ARQUITECTURA

EL TEMPLO

EL SEPULCRO

ESCULTURA

RELIEVE

ESTILOS ESCULTÓRICOS

ARTES INDUSTRIALES


ARQUITECTURA

.—Delimitado a Oriente y Occidente por arenales o desiertos pedregosos, Egipto es una estrecha faja de terreno fertilizada por el Nilo; en realidad, el oasis del Nilo, el río de cuyas inundaciones vive, y que inspira en buena parte su religión y su arte. Horus no recorre las celestes regiones, como Zeus, sobre un águila, sino navegando en su embarcación por el río, en cuyas orillas crecen el loto y el papiro, que coronan las columnas y decoran los edificios egipcios. El pueblo que se establece en ese valle en fecha remotísima, se nos muestra dominado por la preocupación de la vida de ultratumba y por la necesidad del culto a unos dioses cuyo último descendiente es el faraón remante.

Ese deseo de labrar obras eternas, y que produzcan la impresión de serlo por medio del volumen y de la masa, es el inspirador de sus principales creaciones estéticas. A él se deben la pirámide de los enterramientos reales, las pirámides truncadas de los enterramientos particulares, las proporciones de sus templos y de sus esculturas, de sus columnas y de sus muros. Aunque emplea también el ladrillo, el material preferido por el arquitecto egipcio es la piedra.

Los rasgos esenciales de sus elementos arquitectónicos reflejan ya ese afán de masa y de estabilidad. El muro es, por lo general, extraordinariamente grueso, y para que su estabilidad sea aún mayor suele ser en talud, es decir, de grosor decreciente hacia la parte superior.

Los sillares son de gran tamaño, y confiado en su masa, colócalos el cantero egipcio a unión viva, sin mezcla de ninguna especie. El muro, por lo general, lleva por coronamiento un grueso toro y un caveto, al que impropiamente se llama con frecuencia gola egipcia.

La columna es, por lo común, de macizas proporciones.

Bulbosa, a veces, en la parte inferior, a semejanza del tallo de algunas plantas, es de superficie lisa o fasciculada, simulando una serie de tallos atados en la parte superior por varios anillos horizontales. Suele tener basa en forma de disco. El capitel es campaniforme, bien en forma de flor abierta o de capullo de loto o papiro. En general, las columnas lotiformes carecen de base y no son bulbosas ni tienen hojas decorativas en su parte inferior, características que, en cambio, suelen distinguir a la papiriformes. En las fasciculadas los tallos de loto son de sección circular, mientras que los de papiro presentan sección apuntada. (fig. 57)

(fig. 57)

Columnas egipcias con capitel de capullo, de flor abierta, palmiforme y hathórico.

Además de estos capiteles, que son los más corrientes, existen otros como el palmiforme, empleado ya en fecha muy antigua, y el hathórico, que debe su nombre a la cabeza de la diosa Hathor con que se decora su cimacio o pieza que descansa sobre él. Aunque sólo excepcionalmente, se emplea también la llamada columna protodórica (fig. 58), de sección poligonal y coronada por un paralelepípedo, como en el futuro abaco de la columna griega.

(fig. 58)

Columna protodórica

Hipogeo de Beni Hassan

La arquitectura egipcia es adintelada, pues, aunque conoce la bóveda, tanto la falsa como la verdadera, sólo la emplea en lugares secundarios y carentes de importancia estética. Debido a ello, a las proporciones verdaderamente gigantescas de algunos de esos dinteles, a la parquedad de los vanos, con el consiguiente predominio del macizo, la impresión de reposo y estabilidad eternos de los monumentos egipcios es única en la historia de la arquitectura.

En la decoración adquieren ya gran desarrollo los temas de carácter vegetal, entre los que destacan las flores de loto y de papiro y la llamada palmeta egipcia, terminada lateralmente en dos volutas o espirales y en un saliente central. También desempeñan papel de primer orden las representaciones de animales y símbolos sagrados (fig. 59), como el buitre de alas extendidas, el globo alado del sol, tan frecuente en las puertas de los templos; los escarabajos, emblema de la vida terrena ; la cruz con el anillo, que, por el contrario, parece simbolizar la vida eterna; los ureus o serpientes sagradas, etc. De gran valor decorativo son igualmente las inscripciones epigráficas jeroglíficas que cubren grandes superficies del muro y aun de las columnas.

(fig. 59)

Buitre de alas extendidas

Formado el arte monumental egipcio en los primeros tiempos de su historia, vive durante varios miles de años con una persistencia de caracteres impresionante. Aunque no deje por ello de evolucionar, e incluso se den en su desarrollo verdaderas revoluciones artísticas, si se compara la evolución del arte egipcio con los estilos europeos de los dos últimos milenios, no puede por menos de reconocerse esa estabilidad y persistencia de caracteres como uno de sus rasgos más extraordinarios y dignos de ser tenidos en cuenta. Como en su historia política, suelen distinguirse en la artística tres grandes períodos: el menfita, el tebano y el saíta, así llamados por las ciudades donde radica la capitalidad del imperio faraónico. El período menfita se supone que dura, aproximadamente, desde el año 3000 al 2000 a. de J.C; el apogeo del período tebano, correspondiente a las dinastías XVIII-XIX-XX, cuyos faraones dominan desde Nubia, al Sur, hasta el Eufrates, al Este, abarca desde el siglo XVI al XVII, y el saíta comprende desde mediados del XVII a mediados del VI. La época de influencia griega se inicia dos siglos más tarde.


