KARL MARX
TOMO PRIMERO
CAPÍTULO XXIV
LA LLAMADA ACUMULACIÓN ORIGINARIA
1. El secreto de la
acumulación originaria
Hemos visto cómo se convierte el
dinero en capital, cómo sale de éste la plusvalía y cómo la plusvalía engendra
nuevo capital. Sin embargo, la acumulación de capital presupone la plusvalía, la
plusvalía la producción capitalista y ésta la existencia en manos de los
productores de mercancías de grandes masas de capital y fuerza de trabajo. Todo
este proceso parece moverse dentro de un circulo vicioso, del que sólo podemos
salir dando por supuesta una acumulación “originaria” anterior a la acumulación
capitalista (“previous accumulation”, la denomina Adam Smith); una acumulación
que no es resultado, sino punto de partida del régimen capitalista de
producción.
Esta acumulación originaria viene
a desempeñar en economía política el mismo papel que desempeña en teología el
pecado original. Al morder la manzana, Adán engendró el pecado y lo trasmitió a
toda la humanidad.
Los orígenes de la primitiva
acumulación pretenden explicarse relatándolos como una anécdota del pasado. En
tiempos muy remotos –se nos dice–, había, de una parte, una minoría trabajadora,
inteligente y sobre todo ahorrativa, y de la otra un tropel de descamisados,
haraganes, que derrochaban cuanto tenían y aún más. Es cierto que la leyenda del
pecado original teológico nos dice que el hombre fue condenado a ganar el pan
con el sudor de su frente; pero la historia del pecado original económico nos
revela por qué hay gente que no necesita sudar para comer. No importa. Así se
explica que mientras los primeros acumulaban riqueza, los segundos acabaron por
no tener ya nada que vender más que su pelleja. De este pecado original arranca
la pobreza de la gran mayoría, que todavía hoy, a pesar de lo mucho que
trabajan, no tienen nada que vender más que sus personas, y la riqueza de una
minoría, riqueza que no cesa de crecer, aunque haga ya muchísimo tiempo que sus
propietarios han dejado de trabajar. Estas niñerías insustanciales son las que
M. Thiers, por ejemplo, sirve todavía, con el empaque y la seriedad de un hombre
de Estado, a los franceses, en otro tiempo tan ingeniosos, en defensa de la
propriété. Tan pronto como se plantea el problema de la propiedad, se convierte
en un deber sacrosanto abrazar el punto de vista de la cartilla infantil, como
el único que cuadra a todas las edades y a todos los períodos. Sabido es que en
la historia real desempeñan un gran papel la conquista, la esclavización, el
robo y el asesinato; la violencia, en una palabra. En la dulce economía
política, por el contrario, ha reinado siempre el idilio. Las únicas fuentes de
riqueza han sido desde el primer momento la ley y el “trabajo”, exceptuando
siempre, naturalmente, “el año en curso”. Pero, en la realidad, los métodos de
la acumulación originaria fueron cualquier cosa menos idílicos.
Ni el dinero ni la mercancía son
de por si capital, como no lo son tampoco los medios de producción ni los
artículos de consumo. Necesitan convertirse en capital. Y para ello han de
concurrir una serie de circunstancias concretas, que pueden resumirse así: han
de enfrentarse y entrar en contacto dos clases muy diversas de poseedores de
mercancías; de una parte, los propietarios de dinero, medios de producción y
artículos de consumo, deseosos de valorizar la suma de valor de su propiedad
mediante la compra de fuerza ajena de trabajo; de otra parte, los obreros
libres, vendedores de su propia fuerza de trabajo y, por tanto, de su trabajo.
Obreros libres, en el doble
sentido de que no figuran directamente entre los medios de producción, como los
esclavos, los siervos, etc., ni cuentan tampoco con medios de producción
propios, como el labrador que trabaja su propia tierra, etc.; libres y dueños de
si mismos. Con esta polarización de1 mercado de mercancías, se dan las dos
condiciones fundamentales de la producción capitalista. El régimen del capital
presupone el divorcio entre los obreros y la propiedad sobre las condiciones de
realización de su trabajo. Cuando ya se mueve por sus propios pies, la
producción capitalista no sólo mantiene este divorcio, sino que lo reproduce y
acentúa en una escala cada vez mayor. Por tanto, el proceso que engendra el
capitalismo sólo puede ser uno: el proceso de disociación entre el obrero y la
propiedad sobre las condiciones de su trabajo, proceso que de una parte
convierte en capital los medios sociales de vida y de producción, mientras de
otra parte convierte a los productores directos en obreros asalariados. La
llamada acumulación originaria no es, pues, más que el proceso histórico de
disociación entre el productor y los medios de producción. Se la llama
“originaria” porque forma la prehistoria del capital y del régimen capitalista
de producción.
