 1945 la esperanza de la desaparición del régimen franquista volvió con fuerza a las filas republicanas. La estrecha alianza que Franco había mantenido con Hitler y Mussolini, quienes habían contribuido decisivamente con armas y soldados a la aniquilación de la democracia republicana, lo señalaba como colaborador del fascismo que había llevado a Europa a la mayor devastación de su historia.

Sin embargo, las esperanzas chocarían con la indiferencia de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, que se mantendrían al margen de los intentos republicanos por extender la contienda a España para recuperar la democracia y acabar con los restos del fascismo en todo el continente europeo.

El régimen franquista resistiría el aislamiento internacional al que se le sometió al término de la Segunda Guerra Mundial. En 1950 la guerra de Corea cambiaría globalmente la política de alianzas. La colaboración establecida entre Estados Unidos y la URSS en la lucha contra el fascismo quedaría rota, dando paso a la Guerra Fría entre ambas potencias. En 1952 Estados Unidos reconocería al régimen franquista otorgándole un balón de oxigeno internacional que le permitiría perdurar hasta 1977 aferrado a la ideología del nacional-catolicismo.

Sin embargo, internacionalmente el estigma de su pasado y de su anacrónico régimen continuó, y el largo periodo que el régimen franquista mantuvo a España en esa situación la relegaría de su secular estatus de potencia europea. En la década de los cincuenta España era una nación subdesarrollada, gobernada por una dictadura y relegada internacionalmente.

Desarrollo y democracia eran los dos grandes desafíos a los que se enfrentaba, y del éxito de los mismos dependía, a su vez, su posicionamiento en las relaciones internacionales. En 1959 se adoptaría el Plan de Estabilización Económica y se promoverían los Planes de Desarrollo. En la década de los sesenta España comenzaría una acelerada transformación de su población rural a urbana, y de agraria a industrial.

Sin embargo, el desafío de la instauración de la democracia era contrario a la naturaleza del régimen, y mantenía a España relegada en el ámbito internacional. Esta contradicción generaría internamente fuerzas contrarias al régimen que comenzarían a manifestarse tímidamente entre sectores de intelectuales en la década de los sesenta.

En 1965 tres importantes catedráticos: Enrique Tierno Galván, Agustín García Calvo y José Luis López Aranguren, serían expulsados de sus cátedras por manifestar su solidaridad con las reivindicaciones democráticas de los estudiantes. En marzo de 1966, con motivo de una asamblea del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona (SDEUB), en el Convento de Capuchinos de Sarriá, el convento sería tomado por la policía política franquista, acontecimiento conocido como "La Capuchinada", que posteriormente conllevaría el cierre en abril de la Universidad de Barcelona. Aunque estos sucesos no trascendían en los medios de comunicación franquistas, entre los grupos de estudiantes más politizados no pasaban desapercibidos. Los ecos de los sucesos de Sarriá llegarían a todas las universidades españolas.

En esas fechas Teresa la hija de Javier estaba cursando estudios de medicina en la Universidad de Navarra. A mediados de mayo, Pedro, un estudiante de su facultad, le informó que varios estudiantes querían realizar en el campus un acto de protesta por lo acontecido en Sarriá y en solidaridad con los estudiantes y profesores de la Universidad de Barcelona. Teresa le dijo que se lo pensaría y le informaría de su decisión.

Teresa había cumplido 24 años y tenía los estudios de medicina muy avanzados. Sabía que la participación en un acto de protesta podía traerle consecuencias negativas y decidió esperar a hablar previamente con su padre, con quien mantenía una estrecha relación.

Vivía con su tía en Pamplona, y los domingos se trasladaba a Iragui a visitar a sus padres. Cuando llegó su padre se encontraba dando forraje a unas vacas estabuladas.

- Padre tengo que hablar contigo. Le dijo Teresa.

- Dime. Contestó Javier, sin dejar de atender el ganado.

Teresa le contó el motivo de su consulta. Javier detuvo su trabajo y volviéndose hacia ella, le dijo:

- Si crees que es un acto de justicia debes acudir a la reunión.

Teresa se alegró por la decisión de su padre. Él siempre le decía que en la vida hay momentos que el sentido de la justicia debe prevalecer sobre todo lo demás. Nunca llegó a comprender muy bien que quería decir su padre con ello, pero ahora lo entendía.

El lunes Teresa le dijo a Pedro que acudiría a la reunión en el campus. El acto se realizó el jueves de esa semana. Unos treinta estudiantes de diferentes facultades se encontraban reunidos. Pedro tomó la palabra y habló.