EL TEMPLO

.—Dominado por la idea de la vida eterna, los dos monumentos que más importan al egipcio son el templo y el sepulcro. La casa, por su misma utilidad transitoria, es de valor secundario y suele labrarse de adobe. De los mismos palacios reales apenas conservamos algunos pobres restos, debido al escaso valor de sus materiales. Los templos son, al decir de las inscripciones que los decoran, «la casa de piedra eterna» que los faraones construyen para sus divinos padres, y, en efecto, es, sobre todo, sensación de eternidad lo que produce el templo egipcio.

El templo de Ra (fig. 60), en Abusir, construido bajo la dinastía V, y que se considera reflejo del famoso Santuario del Sol de Heliópolis, consta de un gran patio abierto, cuyas paredes decoran escenas en relieve de la vida diaria, guerreras, de caza, simbólicas, etc. En el centro (A) se encuentra el altar, y al fondo, sobre un gran basamento, el obelisco, símbolo del dios; al lado del templo, la barca (B) donde aquél navega por los cielos.

(fig. 60)

Templo de Ra en Abusir

Como es natural, durante tantos siglos de existencia la arquitectura egipcia ha producido varios tipos de templo, pero ateniéndose al más frecuente, el de la época de apogeo, y tomando como prototipo el de Konsú, en Karnak (fig. 61), presenta los siguientes caracteres.

(fig. 61)

Templo de Konsú, en Karnak

Antes de penetrar en el templo, el visitante ha de recorrer una larga avenida flanqueada por estatuas de animales divinos, como los carneros de Amón o las esfinges. Al fondo de la avenida se levanta la gran fachada exterior del templo, que los griegos denominan el pilono, enorme muro en pronunciado talud, de figura trapezoidal, con un gran rehundimiento sobre la puerta, también en forma de trapecio. Delante del pilono aparecen los obeliscos o agujas de piedra cubiertas de inscripciones, y en dos hendiduras talladas en la parte inferior del mismo pilono se colocan los mástiles. Tras el pilono se extiende el peristilo o patio abierto con columnas por los lados y por el fondo, salvo en la época saíta, en la que además., las tiene en su cuarto frente, es decir, ante la fachada posterior del pilono. A continuación se encuentra el hipostilo, o sala de columnas totalmente cubierta, por lo general, con la nave central más elevada que las restantes y con claraboyas laterales en el desnivel. Es ámbito, sin embargo, esencialmente oscuro y misterioso, que forma contraste con la sala hipetra, e inclina el espíritu al recogimiento. Al fondo, rodeado por una serie de corredores y habitaciones, se oculta el sancta-sanctorum, o sala rectangular donde se venera a la divinidad, y a la que sólo tienen acceso el sacerdote o el faraón cuando va a visitar a su padre.

A esta ordenación de salas dispuestas en un eje, y de progresiva oscuridad para preparar el ánimo de los fieles, se agrega la también progresiva disminución de altura del templo.

Como con frecuencia, una vez terminado el templo, las generaciones posteriores sienten el deseo de ampliarlo y enriquecerlo, no es raro en los que llegan a ser grandes santuarios que las salas hipetras e hipostilas se multipliquen o que, comunicados por los muros laterales, se labren otros templos secundarios. Gracias a este proceso de ampliación nacen conjuntos monumentales de tan enormes proporciones como los de Karnak y Luxor en Tebas, la capital del Imperio Nuevo. Unidos por una gran avenida, y producto de las múltiples y sucesivas mejoras, enriquecimientos y ampliaciones efectuadas por los faraones con frecuencia en acción de gracias por sus triunfos guerreros, reflejan como ningún otro monumento buena parte de la historia de Egipto.

El gran templo de Amón en Karnak (fig. 62) ocupa una extensión cerca de kilómetro y medio de longitud y más de medio de anchura.

(fig. 62)

Templo de Amón en Karnak

Es parte de primera importancia su gran sala hipostila (fig. 63), obra de Seti I, de la dinastía XIX, de unos cien metros de largo por cincuenta de ancho, y cuya triple nave central, más alta que las restantes, mide más de veinte metros de altura. Tienen las columnas de ésta capitel campaniforme abierto, mientras en las restantes es cerrado.

(fig. 63)

Sala hipostila gran templo de Amón en Karnak

También importante por sus columnas, llamadas protodóricas, uno de los vestíbulos del templo. Dentro del recinto de Karnak se encuentra el templo de Konsú, el hijo de Amón, ya comentado como ejemplo representativo de templo egipcio, y el de Ramsés III (fig. 64), con gigantescas esculturas de Osiris adosadas a sus pilares.