La estructura económica de la
sociedad capitalista brotó de la estructura económica de la sociedad feudal. Al
disolverse ésta, salieron a la superficie los elementos necesarios para la
formación de aquélla.
El productor directo, el obrero,
no pudo disponer de su persona hasta que no dejó de vivir sujeto a la gleba y de
ser esclavo o siervo de otra persona. Además, para poder convertirse en vendedor
libre de fuerza de trabajo, que acude con su mercancía a dondequiera que
encuentra mercado para ella, hubo de sacudir también el yugo de los gremios,
sustraerse a las ordenanzas sobre los aprendices y los oficiales y a todos los
estatutos que embarazaban el trabajo. Por eso, en uno de sus aspectos, el
movimiento histórico que convierte a los productores en obreros asalariados
representa la liberación de la servidumbre y la coacción gremial, y este aspecto
es el único que existe para nuestros historiadores burgueses. Pero, si enfocamos
el otro aspecto, vemos que estos trabajadores recién emancipados sólo pueden
convertirse en vendedores de si mismos, una vez que se ven despojados de todos
sus medios de producción y de todas las garantías de vida que las viejas
instituciones feudales les aseguraban. El recuerdo de esta cruzada de
expropiación ha quedado inscrito en los anales de la historia con trazos
indelebles de sangre y fuego.
A su vez, los capitalistas
industriales, los potentados de hoy, tuvieron que desalojar, para llegar a este
puesto, no sólo a los maestros de los gremios artesanos, sino también a los
señores feudales, en cuyas manos se concentraban las fuentes de la riqueza.
Desde este punto de vista, su ascensión es el fruto de una lucha victoriosa
contra el régimen feudal y sus irritantes privilegios, y contra los gremios y
las trabas que éstos ponían al libre desarrollo de la producción y a la libre
explotación del hombre por el hombre. Pero los caballeros de la industria sólo
consiguieron desplazar por completo a los caballeros de la espada, explotando
sucesos en que éstos no tenían la menor parte de culpa. Subieron y triunfaron
por procedimientos no menos viles que los que en su tiempo empleó el liberto
romano para convertirse en señor de su patrono.
El proceso de donde salieron el
obrero asalariado y el capitalista, tuvo como punto de partida la esclavización
del obrero. En las etapas sucesivas, esta esclavización no hizo más que cambiar
de forma: la explotación feudal se convirtió en explotación capitalista. Para
explicar la marcha de este proceso, no hace falta remontarse muy atrás. Aunque
los primeros indicios de producción capitalista se presentan ya,
esporádicamente, en algunas ciudades del Mediterráneo durante los siglos XIV y
XV, la era capitalista sólo data, en realidad, del siglo XVI. Allí donde surge
el capitalismo hace ya mucho tiempo que se ha abolido la servidumbre y que el
punto de esplendor de la Edad Media, la existencia de ciudades soberanas, ha
declinado y palidecido.
En la historia de la acumulación
originaria hacen época todas las transformaciones que sirven de punto de apoyo a
la naciente clase capitalista, y sobre todo los momentos en que grandes masas de
hombres se ven despojadas repentina y violentamente de sus medios de producción
para ser lanzadas al mercado de trabajo como proletarios libres, y privados de
todo medio de vida. Sirve de base a todo este proceso la expropiación que priva
de su tierra al productor rural, al campesino. Su historia presenta una
modalidad diversa en cada país, y en cada una de ellos recorre las diferentes
fases en distinta gradación y en épocas históricas diversas. Pero donde reviste
su forma clásica es en Inglaterra, país que aquí tomamos, por tanto, como
modelo.