- Compañeros, todos estamos informados del acto brutal de represión que el régimen ha llevado en Sarriá y de la injusticia que supone castigar a toda una universidad con su cierre. Este acto es para expresar nuestra protesta y solidaridad con los estudiantes y profesores de la universidad de Barcelona y enviarles un comunicado de apoyo.

Un - Sí, Sí.., colectivo, sucedió a la intervención de Pedro.

Teresa quedó admirada del valor de Pedro, pero, a su vez, sintió una profunda preocupación por lo que le pudiera pasar. Al día siguiente Teresa vio a Pedro en la biblioteca, se le acercó y le preguntó:

¿Que tal estas? ¿Te han dicho algo?. Refiriéndose implícitamente a las autoridades académicas.

- Sí. Me llamó el rector, me dijo que había cometido un acto ilegal, que su responsabilidad era sancionarlo y quedaba suspendido de acudir a la universidad hasta final del curso.

¡Pero eso es una injusticia! respondió Teresa, con un gesto de enfado.

- Sí, eso me obliga a tener que intentar recuperar el curso en septiembre. Creo que al resto de asistentes no os van a decir nada; por el momento parece que con un cabeza de turco tienen suficiente, aunque el rector me dijo también que la policía político- social posiblemente nos llamaría a declarar a todos.

- No me parece justo que pagues tu solo cuando hemos asistido más de treinta estudiantes a la reunión. Prosiguió Teresa en tono de enfado.

- De momento, es mejor dejarlo como está. Respondió Pedro como si se tratara de una orden, y añadió.

- Creo que no existen condiciones para una protesta continuada.

¿Que quieres decir conque no existen condiciones?

- Quiero decir que la protesta ya está hecha, y que continuarla podría acarrear consecuencias para las que todavía no estamos preparados.

Teresa, aunque no estaba muy de acuerdo, no quiso insistir más. Consideraba que Pedro no era ningún cobarde y tenía el suficiente talento para saber que era lo mejor en aquellos momentos. Teresa se despidió.

- Te deseo lo mejor.

- Gracias. Respondió Pedro, expresando a su vez con una sonrisa su agradecimiento por la preocupación manifestada por Teresa.

El anunció de Pedro de que la policía político- social les llamaría a declarar a los asistentes a la reunión, no se hizo esperar.

Cuando Teresa acudió a casa de su tía ésta con gran preocupación le dijo:

- Ha estado un funcionario del Gobierno Civil y ha dejado una citación para que te pases por comisaría mañana a las diez.

Teresa leyó la citación en la que escuetamente se leía que por motivos de seguridad pública debía presentarse en la comisaría. A través de un vecino se puso en contacto con su padres y Javier a última hora de la tarde se encontraba en Pamplona. Teresa le contó lo sucedido, a lo que Javier respondió.

- No debes preocuparte. Yo te acompañare mañana.

- Es posible que no te dejen.

- Lo intentaré. Respondió con contundencia Javier.

Por la mañana Teresa y Javier acudieron al Gobierno Civil. Teresa enseño su citación al policía de la puerta y pasaron al interior de las dependencias. En una sala grande había varios estudiantes que Teresa los reconoció de la asistencia a la reunión del campus. Los estudiantes eran llamados por su nombres y pasaban a una dependencia contigua. Al cabo de unos minutos salían.

¿De que se trata? dijo Teresa a uno de los estudiantes que salía.

- Nos están fichando.

- Sobre la doce todos los estudiantes habían salido. Solo quedaban en la sala Teresa y Javier. En ese momento de otra de las dependencias vio salir a Pedro. No lo había visto mientras estaban esperando por lo que supuso que Pedro llevaba bastante tiempo en comisaría. Pedro se acercó a Teresa y le dijo.

- Me dejan libre.

Teresa observó que Javier se movía con dificultad y en su rostro se apreciaba un acentuado cansancio.

¡Que te han hecho!. Exclamo Teresa!

- Me han retenido toda la noche haciéndome preguntas, y un policía se ha extralimitado.

Cuando Teresa iba a continuar la conversación, una voz le interrumpió.

- Teresa pase a declarar.

Teresa y Pedro se miraron, luego las miradas de Pedro y Javier también se encontraron, Pedro salió de la comisaría y Teresa pasó a la dependencia donde iba a prestar  declaración. Al cabo de unos diez minutos Teresa salió y se dirigió donde su padre. Cuando se disponían a salir de la comisaría un oficial vestido con su uniforme salió de la dependencia que había estado Teresa.

Javier quedó perplejo. Los recuerdos volvieron como un ciclón a su cabeza. Era él. No cabía duda, era el oficial que había disparado a la cabeza del amigo de Juan. La turbación de Javier no pasó desapercibida al oficial, y éste se dirigió a él.