(fig. 64)

Templo de Ramsés III

El templo de Luxor (fig. 65), obra de Amenotes III, consta de una gran sala hipetra (A), las tres naves centrales de otra hipostila sin terminar (B), otra hipetra (C), una segunda hipostila (D) y la parte Propiamente del santuario (E).

(fig. 65)

Templo de Luxor

Las columnas de las salas hipetras son de haces de papiros, con capitel de campana cerrada, también fasciculado (fig. 66).

(fig. 66)

Templo de Luxor. Columnas de la sala hipostila

Con estos conjuntos monumentales gigantescos forman contraste algunas capillas aisladas que se levantan durante la dinastía XVIII, como la de Elefantina (fig. 67), que parece presentir el sentido de las proporciones del templo griego.

(fig. 67)

Capilla egipcia, dinastía XVIII en Elefantina

Además de estos templos construidos sobre la superficie de la tierra, los egipcios labran otros excavados. Se encuentran en Ipsambul, en Nubia, la región más meridional del valle, varias veces perdida y otras tantas reconquistada, y expuesta siempre a la invasión y al saqueo de los etíopes. Conservan aún el nombre griego de speos, es decir, cueva.

Tanto el speos mayor (fig. 68) como el menor de Ipsambul tienen gigantesca fachada labrada en la roca misma de la montaña, donde, además de los planos y molduras de su arquitectura, aparecen esculpidas unas colosales estatuas, que en el menor (fig. 69) representan a Ramsés II y a su mujer, y en el mayor miden no menos de veinte metros. En este último, la puerta comunica por un pequeño vestíbulo al gran patio cubierto, sostenido por pilares con estatuas adosadas de Osiris, como las de Karnak, al fondo del cual se encuentra la capilla misma.

(fig. 68)

Speos mayor de Ipsambul

(fig. 69)

Speos menor de Ipsambul

Tipo intermedio es el hemi-speos de Deir-el-Bahari, próximo a Tebas, donde al verdadero templo excavado en la roca preceden cuatro patios peristilos labrados a cielo abierto en otras tantas terrazas, con columnas del tipo llamado protodórico. Es obra del arquitecto Senmut. Templo en parte excavado y en parte construido es también el de Gerf Hussein (fig. 70).

(fig. 70)

 Templo de Gerf Hussein

Durante los períodos saíta y romano, el templo conserva sus caracteres tradicionales, introduciéndose, sin embargo, algunas innovaciones, como el empleo de antepechos o muros de escasa altura en los intercolumnios.

La columna pierde a veces su forma bulbosa en su parte inferior, y el capitel, sobre todo el campaniforme abierto, se enriquece considerablemente, y el llamado hathórico se superpone al anterior. En torno a las fachadas laterales y posterior del templo suele formarse un corredor con un segundo muro que le aísla del exterior. Obras representativas de este período son los templos de Edfú y Dendera; y el de Medinet-Habú, ya de época romana, cuyos capiteles parecen querer emular la riqueza del corintio clásico. Uno de los conjuntos más bellos de este último momento de la arquitectura egipcia es el de los templos de la isla de Filé, el lugar sagrado en medio del Nilo, donde Isis da a luz a Horus. Los más conocidos son el llamado «Pabellón», de Nectanebo (fig. 71) y el «Quiosco de Trajano»(fig. 72), dejado sin terminar.

(fig. 71)

Pasaje Pabellón de Nectanebo en la isla de Filé

(fig. 72)

Quiosco de Trajano


EL SEPULCRO

.—Para el egipcio, firmemente convencido de que su vida eterna depende de la conservación de su cuerpo, el sepulcro es tan importante como el templo. Para salvar su cuerpo de la destrucción se toman las mayores garantías posibles. En primer lugar, se le embalsama, sacándole las vísceras, que se depositan en los cuatro vasos canopos coronados con las cabezas de otros tantos dioses; se le envuelve después en larguísimas fajas de lienzo sembradas de amuletos y se le deposita, por último, en un sarcófago de madera policromada, que a su vez, si la categoría del difunto lo permite, se incluye en otro de piedra.

Conservado así en la cámara funeraria, como su alma o sombra coloreada de su persona, el «doble» o «ka», tiene necesidades materiales, necesita el sepulcro una capilla donde se depositen los alimentos necesarios para su sustento, o al menos se les representa para el caso de que falten aquéllos.

Los conjuntos monumentales de carácter funerario más importantes son las grandes necrópolis de Gizeh y Abusir, del Antiguo Imperio, que se levantan solemnes frente a Menfis, al otro lado del Nilo. Con los escasos elementos artísticos de su masa, la lisura de sus superficies y el reposo de sus proporciones, pocos monumentos arquitectónicos producen como ellos tan profunda impresión de eternidad y de muerte.