2. Cómo fue expropiada de la
tierra la población rural
En Inglaterra, la servidumbre
había desaparecido ya, de hecho, en los últimos años del siglo XIV. En esta
época, y más todavía en el transcurso del siglo XV, la inmensa mayoría de la
población
se componía de campesinos libres,
dueños de la tierra que trabajaban, cualquiera que fuese la etiqueta feudal bajo
la que ocultasen su propiedad. En las grandes fincas señoriales, el bailiff
(bailío), antes siervo, había sido desplazado por el arrendatario libre. Los
jornaleros agrícolas eran, en parte, campesinos que aprovechaban su tiempo libre
para trabajar a sueldo de los grandes terratenientes y en parte una clase
especial, relativa y absolutamente poco numerosa, de verdaderos asalariados. Mas
también éstos eran, de hecho, a la par que jornaleros, labradores
independientes, puesto que, además del salario, se les daba casa y labranza con
una extensión de 4 y más acres. Además, tenían derecho a compartir con los
verdaderos labradores el aprovechamiento de los terrenos comunales, en los que
pastaban sus ganados y que, al mismo tiempo, les suministraban el combustible,
la leña, la turba, etc. La
producción feudal se caracteriza, en todos los pueblos de Europa, por la
división del suelo entre el mayor número posible de tributarios. El poder del
señor feudal, como el de todo soberano, no descansaba solamente en la longitud
de su rollo de rentas, sino en el número de sus súbditos, que, a su vez,
dependía de la cifra de campesinos independientes.
Por eso, aunque después de la conquista normanda, el suelo inglés
se dividió en unas pocas baronías gigantescas, entre las que había algunas que
abarcaban por sí solas 900 de los dominios de los antiguos lores anglosajones,
estaba salpicado de pequeñas explotaciones campesinas, interrumpidas sólo de vez
en cuando por grandes fincas señoriales. Estas condiciones, combinadas con el
esplendor de las ciudades, característico del siglo XV, permitían que se
desarrollase aquella riqueza nacional que el canciller Forescue describe con
tanta elocuencia en su Laudibus Legum Angliae (137), pero cerraban el paso a la
riqueza capitalista.
El preludio de la transformación
que ha de echar los cimientos para el régimen de producción capitalista,
coincide con el último tercio del siglo XV. El licenciamiento de las huestes
feudales –que, como dice acertadamente Sir James Steuart, “invadieron por todas
partes casas y tierras”– lanzó al mercado de trabajo a una masa de proletarios
libres y privados de medios de vida. El poder real, producto también del
desarrollo de la burguesía, en su deseo de conquistar la soberanía absoluta,
aceleró violentamente la disolución de las huestes feudales, pero no fue ésta,
ni mucho menos, la única causa que la provocó. Los grandes señores feudales,
levantándose tenazmente contra la monarquía y el parlamento, crearon un
proletariado incomparablemente mayor, al arrojar violentamente a los campesinos
de las tierras que cultivaban y sobre las que tenían los mismos títulos
jurídicos feudales que ellos, y al usurparles sus bienes de comunes. El
florecimiento de las manufactureras laneras de Flandes y la consiguiente alza de
los precios de la lana fue lo que sirvió de acicate directo, en Inglaterra, para
estos abusos. La antigua aristocracia había sido devorada por las guerras
feudales, y la nueva era ya una hija de los tiempos, de unos tiempos en los que
dinero es la potencia de las potencias. Por eso enarboló como bandera la
transformación de las tierras de labor en terrenos de pastos para ovejas. En su
Description of England. Prefixed to Holinshed's Chronicles, Harrison describe
cómo la expropiación de los pequeños agricultores arruina al país. “What care
our great incroachers!” (¡Qué se les da de esto a nuestros grandes usurpadores!)
Las casas de los campesinos y las viviendas de los obreros fueron violentamente
arrasadas o entregadas a la ruina. “Consultando los viejos inventarios de las
fincas señoriales –dice Harrison–, vemos que han desaparecido innumerables casas
y pequeñas haciendas de campesinos, que el campo sostiene a mucha menos gente,
que muchas ciudades se han arruinado, aunque hayan florecido otras nuevas.
También podríamos decir algo de las ciudades y los pueblos destruidos para
convertirlos en pasto de ganados y en los que sólo quedan en pie las casas de
los señores.” Aunque exageradas siempre, las lamentaciones de estas viejas
crónicas describen con toda exactitud la impresión que producía en los hombres
de la época la revolución que se estaba operando en las condiciones de
producción. Comparando las obras de Tomás Moro con las del canciller Fortescue,
es como mejor se ve el abismo que separa al siglo XV del XVI. Como observa
acertadamente Thornton, la clase obrera inglesa se precipitó directamente, sin
transición, de la edad de oro a la edad de hierro.