- Por lo que me ha dicho Teresa usted es su padre.

- Sí. Respondió Javier, intentando recomponer su expresión de sorpresa.

- Si tiene unos minutos me gustaría hablar con usted.

- Javier quedó un momento pensativo, pero se dio cuenta que debía responder rápida y afirmativamente para no acentuar las sospechas del oficial.

- Bien. Respondió Javier, luego se dirigió a Teresa.

- Espérame afuera, en unos minutos me reúno contigo.

Teresa salió de la comisaría y el oficial y Javier pasaron a una de la dependencias. El oficial se sentó detrás de una mesa e invitó a Javier a sentarse. Luego con un tono amable inició la conversación.

- Sé que su hija Teresa es una excelente estudiante y una buena cristiana, no creo que le convenga la compañía de revolucionarios.

Javier no sabía que contestar. Observaba los rasgos del oficial, sabía que tras su tono amable se escondía un ser despiadado, y que ante él debía contenerse y disimular el desprecio que le causaba para no suscitar su curiosidad que podía llevarle a hurgar en su vida.

- Ella es adulta y la considero una persona responsable. Sé que su prioridad es acabar la carrera de medicina. Respondió Javier en un tono relajado.

- Creo que es lo que conviene a todos. Como comprenderá mi deber es asegurar la paz social que de un tiempo a esta parte un grupo de revolucionarios está intentando perturbar. Respondió el oficial y dejó una pausa invitando a Javier a contestar.

Javier quedó en silencio, y entonces el oficial continuó.

- Por mi experiencia sé que las personas que ahora protestan en el futuro serán los dirigentes, y por ello debemos tener un control. La ficha que hemos abierto a su hija no tendrá importancia si no se mete en problemas.

- Si no tiene más preguntas me gustaría marcharme. Respondió Javier.

- El oficial interpretó la respuesta de Javier como la de alguien que está abrumado por temas que se escapan de su comprensión y quiere poner fin a la conversación. Además consideró que Javier era un vaquero de más de setenta años que tampoco tenía mucha capacidad de entendimiento de la situación política.

A la salida de la comisaría Javier se reunió con Teresa.

¿Qué quería?. Le interpeló con preocupación Teresa. Javier sonrío.

- Nada importante. Y cambiando el tema de conversación prosiguió. ¿Que tal se han comportado contigo?

- Normal, me han abierto un ficha, pero yo estoy preocupada por Pedro, lo han maltratado, me parece infame, no hemos hecho daño a nadie, solo por reunirnos y hablar nos han tratado como a delincuentes.

- No debes preocuparte. Voy a la estación de autobuses para volver a casa.

Teresa acompaño a Javier a la estación. Cuando llegaron Javier vio a Pedro que estaba esperando un autobús y sin dudarlo dos veces, le dijo a Teresa.

- Ahí está tu amigo Pedro ¿puedes presentármelo?, tengo curiosidad por conocerlo.

Teresa quedó admirada de que su padre no dejara de sorprenderle. Cuando lo habitual hubiera sido que le recomendara que se alejara de personas como Pedro, él manifestaba interés por conocerlo, lo cual a Teresa le agradó. Se acercaron donde estaba Pedro.

- Pedro te presentó a mi padre. Pedro le dio la mano.

- Vuelvo a mi casa en San Sebastián, para este curso mi estancia en la universidad ha terminado.

- Mi hija me ha hablado muy bien de usted. Espero que pueda hacernos una visita. Vivo con mi mujer en un pueblo de montaña, pero será bien recibido.

Pedro quedó sorprendido de la franqueza del padre de Teresa.

- Tengo parientes en Pamplona con los que he vivido mientras estaba en la universidad, pero pienso seguir viniendo a visitarlos.

- Cuando vengas me avisas y organizaremos la visita al pueblo. Intervino vehementemente Teresa, quien vio que la conversación había tomado el camino que ella deseaba.

Lo haré. Respondió Pedro, y se dirigió a las escaleras del autobús.

Teresa contenta de la reacción de su padre, le dijo.

- Que has visto en Pedro para querer conocerlo.

- Que es un hombre honrado y que te gusta.

Teresa quedó un poco desconcertada por el descubrimiento de su padre de que Pedro le gustaba.

¿Como sabes que me gusta?

- Salta a la vista.

Llegó el verano y Teresa y se disponía a pasarlo con sus padres en el pueblo. El día que acabó el curso, cuando llegó de la universidad a casa de su tía , está le dijo.

- Un joven ha preguntado por ti.

¿Un joven? Respondió Teresa con cara de sorpresa.