El tipo normal de sepulcro es el que se conoce con el nombre árabe de mastaba, que significa banco, porque, en efecto, semejan enormes bancos en forma de pirámides truncadas (fig. 73).

Figs. 73

Pabellón de Nectanebo en la isla de Filé.—Mastaba.—Pirámides.

En ella, muy por bajo del nivel de tierra, en el fondo de un pozo que sólo tiene acceso por la parte superior y que se rellena después de efectuado el sepelio, se encuentra la cámara funeraria propiamente dicha, donde se deposita el sarcófago.(fig. 74)

(fig. 74)

Cámara funeraria (Mastaba)

 A nivel de tierra, y con puerta al exterior, se encuentra, en cambio, la capilla, decorada en sus paredes con relieves o pinturas de temas funerarios, como el de la peregrinación del alma a los infiernos y el mito de Osiris, o relacionados con la vida del difunto. Para que el «doble» pueda salir a disfrutar de los alimentos allí depositados por sus familiares, existe al fondo de la capilla una puerta simulada en forma de ancha hendidura, donde se encuentra la estatua, o simplemente el busto del difunto, y un pequeño altar con los alimentos figurados de relieve. En las mastabas más importantes esta capilla se convierte en toda una serie de estancias unidas por corredores.

En los enterramientos reales del período menfita lo que destaca al exterior es el enorme cuerpo apiramidado que sobre él se levanta. Bajo la III dinastía, son pirámides escalonadas, constituidas por pirámides truncadas superpuestas, como la del faraón Zoser en Sakara (fig. 75).

(fig. 75)

Pirámide escalonada del faraón Zoser en Sakara

 Otras son de perfil quebrado, como la de Dachur (fig. 76).

(fig. 76)

Pirámide de perfil quebrado, de Dachur

Las de la dinastía siguiente, como las famosas de Keops (fig. 77), Kefren (fig. 78) y Micerino (fig. 79), la primera de ciento cincuenta metros de altura, son ya pirámides perfectas.

(fig. 77)

 Pirámide de Keops

(fig. 78)

 Pirámide de Kefren

(fig. 79)

 Pirámide de Micerino

Estos enterramientos reales se completan con el templo funerario para habitación del doble, inmediato a la pirámide, y con otro más lejano en la misma ribera del río, comunicado con aquél por largo corredor, como puede observarse en los de Abusir (fig. 80).

(fig. 80).

Imagen de Templo en Abusir reconstituida

En el inmediato a la pirámide de Zoser se emplean columnas fasciculadas o de aristas vivas (fig. 81), de tipo protodórico.

(fig. 81)

Columnas fasciculadas entrada pirámide de Zoser

El templo llamado de la Esfinge (fig. 82), por encontrarse junto a él la gigantesca estatua, es, en realidad, el templo de la pirámide de Kefren. En su interior tiene una doble cámara en forma de T, con pilares.

(fig. 82)

Templo de la esfinge de la Pirámide de Kefren

El enterramiento de Sahura en Abusir (fig. 83), de la V dinastía, contiene, además de la gran pirámide del faraón (A), la de su mujer (B), y el templo funerario, éste con patio de columnas palmiformes (fig. 84).

(fig. 83)

Pirámide de Sahura

(fig. 84)

Columnas templo funerario de la Pirámide de Sahura

En los comienzos del período tebano se adopta un tipo de enterramiento en el que se unen la mastaba y la pirámide, como sucede en Abidos. La creación más monumental de esta etapa es el sepulcro de Mentuotep (fig. 85-86), en Deir-el-Bahari, formado por una mastaba coronada por una pirámide y rodeado por pórticos a dos niveles.

(Fig. 85)

 Sepulcro de Mentuotep

(Fig. 86)

 Sepulcro de Mentuotep

En el período tebano, los faraones renuncian a esas enormes montañas artificiales que son las pirámides y labran sus sepulcros directamente en los acantilados que limitan el valle del Nilo, especialmente en la región de Abidos. Allí excavan interminables corredores en ángulo, numerosas salas para habitación del doble, y la cámara funeraria; todo ello cubierto de relieves dispuestos en fajas, por donde desfilan millares y millares de figurillas formando las escenas de los asuntos ya comentados. El deseo de ocultar el verdadero emplazamiento del sarcófago les hace a veces labrar unas entradas que dejan abiertas para dar la impresión a los futuros ladrones de haber sido violadas, mientras la verdadera se encuentra en otra parte, con la entrada oculta.

Pero a pesar de estas precauciones, así como la de disimular el acceso de la galería de ingreso, ya en tiempo de los griegos visitan los turistas algunas tumbas vacías que han sido violadas.

En los hipogeos de Beni Hassan, de los primeros tiempos tebanos, se emplean columnas protodóricas de aristas vivas tanto en los pórticos como en el interior (fig. 87).

(figs. 87)

Hipogeo en Beni Hassan

En la época saíta los reyes etíopes resucitan el tipo de sepulcro menfita en forma de pirámide, aunque de tamaño y proporciones muy diferentes y precedido por un pilono (fig. 88).