La legislación se echó a temblar
ante la transformación que se estaba operando. No había llegado todavía a ese
apogeo de la civilización en que la “Wealth of the Naflon”, es decir, la
creación de capital y la despiadada explotación y depauperación de la masa del
pueblo, se considera como la última Thule(138), de toda sabiduría política. En
su historia de Enrique VII, dice Bacon: “Por aquella época (1849), fueron
haciéndose más frecuentes las quejas contra la transformación de las tierras de
labranza en terrenos de pastos (pastos de ganados, etc.), fáciles de atender con
unos cuantos pastores; los arrendamientos temporales, de por vida y anuales (de
los que vivían una gran parte de los yeomen) fueron convertidos en fincas
dominicales. Esto trajo la decadencia del pueblo y, con ella, la decadencia de
ciudades, iglesias, diezmos. En aquella época, la sabiduría del rey y del
parlamento para curar el mal fue verdaderamente maravillosa. Dictaron medidas
contra esta usurpación, que estaba despoblando los terrenos comunales (depopulating
inclosures) y contra el régimen despoblador de los pastos (depopulating pasture),
que seguía las huellas de aquélla.” Un decreto de Enrique VII, dictado en 1489,
c. 19, prohibió la destrucción de todas las casas de labradores que tuviesen
asignados más de 20 acres de tierra. Enrique VIII (decreto 25) confirma la misma
ley. En este decreto se dice, entre otras cosas, que “se acumulan en pocas manos
muchas tierras arrendadas y grandes rebaños de ganado, principalmente de ovejas,
lo que hace que las rentas de la tierra suban mucho y la labranza (tillage)
decaiga extraordinariamente, que sean derruidas iglesias y casas, quedando
asombrosas masas de pueblo incapacitadas para ganarse su vida y la de sus
familias”. En vista de esto, la ley ordena que se restauren las granjas
arruinadas, establece la proporción que debe guardarse entre las tierras de
labranza y los terrenos de pastos, etc. Una ley de 1533 se queja de que haya
propietarios que posean 24,000 cabezas de ganado lanar y limita el número de
éstas a 2,000. Ni las quejas del
pueblo, ni la legislación prohibitiva, que comienza con Enrique VII y dura
ciento cincuenta años, consiguieron absolutamente nada contra el movimiento de
expropiación de los pequeños arrendatarios y campesinos. Bacon nos revela, sin
saberlo, el secreto de este fracaso. “El decreto de Enrique VII –dice, en sus
Essays, civil and moral, cap. 20– encerraba un sentido profundo y maravilloso,
puesto que creaba explotaciones agrícolas y casas de labranza de un determinado
tipo normal, es decir, les garantizaba una proporción de tierra que les permitía
traer al mundo súbditos suficientemente ricos y sin posición servil, poniendo el
arado en manos de propietarios y no de gentes a sueldo” (“to keep the plough in
the hand of the owners and not hirelings”).
Precisamente lo contrarío de lo que exigía, para instalarse, el
sistema capitalista: la sujeción servil de la masa del pueblo, la transformación
de éste en un tropel de gentes a sueldo y de sus instrumentos de trabajo en
capital. Durante este período de transición, la legislación procuró también
mantener el límite de 4 acres de tierra para los cottages del jornalero del
campo, prohibiéndole meter en su casa gentes a sueldo. Todavía en 1627, reinando
Jacobo I, fue condenado Roger Crocker de Fontmíll por haber construido en el
manor de Fontmill un cottage sin asignarle como anexo permanente 4 acres de
tierra; en 1638, bajo el reinado de Carlos I, se nombró una comisión real
encargada de imponer la ejecución de las antiguas leyes, principalmente la que
exigía los 4 acres de tierra como mínimo; todavía Cronwell prohibe la
construcción de casas en 4 millas a la redonda de Londres sin dotarlas de 4
acres de tierra. Más tarde, en la primera mitad del siglo XVIII, se formulan
quejas cuando el cottage de un jornalero del campo no tiene asignados, por lo
menos, 1 a 2 acres. Hoy día, el bracero del campo se da por satisfecho con tal
de tener una casa con huerto o de poder arrendar dos varas de tierra a regular
distancia. “Terratenientes y arrendatarios –dice el Dr. Hunter”– se dan la mano
en este punto. Pocos acres de tierra bastarían para que el jornalero del campo
disfrutase de demasiada independencia.”
La Reforma, con su séquito de
colosales depredaciones de los bienes de la Iglesia, vino a dar, en el siglo XVI,
un nuevo y espantosa impulso al proceso violento de expropiación de la masa del
pueblo.