- Sí. Ha dicho que se llamaba Pedro y que volverá más tarde.

Teresa sintió como un vuelco en su interior. A la hora llegó Pedro, se saludaron efusivamente, luego Pedro le dijo.

- He venido a pasar unos días a Pamplona con mis parientes y aceptar la invitación de tu padre de visitar el pueblo.

- Este fin de semana voy al pueblo para todo el verano, cualquier día que vengas serás bien recibido.

Dos días más tarde Pedro le pidió prestada una motocicleta a un tío suyo y partió hacia Iragui. Era finales de junio, salió muy de mañana, el día era soleado pero unas nubes de tormenta se avistaban en el horizonte. En Zubiri paró para informarse sobre el camino a seguir para llegar a Iragui. Emprendió de nuevo la marcha, tomó el cruce de Eugui hasta Urtasun y luego la carretera de montaña del puerto de Egozkue hacia Iragui. Cuando comenzó la subida del puerto un trueno anunció la tormenta e inmediatamente comenzó a llover, dudó entre continuar o volverse pero optó por continuar.

Circulaba despacio, la carretera era estrecha, la visibilidad con la lluvia se reducía a unos metros y comenzaba a sentir la humedad de la lluvia que había empapado sus ropas. En una de las curvas un vehículo que bajaba el puerto le obligó a tener que parar en la cuneta. Siguió con la vista al vehículo entre la lluvia, y de pronto vio como en la siguiente curva el vehículo se salía de la carretera y se precipitaba a un profundo barranco.

Quedo atónito. Tomó la motocicleta y bajo hasta la curva en la que se había salido el vehículo. Miró al barranco, al fondo se veía el vehículo. Pensó en bajar a Zubiri a notificar lo sucedido, pero optó por descender al barranco ante la posibilidad de que hubiera alguien herido al que pudiera prestar los primeros auxilios. Llegó donde estaba el vehículo y vio un cuerpo y oyó gemidos. Se acercó, una persona vestida de uniforme yacía boca abajo. Le dio la vuelta con cuidado.

Cuando vio la cara del herido dio un paso atrás. A quien tenía delante era el oficial que le había estado torturando durante una noche entera. Una mezcla de odio y venganza se apoderó de él. Podía rematarlo allí mismo, pero era un herido que necesitaba ayuda y su deber como estudiante de medicina era atenderlo. El herido vio la indecisión de Pedro, y un tenue gemido salió de su garganta: "Ayuda".

Se acercó más al herido y se dio cuenta que estaba en un estado agónico. Las miradas de ambos se cruzaron. Pedro tuvo la convicción de que, por un instante, el moribundo le había reconocido porque la expresión de su cara cambio hasta convertirse en un rictus. El destino vino a resolver el dilema que se le había planteado, el oficial tras un estertor que convulsionó su cuerpo quedó inmóvil con la boca y los ojos abiertos.

Se cercioró de que había muerto. Lo que había deseado se había cumplido, que aquel malvado muriese. No parecía un pensamiento muy cristiano, pero por qué iba a tener compasión de alguien que lo había torturado, y que con toda probabilidad lo había hecho con otros por el único delito de amar la libertad.

Recapituló sobre todo lo sucedido y pensó que no merecía la pena seguir cavilando sobre tan siniestro personaje. Subió de nuevo a la carretera, tomo la motocicleta y volvió a Zubiri. Paró en el cuartel de la Guardia Civil y les notificó lo acontecido. De inmediato dos vehículos de la Guardia Civil partieron al lugar de los hechos. Pedro esperó a que pasara la tormenta, luego tomo de nuevo la motocicleta y se dirigió a Iragui.

Cuando llegó aun tenía las ropas empapadas y la mujer de Javier le ofreció ropa seca. Pedro les contó lo que le había pasado, sin mencionar que el fallecido era la persona que se había ensañado con él. Al mediodía el sol volvió a brillar, Javier le enseño a Pedro los establos con el ganado y dieron una vuelta al pueblo, entretanto Teresa y su madre prepararon la comida.

Por la tarde de nuevo volvieron las tormentas. Javier y Teresa le dijeron a Juan que no debía volver con ese tiempo en motocicleta a Pamplona y que podía quedarse a pasar la noche, la casa donde vivían era muy grande y tenía varias habitaciones. Al atardecer las tormentas continuaban y Pedro decidió quedarse. Al día siguiente el sol volvió a brillar y el riesgo de tormentas había desaparecido. Por la mañana Javier llevó a Pedro a la cabaña que tenía juntos a los prados. Pedro le dijo que era aficionado al excursionismo de montaña y que el lugar le parecía extraordinariamente hermoso. Javier le contestó.