(fig. 88)

Sepulcro menfita en forma de pirámide con pilono


*

ESCULTURA

.—Salvo en contados momentos de su historia, el artista egipcio sólo concibe la figura humana en tensión física y espiritual totalmente ajena a la vida diaria. Dedicado a representar dioses, faraones y príncipes, que para él también son de carácter divino, sus personajes tienen siempre algo de seres sobrenaturales, para los que el dolor y la alegría no existen, y que parecen siempre sorprendidos en un desfile oficial. Influidos por razones de orden técnico, comunes a casi todos los pueblos del Oriente próximo, en la antigüedad, y, sin duda, también por la idea egipcia de la elegancia, incluso cuando se les representa en marcha, parecen estar rígidos. Esta falta de movimiento y esta rigidez son debidas, en gran parte, a lo que se ha llamado la ley de la frontalidad, por aparecer representados siempre rigurosamente de frente, sin torsión de ninguna especie en su cuerpo. Se agrega a esa posición frontal su mirada alta y fija en el frente, y el que los brazos, por lo general, caigan con fuerza unidos al cuerpo; cuando los avanzan, sólo destacan el antebrazo, y casi siempre en una misma actitud. La laxitud y el abandono no existen sino excepcionalmente para el escultor egipcio, y excusado es decir que no falta alguna obra que no se ajusta a esa ley de la frontalidad.

En la escultura egipcia desempeñan papel de primer orden los dioses mayores, a los que se representa con sus correspondientes atributos.

Osiris es el dios solar que ha recorrido el firmamento navegando en su nao, y se le figura en forma de momia, con el látigo y el cayado, el kalf o paño que le cubre la cabeza y los hombros, y la serpiente o ureus en el centro de la frente (fig. 89).

(fig. 89)

Osiris

Como a Osiris está consagrado, entre otros animales, el carnero, a veces enriquecen su tocado los cuernos de ese animal, denominándosele entonces Amón. (fig. 90).

(fig. 90)

Amón

Osiris, en estado naciente y remontándose en el firmamento, recibe el nombre de Horus, figurándosele entonces en forma de niño con el dedo en la boca y la trenza pendiente de su cabeza pelada, o ya mayor, con cabeza de halcón (fig. 91).

(Fig. 91)

Horus

Isis es la diosa madre, de carácter lunar, esposa de Osiris; tiene forma de mujer, y a veces se la figura dando el pecho a su hijo o al faraón. Corónasele con el disco de la luna llena y también con los cuernos de la vaca Hathor. (fig. 92).

(fig. 92)

Isis es la diosa madre, de carácter lunar, esposa de Osiris

Aunque representadas con menos frecuencia, son además importantes otras deidades que, como Horus, tienen cuerpo humano y cabeza de animal. Así, Sakhit, la tiene de felino, y Anubis, el dios de los muertos, de chacal (fig. 93).

(fig. 93)

Anubis, el dios de los muertos en forma de chacal

Al faraón se le representa con la corona troncocónica del Bajo Egipto, con la tiara del Alto Egipto, o con ambas a la vez, que es lo más frecuente. En el relieve reproducido en la lámina (Fig. 94) las diosas de esas partes del país imponen al faraón su corona correspondiente.

(Fig. 94)

Faraón con corona y tiara

 

Debido al carácter divino de algunos animales, sus representaciones de bulto redondo constituyen capítulo importante del arte egipcio (fig. 95).

(fig. 95)

Anubis

Gracias a su fino sentido de observación y de selección de los rasgos esenciales, y, sin duda, también a su fervor religioso, los escultores egipcios crean obras tan de primer orden que les permiten figurar entre los más excelentes animalistas de todos los tiempos. En general, no ven los animales en movimiento. Como a los dioses y a los hombres, los ven estáticos, en su actitud de reposo más característica, y, sobre todo, definidos por un perfil elegante y un modelado sobrio, aunque plenamente expresivo, de la calidad de su cuerpo. Dotados para ellos de hálito divino, esculpen algunos de esos animales con la emoción religiosa con que el artista medieval labra la estatua de un santo.


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RELIEVE


El escultor egipcio, tanto como el bulto redondo, cultiva el relieve.

Prefiere el bajo al medio relieve, e incluso con frecuencia prescinde de rebajar la parte del fondo —hueco relieve—, procedimiento que, como veremos, desaparece en la escultura posterior. El relieve y la pintura egipcios, como en general los de todo el mundo antiguo, no emplean la perspectiva y representan la figura de perfil. Tal vez durante algún tiempo pudo ser ello debido a la incapacidad de interpretar el rostro de frente, pero la existencia de más de una excepción en pinturas del Imperio Nuevo es testimonio de la decidida voluntad de preferir la representación de perfil. De todas formas, el artista egipcio, al ofrecernos la figura humana de perfil, hace ciertas concesiones convencionales a la frontalidad. Así, desde la cintura el cuerpo se tuerce violentamente y se nos muestra de frente, para volver a presentarnos el rostro de perfil, sin perjuicio de que el ojo aparezca de frente. El escultor egipcio imagina a los dioses o al faraón de tamaño mucho mayor que los mortales, que a su lado semejan verdaderos pigmeos. En el período menfita, se limita a desarrollar las diversas escenas en filas paralelas de figuras, sin intento alguno de dar idea del escenario. Más adelante, aun sin conocimiento de la perspectiva, simultanea en un mismo escenario, por ejemplo, un estanque visto desde la altura con árboles vistos de perfil. En el Imperio Nuevo, la composición se hace más movida y se nota mayor facilidad. Como es natural, en el relieve las figuras adoptan actitudes movidas y violentas, que no se dan en la estatua (fig. 96).

(fig. 96)

Relieve de Luxor

Los temas de los relieves son de la más diversa naturaleza, pues además de las historias de carácter religioso, de las que buena parte se refieren a la vida ultraterrena, y de las campañas del faraón, como en las tumbas se suelen representar las que fueron habituales ocupaciones del difunto, abarcan casi todos los aspectos de la vida egipcia (fig. 97), desde las faenas agrícolas hasta las escenas de caza o las puramente familiares. El gran número de pormenores que integran en la realidad cualquiera de estas historias, obliga al escultor egipcio a una intensa simplificación y selección, inspirada principalmente por su fino criterio decorativo.

 (fig. 97)

Relieve de figuras familiares

El relieve se distribuye en el edificio por los más diversos lugares, pues además de revestir numerosos interiores de templos y sepulcros, decora con frecuencia las columnas y pilastras, y a veces se esculpen figuras gigantescas en los pilonos. Casi siempre alternan con abundantes inscripciones jeroglíficas.(fig. 98).

(fig. 98)

Relieve decorativo

El material preferido por el escultor egipcio es casi siempre la piedra dura, como el oscuro basalto o el granito gris o rosa; pero también emplea la caliza y la madera. En estos dos últimos casos suele terminar su obra, policromándola, sobre todo si es de madera. Trabaja en todas las escalas, desde las más gigantescas, y en este aspecto ningún pueblo le ha superado, hasta las figurillas de madera, verdaderos juguetes del ajuar funerario, aunque son más característicos de su escultura, y de su arte todo, sus colosos que sus miniaturas.


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ESTILOS ESCULTÓRICOS

En los inicios, los monumentos escultóricos son sobre todo, placas de pizarra con relieves procedentes de tumbas predinásticas. (fig 99). O representan animales totémicos (fig 100).

 (fig 99).

Monumentos escultórico sobre Pizarra

(fig 100)

Animales totémicos

Las escenas guerreras esta representada en Menes, el faraón con quien se inicia la primera dinastía. En uno de sus frentes aparece la escena, después tan frecuente, del faraón castigando con su maza al enemigo vencido (fig 101).

(Fig 101)

Escenas guerrera del faraón Menes

En el período menfita, el estilo que perdurará durante tantos siglos se encuentra ya plenamente formado, incluso en la estatua. La sedente de Kefren (fig. 102), maciza, rígida, con los brazos unidos al cuerpo, desnuda desde la cintura y cubierta con su kalf.

(fig. 102)

La sedente de Kefren

El grupo de Micerino y su mujer (fig. 103), ambos en actitud de marcha, ella abrazada a su marido y vestida con larga túnica, que subraya sus formas, nos dicen ya todo lo que habrá de ser la escultura posterior.

(fig. 103)

Micerino y su mujer

Impresionante por sus gigantescas proporciones es la Esfinge (fig. 104), cuya cabeza se supone retrato de Kefren, y que está tallada en una enorme roca.

 (fig. 104)

La Esfinge

Pese al empaque cortesano de estas estatuas de faraones, el agudo sentido de observación del escultor egipcio de esta época se manifiesta claramente en los rasgos del rostro de esos mismos personajes reales, con frecuencia muy poco idealizados. Sirvan de ejemplo las estatuas sedentes de los príncipes de la III dinastía Rahotep y Nefrit (fig. 105), del museo de El Cairo, verdaderos retratos.

(fig. 105)

Rahotep y Nefrit

La vena naturalista del escultor egipcio, oprimida cada vez más por el arte oficial, produce todavía ahora varias obras capitales de este tipo. Una de ellas es la del Alcalde (fig. 106). Labrada en madera, no sabemos a quién representa.

El nombre con que se la conoce es, sin embargo, significativo de su inspiración naturalista, pues es el que le dieron los propios obreros egipcios al descubrirla, queriendo reconocer en él algún paisano en funciones de tal.

(Fi. 106)

El alcalde

Otras estatuas típicas de este momento son las de los escribas sentados en el suelo, con las piernas cruzadas y escribiendo sobre el tablero que tienen sobre ellas. La del museo del Louvre (fig.107), de piedra caliza pintada, sorprende por la fuerza del retrato que el artista nos ha dejado de su rostro, de boca apretada, reflejo de la intensa atención con que escucha, y ojos fijos en quien le dicta.