- Lo que para ti es hermoso para mi es además mi medio de vida y el lugar donde he vivido las experiencias más intensas.

Pedro no sabía a que se refería con la última frase, ni tampoco preguntó. Tampoco preguntó porque Javier en el camino de vuelta dio un rodeo como tratando de evitar pasar por el lugar en el que, tal vez, vivió sus "intensas experiencias". Cuando llegaron al pueblo Teresa salió al encuentro, llevaba el periódico local en la mano. Les mostró la foto del oficial muerto al que Pedro encontró el día anterior.

- Es el que nos interrogó. Dijo Teresa.

Pedro y Javier miraron la foto en silencio, ambos no pudieron evitar un gesto de desprecio. Ninguno de los dos conocía la causa por la que uno y otro detestaban a aquel personaje, pero los dos pensaron que afortunadamente las fechorías de aquel malvado habían llegado a su fin. Los malvados pueden morir en un accidente o de muerte natural rodeados de aduladores, pero su final no es solamente su muerte sino el desprecio con el que pasan a la posterioridad, y ese sentimiento es el que compartieron Pedro y Javier. Teresa intuyó que el largo silencio de ambos guardaba algún secreto en el que era mejor no penetrar, y sin mediar palabra regresaron a la casa. Teresa y Pedro siguieron viéndose, ambos terminaron la carrera de medicina y se casaron.

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V

1979

La reconciliación del olvido

Cuando Juan y María llegaron a Estados Unidos fijaron su residencia en Washington. Juan encontró trabajo en una clínica y María en una consulta médica. Convertidos en ciudadanos estadounidenses tuvieron dos hijos que los arraigaron con fuerza a su nueva patria, sin embargo, España estaba siempre presente en sus conversaciones, y acostumbraban a compartir veladas con republicanos españoles exiliados, en las que seguían de cerca la evolución política en España.

En el periodo franquista, Juan y María habían viajado un par de veces a París a visitar a Pilar. En 1977 cumplió noventa años y su salud comenzó a resentirse. En abril de 1979 Juan y María recibieron la noticia de su muerte y acudieron a su funeral en París. María muy afligida sintió que una parte de su vida se iba con ella. Las esperanzas de Pilar de volver a Mataró, tras la desaparición en 1977 del régimen franquista, habían quedado truncadas a las puertas. María le dijo a Juan que quería visitar Mataró.

Cuando llegaron recorrieron sus calles, fueron hasta la orilla del mar que despertó la intensidad de su amor y, por último, se acercaron hasta donde estaba el hospital al que se entregaron con toda la pasión de su juventud para curar heridos y salvar vidas. El antiguo hospital ya no existía, en su lugar había un parque. Se sentaron en uno de sus bancos, y abstraídos se agarraron de la mano como si tuvieran que atravesar juntos el umbral al pasado. Juan rompió el silencio.

- He estado meditando y quiero ir a mi pueblo natal para hacer averiguaciones sobre la tumba de mi padre.

María asintió con la cabeza. La muerte de Pilar le había hecho ver que el pasado no desaparece, está en nuestras vidas, y de vez en cuando reaparece con fuerza para formar parte del presente. Desde Barcelona María volvió a Estados Unidos junto a sus hijos, y Juan se dirigió a Calahorra a buscar la tumba de su padre.

Cuando llegó a Calahorra a pesar de los cambios de la ciudad todo le resultaba familiar, cada esquina era un recuerdo. En sus averiguaciones descubrió que existía un creciente movimiento en favor de recuperar los restos de los fusilados durante la Guerra Civil. Casi todo giraba en torno al cementerio civil que se había creado en la Dehesa de Barrigüelo, un término del municipio de Lardero, conocido como "La Barranca".

El 1 de mayo estaba previsto que se inaugurase el Memorial a los fusilados en ese lugar. Juan, junto con una multitud, asistió ese día a la inauguración en recuerdo de los más de 400 ejecutados, entre los que se encontraba su padre. La mayoría de los familiares habían acordado que los restos permanecieran en ese lugar convertido en cementerio civil. Juan sabía ahora donde estaba su padre, junto a los restos de las muchas personas que ayudó.

Una vez cumplido el propósito de su viaje pensó en ir al valle de Esteribar en Navarra para visitar el lugar en el que le ayudó Javier, pero desistió de hacerlo. Sabía que Javier prefería dejar aquel episodio de su vida en el anonimato como medida de protección de los suyos, y el final de la dictadura era todavía muy reciente. Desconocía si vivía, pero no le parecía prudente desvelar con su presencia un hecho que pudiera perturbar la vida de sus familiares y amigos. No obstante, se prometió a si mismo que no moriría sin visitar la tumba de Javier.