(fig.107)

Escriba sentado en el suelo

Más incorrectas, pero animadas por el mismo deseo de naturalidad, forman también parte de este mismo capítulo las estatuillas funerarias de servidores del difunto, que aparecen en ellas moliendo el trigo (fig. 108) o realizando diversas faenas domésticas.

(fig. 108)

Servidor del difunto  moliendo el trigo

Además de estas estatuas se esculpen ya en los sepulcros del período menfita un sinnúmero de relieves con las escenas más diversas de la vida egipcia, en las que alternan, con la figura humana, toda suerte de animales (fig. 109).

(fig. 109)

Relieve figura humana y animal

La mayor parte de la escultura egipcia conservada pertenece al período tebano. Del Imperio Medio son estatuas tan excelentes como la de Amenemhet III (fig. 110) y la Esfinge procedente de Tanis (fig. 111), ambas en el museo de El Cairo.

(fig. 110)

Amenemhet III (Museo de El Cairo)

(fig. 111)

Esfinge de Tanis (Museo de El Cairo)

Bajo el Imperio Nuevo, dentro siempre de las normas generales fijadas en la época menfita, aparecen algunas actitudes nuevas, y las proporciones cambian un tanto. Ahora se esculpe la Vaca de Deir-el-Bahari del museo de El Cairo, la diosa Hathor, (fig. 112) que inicia a los muertos en la vida de ultratumba y que es, sobre todo, una de las obras maestras de la escultura animalista de la antigüedad.

(fig. 112)

La diosa Hathor

La escultura de tipo gigantesco crea obras de tan extraordinarias proporciones como las comentadas de Ipsambul y los Colosos de Memnón (fig. 113), estatuas hoy muy deterioradas de Antenotes III, que el faraón hace labrar ante su templo y que miden no menos de dieciséis metros de altura.

(fig. 113)

 Colosos de Memnón

Por la finura de su ejecución destaca el Ramsés II (fig. 114), del museo de Turín.

 (fig. 114)

Ramsés II del museo de Turín


RELIEVE

En el campo del relieve, las obras son no menos numerosas y de los más variados temas. El relieve de la figura (fig. 115)nos muestra al gran faraón Seti I con la corona del Bajo Egipto enlazando el toro del sacrificio en compañía de su hijo, el futuro Ramsés II.  

(fig. 115)

Seti I en compañía de su hijo, el futuro Ramsés II

En el de la (fig. 116) le vemos en el acto de Seti I de ofrecer incienso a Osiris tocado con la tiara del Alto Egipto.

(fig. 116)

Seti I de ofrecer incienso a Osiris

El siguiente relieve del Gran Speos de Ipsambúl  (fig. 117) presenta ya a Ramsés II vencedor, castigando a los nubios con la maza, como en las primitivas pizarras predinásticas .

(fig. 117)

Ramsés II vencedor, castigando a los nubios

En el Templo de Abu Simbel se puede ver a prisioneros nubios capturados (fig. 118)

(fig. 118)

Prisioneros nubios

Los del palacio de Medinet Abu (fig. 119) de Ramsés III son, en cambio, buenos ejemplos de escenas de cacería.

(fig. 119)

Escenas de cacería de Ramsés III

Dentro del estilo uniforme tebano, forma un paréntesis, por su intenso naturalismo, la escultura de tiempos de Amenotes IV, el faraón revolucionario del culto del Sol, que en pleno apogeo tebano traslada la corte a Tell-el-Amarna. Gracias a las excavaciones realizadas modernamente se ha podido descubrir incluso la casa del escultor real Tutmés, y en ella un gran número de estudios y obras sin terminar. La vida del faraón aparece interpretada en sus relieves con un tono familiar por completo ajeno a la escuela tebana. El relieve de la (fig.  120) le presenta acompañado por su mujer, Nefertiti, y por sus hijos, recibiendo los rayos de su dios Aton, el Sol que calienta, que no en vano se hace llamar también Akenaton.

(fig.  120)

Amenotes IV con su mujer Nefertiti y su hijos

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FIGURAS ESCULTÓRICAS

La estatua del museo del Cairo (fig. 121) figura a Akenaton aún joven.

(fig. 121) 

Akenaton

La obra más bella de la escuela, descubierta en el taller mismo del escultor Tutmés, es el busto policromado de la reina Nefertiti, del museo de Berlín (fig. 122).

(fig. 122)

 Nefertiti, del museo de Berlín

Pero la vida de la capital Tell-el- Amarna es corta, y a los pocos años la capitalidad vuelve a Tebas, y la escuela tebana es de nuevo la oficial.

Durante el período saíta la mayor preocupación de los escultores de esta tardía etapa parece haber sido la suavidad y blandura del modelado y la tendencia a las formas contorneadas. Buenos ejemplos de escultura saíta son la dama Takusit (fig. 123), del museo de Atenas.