Cuando el acto de inauguración del Memorial terminó, Juan, ensimismado en sus pensamientos, no se dio cuenta que una persona le seguía de cerca, hasta que está se puso delante de él, y le preguntó.

¿Usted se llama Juan?

Juan quedó sorprendido, no sabía que contestar, pensó que podía ser un policía quien le preguntaba, pero esa idea la descarto rápidamente.

Su interlocutor le sacó de su perplejidad diciéndole.

- Estuvimos juntos en el fuerte de San Cristóbal.

Juan lo miró detenidamente, y para salir de dudas le preguntó:

¿Como te llamas?

- Soy Gregorio, el de Azagra.

Juan vio como si los años desapareciesen del rostro de Gregorio. Ahora lo recordaba como era de Joven.

¡Gregorio!. Respondió, y le dio un abrazo.

- Te creía muerto. Continuó Gregorio.

- Tuve suerte y logre escapar, pero tú decidiste no participar en la fuga.

- Sí, bastantes nos quedamos, luego supimos que la mayoría de los que escaparon fueron fusilados, algunos volvieron de nuevo al fuerte, desde ese día la vida en el fuerte se hizo muy dura. Después de la guerra nos tuvieron trabajando haciendo carreteras, y al tiempo a algunos nos dejaron volver a casa, en cambio otros, ya sabes, se quedaron en el camino, no pudieron soportar aquel infierno.

¿Y que tal te ha ido la vida después?. Volvió a preguntarle Juan.

- Durante los años duros del franquismo a los que estábamos fichados nos controlaban mucho, pero luego ya nos dejaron en paz. Me casé y tuve una hija; pero háblame de ti, que ha sido de tu vida. Le interpeló Gregorio poniendo cara de curiosidad.

- Logre escapar, estuve en Cataluña,  me fui a Estados Unidos, vivo allí, estoy casado y tengo dos hijos. Resumió Juan.

Gregorio se dio cuenta que Juan no quería entrar en detalles, y no insistió más.

- Si pasas por Azagra pregunta por mí.

- Me vuelvo a Estados Unidos, no sé cuando volveré, el motivo de mi viaje a Calahorra ha sido porque quería ver el lugar que está enterrado mi padre.

- Ahora están dejando recuperar a los fusilados, pero en nombre de la reconciliación han igualado a las víctimas y a sus ejecutores, respondió Gregorio, y le tendió la mano. Juan la estrechó, y luego se abrazaron con la fuerza de quienes han forjado su amistad en la adversidad.

En su viaje de vuelta a Estados Unidos Juan reflexionó sobre su viaje. En los pocos días que había estado en su tierra natal había podido ver que España entraba en una nueva etapa, de lo cual se alegraba, pero a su vez, creía que las palabras de Gregorio eran verdad, y eso no le parecía justo ni bueno para el país.

No se imaginaba que tras la victoria sobre el nazismo en Alemania y el fascismo en Italia se hubiera perdonado a los responsables en base a una supuesta reconciliación. Los que siguieron defendiéndoles buscaban en la argumentación de que los vencedores también había cometido terribles crímenes de guerra, la exculpación de quienes habían sumido a Europa en una devastación sin precedentes.

No podía ser así, existían responsables y estos eran quienes iniciaron la contienda, por ello fueron juzgados, y el legado que se ha transmitido en Europa a las generaciones posteriores no fue el de la reconciliación sino el de la justicia, no fue el olvido, sino la memoria de que el juicio y castigo a los culpables era necesario.

En España están los que tratan de desvincular la dictadura franquista de la barbarie fascista que asoló Europa, pero tal afirmación es una tergiversación de la verdad. Franco; quienes le secundaron en el levantamiento del 18 de julio de 1936, y los que lo apoyaron desde el exterior como Hitler y Mussolini, fueron los que iniciaron la guerra civil y, por ello, son los responsables de haber sumido a España en la mayor tragedia de su historia, que causó más sufrimiento y durante más años que el que pudieron padecer muchos países europeos ocupados por el fascismo.

Se equivocan quienes separan la contienda civil española de la guerra que más tarde lanzaría la Alemania Nazi en toda Europa. ¿Acaso de haber perdido Franco, Hitler y Mussolini la guerra en España, sus ambiciones de dominar Europa no se habrían visto seriamente afectadas? ¿Acaso Alemania y Francia, de haber valorado correctamente las ambiciones de Hitler, como lo comprobaron cuando era demasiado tarde, no habrían ayudado a la República, en lugar de seguir una política de apaciguamiento con Alemania?

Esa visión de la naturaleza del fascismo que no la tuvieron entonces los gobernantes de Francia y Gran Bretaña, la tuvieron los brigadistas internacionales y por eso apoyaron a la República, y muchos de ellos pagaron con su vida la ceguera de sus gobernantes.

A diferencia de Europa, tras el final de la dictadura franquista,  España recurre al olvido, incluso siguen existiendo quienes se aferran a un pasado franquista oprobioso que sumió a España en el atraso, y la convirtió en un paria internacional durante cuarenta años relegándole de su papel histórico en Europa.

Quienes persisten en el olvido y la exención de responsabilidades por la sublevación del 18 de julio de 1936 y por las decenas de miles de fusilados y desaparecidos bajo la dictadura franquista, han anclado a España a un pasado fuera de la cultura europea antifacista que surgió tras la Segunda Guerra Mundial.

¿Que proyección internacional de España pueden emitir quienes siguen justificando su pasado fascista, cuando en el mundo entero es un capítulo sentenciado como uno de los más horribles de la historia universal? ¿Con qué argumento se puede defender que existan monumentos apologéticos de los sublevados fascistas, cuando en Europa la apología al fascismo está condenada con cárcel?

Ante la imposibilidad de demandar responsabilidades por el pasado franquista, las generaciones futuras tendrán que ser educadas en una eufemística reconciliación basada en el olvido que emana de la ley de punto final que supone la Ley de Amnistía de 1977, que impide la exigencia de responsabilidades. Con ello, España se convierte en una nación en la que una parte importante de su historia queda cercenada. La historia en las escuelas tendrá que ser enseñada con una visión aséptica desprovista de alma, y una nación sin alma colectiva pierde su identidad.

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VI

2001

Epílogo

El coche se detuvo junto a la pronunciada curva que realiza la carretera en el pueblo de Iragui. Una persona que tendría más de 80 años descendió del mismo, miró a su alrededor, y como no vio a nadie se sentó en un banco de madera junto a la pared de una de las casas. Era mayo, y a media mañana el sol comenzaba a calentar. Juan recostó la cabeza contra la pared y cerró los ojos para concentrarse en el calor de los rayos de sol en su cara.

Los recuerdos comenzaron a aflorar en su mente, estaba allí por ellos. Los percibía envueltos en una sórdida penumbra. No se imaginaba estar cerca de donde se originaron y poder detenerse a admirar el paisaje sin miedo a ser apresado. Se veía en medio de la espesura del bosque tendido en el suelo, mientras en sus oídos retumbaban los gritos de sus perseguidores. ¡Se ha escapado por ahí!

Oyó una voz de alguien que le saludaba.

- Buenos días.

Abrió los ojos y vio a una persona de mediana edad que se dirigía a él amablemente.

¿Puedo ayudarle en algo?, no es muy frecuente que alguien de su edad suba hasta el pueblo.

- Posiblemente pueda ayudarme. Respondió Juan, y prosiguió.

- Tengo interés en conocer la historia de una persona del pueblo, que me imaginó ya habrá fallecido porque era unos 25 años mayor que yo.

- Creo que no soy el más indicado para informarle, pero puedo llamar a mi padre que es aproximadamente de su edad, y seguro que habrá conocido a la persona que busca.

Entró en la casa junto a la que estaba sentado Juan y salió acompañado de una persona mayor.

- Es mi padre.

Se presentaron.

- Mi nombre es Manuel, y me ha dicho mi hijo que está interesado en conocer que pasó con alguien del pueblo.

- Sí. Su nombre era Javier y tendría ahora más de cien años.

¿Javier? - Hay varios en el pueblo que se han llamado así. En Navarra es el nombre del Patrón, y en aquellos tiempos era uno muy utilizado.

- Tenía una cabaña en el monte para cuidar el ganado. Un hijo suyo murió en la guerra. Preciso Juan.

¡Javier Esparza!. Exclamó Manuel.

- No se como se apellidaba, pero posiblemente estamos hablando de la misma persona.

- No hay otro, este pueblo es pequeño y solamente hay dos que murieron en la guerra, uno de ellos era el hijo de Javier, que era el dueño de la cabaña que usted dice.

La cara de Juan experimentó una gran alegría.

¿Puedo visitar su tumba?

- Por supuesto, pero debiéramos avisar a su hija, se alegrará de conocer a alguien que conoció a su padre.

- No sabía que tenía una hija, solo me habló de su hijo.

- No sé cuando conoció a Javier, después de la muerte de su hijo estuvo un año muy triste pero luego se recuperó, y unos años más tarde tuvo una hija.

¿Y donde puedo conocerla?