(fig. 123)

Dama Takusit

En ese estilo, otra obra es la llamada Cabeza verde, del de Berlín. (fig. 124)

(fig. 124)

Cabeza verde. Museo de Berlín

El virtuosismo del modelado del período saíta enlaza con la influencia helénica que caracteriza al período alejandrino, bajo el cual la escultura egipcia termina por perder su carácter.-Conserva sus fórmulas generales de frontalidad y actitud, pero el modelado se enriquece al gusto clásico. Casi podría decirse que son estatuas griegas, con las típicas vestiduras y actitudes egipcias.


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PINTURA

.—La pintura repite los convencionalismos del relieve en cuanto a la representación de la figura y del escenario que le sirve de fondo. Es un arte que por su carácter menos permanente que el relieve tiene menos importancia que él. Desempeña, sin embargo, papel importante en los relieves mismos, pues éstos, por su escasa proyección y su policromía, semejan, a veces, verdaderas pinturas. Los colores son planos, sin gradación, y se emplean con criterio esencialmente decorativo.

No obstante alguna obra, como los Ánades, de Meidum, del museo de El Cairo, de una simplicidad y belleza admirables (fig 125).

(fig 125)

Los Ánades, de Meidum

La pintura se encuentra en el período menfita plenamente subordinada al relieve. En la época tebana la decoración de los sepulcros excavados hace que la pintura se independice, y contamos con numerosas escenas guerreras de la vida ordinaria y espléndidos estudios de animales. Las escenas de Danzarinas (fig 126), procedentes de un sepulcro tebano del Imperio Nuevo, nos ponen bien de manifiesto los grandes progresos de la pintura en este período, llegando a presentarnos algunos personajes totalmente de frente.

(fig 126)

Escenas de Danzarinas

Ahora adquiere también gran desarrollo la pintura en rollos de papiro, de carácter funerario. El ejemplo más importante del llamado «Libro de los Muertos» es el del museo de Turín. Escena típica de estos papiros es la del Juicio de los muertos (fig. 127), en la que Osiris presencia el peso de las almas, que hace Anubis y anota Thot.

(fig. 127)

 Papiro. Escena del Juicio de los muertos

 Otro importante grupo de papiros, llamados satíricos, parodian con figuras de animales las escenas de los mismos faraones, incluso sus grandes hazañas guerreras.

Aún mayor independencia gana la pintura egipcia bajo la influencia griega, aunque, ejecutada en madera o tela es, por desgracia, muy poco lo que se conserva.

De estilo helenístico que nada tiene ya de faraónico, aunque sea de mano egipcia, se produce hacia el siglo I un importante tipo de retrato funerario de carácter intensamente naturalista, y que, reducido al rostro, se engasta en la parte correspondiente del sarcófago. Están pintados en madera con cera de colores (fig. 128).

(fig. 128)

Retrato funerario


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ARTES INDUSTRIALES

. — De las artes menores es probablemente la orfebrería la que crea obras más bellas. Gracias a la costumbre de alhajar los difuntos conservamos un número crecido de piezas de orfebrería, tales como coronas, diademas y collares, algunos de fragilidad sólo explicable por ser puramente funerarios. De gran importancia son los pectorales de los faraones, donde, enmarcadas bajo la típica cornisa en forma de caveto, aparecen diversas figuras caladas y protegidas por el buitre, todo ello enriquecido con esmaltes de diversos colores.

Uno de los más bellos del museo de El Cairo, es la Máscara funeraria de Tutankamón o Máscara de oro de Tutankamón, elaborada por los orfebres egipcios en los años 1354-1340 a. C. y  formaba parte del ajuar funerario de la tumba del faraón. (fig. 129)

(fig. 129)

Máscara de oro de Tutankamón

En cuanto al trabajo del metal, empléase al principio la lámina de cobre, unida con remaches; más tarde utilízase el bronce en las vasijas, pero fundiéndolas macizas y ahuecándolas después, y, por último, termínase dominando la fusión en hueco.

Además de la cerámica de barro cocido, prodúcese otra vidriada, en la que se fabrican vasijas, perlas y amuletos. De color verdoso durante mucho tiempo, se descubre después un bello color azul, brillante.

El vidrio se conoce en Egipto desde fecha muy antigua, pero no llega a fabricarse incoloro. Es vidrio opaco. En forma de perlas azules, rojas y verdes, decoradas con hilos de vidrio de diversos colores, se exportan a todo el Mediterráneo, e incluso a la costa atlántica, pero también se hacen vasijas polícromas por este mismo procedimiento.

Gracias al gran número de tumbas descubiertas con todo su ajuar funerario, conservamos más mobiliario egipcio que de muchos pueblos muy posteriores. De formas muy elegantes, posee ya el egipcio la silla, tanto fija de cuatro patas como plegable, los sillones y, naturalmente, el taburete y la cama. Las patas terminan en garras de animales, todas ellas en la misma dirección, como queriendo hacernos pensar que es un animal el que nos sostiene. (fig. 130)

(fig. 130)

Trono de oro de  Tutankamón