- Vive con su familia en Pamplona pero los fines de semana viene al pueblo. Esa es su casa la heredó de sus padres. Señaló una de las casas del pueblo, y continuó.

- Hoy es sábado y es casi seguro que vendrá esta tarde, puede esperarle en mi casa.

A media tarde el hijo de Manuel le dijo a Juan que Teresa la hija de Javier le estaba esperando. Juan acudió a la cita.

La hija de Javier tendría cerca de sesenta años, le recibió a Juan con un par de efusivos besos.

¿Es usted Juan?

Sorprendido por la pregunta como si la misma requiriese una confirmación de su identidad, Javier respondió con cierta contundencia.

¡Sí!

- Tengo algo para usted. Respondió Teresa.

¿Para mí?. Volvió a responder Juan, que no salía de su asombro.

- Sí. Es este sobre. Cuando murió mi padre hace 20 años se lo dio a mi madre, y cuando ella murió hace 15 años me lo dio a mí, con la indicación de que si alguien de nombre Juan preguntaba por mi padre se lo diéramos.

Juan quedó profundamente emocionado, no sabía que decir. Al fin recuperado de su sorpresa respondió.

- Me gustaría estar unos minutos a solas.

- Desde luego, si necesita algo estoy en la habitación de al lado.

Juan abrió el sobre con una sensación de inquietud. Nunca había imaginado que Javier lo tuviera en su memoria con la intensidad que él lo había tenido en la suya. Recordó una frase de cierto escritor: "Cuando una persona salva a otra la vida con riesgo de la propia, sus almas permanecen unidas para siempre".

El sobre contenía una carta y un mapa. El texto de la carta era breve.

Juan si lees esta carta sabrás que he muerto pero que nunca te he olvidado. Tras nuestra experiencia juntos mi vida cambió. Salí de la postración que me había dejado la muerte de mi hijo y recuperé la alegría de vivir. El amor volvió a mi familia y mis plegarias se vieron cumplidas con el nacimiento de mi hija Teresa. Gracias.

En el mapa está detallado el sitio donde está enterrado tu amigo. Creo que recuperar su cuerpo es un acto de justicia que se le debe.

Javier.

Juan temblaba de emoción. Pensó que tal vez no había actuado correctamente al no intentar ponerse en contacto con Javier en 1979, pero sabía que su voluntad era mantener en secreto el encuentro de ambos hasta su muerte, y era lo que decidió respetar.

Teresa preocupada por el tiempo que pasaba sin que Juan diera señales desde la puerta de la sala se dirigió a Juan.

¿Está bien?

- Sí. Pase, tengo que desvelarle un secreto que su padre guardó siempre, y que ahora creo debe conocerlo.

Ahora la sorprendida era Teresa.

¿Un secreto?. Respondió con una voz que reflejaba la incertidumbre de qué pudiera ser.

- Sí. Tome. Juan le dio la carta y Teresa la leyó.

- No sé que pasó entre usted y mi padre pero por lo que dice en la carta algo importante sucedió que cambio su vida. Mi Madre cuando me hablaba de mi hermano muerto también se refería a lo mal que lo pasaron, pero como hubo un día que mi padre cambio positivamente y fue para ambos como empezar una nueva vida.

Juan le relató lo acontecido el 23 de mayo de 1938 y como su padre le salvó la vida. Al termino de su explicación concluyó.

- Nunca pude imaginar que lo que su padre hizo por mí fuera tan importante para él. Su padre me salvó la vida y estoy en deuda, y ahora que ha muerto lo estoy con la memoria del gran hombre que fue.

Teresa visiblemente emocionada se abrazó a Juan.

La gente del pueblo se enteró de la historia. Algunos quisieron realizar un homenaje a Javier, pero al final resolvieron mantener la discreción que es lo que a él le hubiera gustado.

Juan se hospedó durante unos días en Eugui, quería estar presente cuando exhumaran a su amigo. Al fin llegó el día. Los vecinos del pueblo ayudaron a Juan a llegar al lugar indicado por Javier donde estaba la fosa.

Tumbado boca arriba yacían los restos de su amigo, en la cabeza se podía ver con claridad un agujero de bala. Juan se agarró a Teresa y comenzó a llorar. Javier había llorado una vez en presencia del cuerpo de su amigo, y él era la segunda vez que lo hacía, cuando lo enterraron y ahora que recuperaban sus restos.

En la trágica huída que emprendieron juntos del penal de Ezcaba aquel 22 de mayo de 1938, él alcanzó la frontera de la libertad que ambos anhelaban, sin embargo, su amigo, como cientos de fugados, pagarían con la muerte la esperanza de alcanzarla.

FIN

 

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