Al
producirse la Reforma, la Iglesia católica era propietaria feudal de gran parte
del suelo inglés. La persecución contra los conventos, etc., lanzó a sus
moradores a las filas del proletariado. Muchos de los bienes de la iglesia
fueron regalados a unos cuantos individuos rapaces protegidos del rey, o
vendidos por un precio irrisorio a especuladores y a personas residentes en la
ciudad, quienes, reuniendo sus explotaciones, arrojaron de ellas en masa a los
antiguos tributarios, que las venían llevando de padres a hijos. El derecho de
los labradores empobrecidos a percibir tina parte de los diezmos de la iglesia,
derecho garantizado por la ley, había sido ya tácitamente confiscado Pauper
ubique jacet, exclama la reina Isabel, después de recorrer Inglaterra. Por fin,
en el año 43 de su reinado, el gobierno no tuvo más remedio que dar estado
oficial al pauperismo, creando el impuesto de pobreza. “Los autores de esta ley
no se atrevieron a proclamar sus razones y, rompiendo con la tradición de
siempre, la promulgaron sin ningún preámbulo (exposición de motivos).
Por el 16, Car. I, 4,
este impuesto fue declarado perpetuo, cobrando en realidad, a partir de 1834,
una forma nueva y más rigurosa.
Pero estas consecuencias inmediatas de la Reforma no fueron las más
persistentes. El patrimonio eclesiástico era el baluarte religioso detrás del
cual se atrincheraba el viejo régimen de propiedad territorial. Al derrumbarse
aquél, éste no podía mantenerse tampoco en pie.
Todavía en los últimos decenios
del siglo XVII, la yeomanry, clase de campesinos independientes, era más
numerosa que la clase de los colonos. La yeomanry había sido el puntal más firme
de Cromwell y el propio Macaulay confiesa que estos labradores ofrecían un
contraste muy ventajoso con aquellos hidalgüelos borrachos y sus lacayos, los
curas rurales, cuya misión consistía en meterle al señor en casa la “rnoza
predilecta”. Todavía no se había despojado a los jornaleros del campo de su
derecho de copropiedad sobre los bienes comunales. Alrededor de 1750,
desapareció la yeomanry y en los últimos decenios del siglo XVIII se borraron
hasta los últimos vestigios de propiedad comunal de los braceros. Aquí,
prescindimos de los factores puramente económicos que intervinieron en la
revolución de la agricultura y nos limitamos a indagar los factores de violencia
que la impulsaron.
Bajo la restauración de los
Estuardos, los terratenientes impusieron legalmente una usurpación que en todo
el continente se había llevado también a cabo sin necesidad de los trámites de
la ley. Esta usurpación consistió en abolir el régimen feudal del suelo, es
decir, en transferir sus deberes tributarios al Estado, “indemnizando” a éste
por medio de impuestos sobre los campesinos y el resto de las masas del pueblo,
reivindicando la moderna propiedad privada sobre fincas en las que sólo asistían
a los terratenientes títulos feudales y, finalmente, dictando aquellas leyes de
residencia (laws of settlement) que, mutatis mutandis, ejercieron sobre los
labradores ingleses la misma influencia que el edicto del tártaro Boris Godunof
sobre los campesinos rusos.
La “glorious Revolution” entregó
el poder, al ocuparlo Guillermo III de Orange,
a los capitalistas y terratenientes elaboradores de plusvalía.
Estos elementos consagraron la nueva era, entregándose en una escala gigantesca
al saqueo de los terrenos de dominio público, que hasta entonces sólo se había
practicado en proporciones muy modestas. Estos terrenos fueron regalados,
vendidos a precios irrisorios o simplemente anexionados por otros terrenos de
propiedad privada, sin molestarse en encubrir la usurpación bajo forma alguna.
Y todo esto se llevó a cabo sin molestarse en cubrir ni la más
mínima apariencia legal. Estos bienes del dominio público, apropiados de modo
tan fraudulento, en unión de los bienes de que se despojó a la iglesia –los que
no le habían sido usurpados ya por la revolución republicana–, son la base de
esos dominios principescos que hoy posee la oligarquía inglesa.
Los capitalistas burgueses favorecieron esta operación, entre otras
cosas, para convertir el suelo en un artículo puramente comercial, extender la
zona de las grandes explotaciones agrícolas, hacer que aumentase la afluencia a
la ciudad de proletarios libres y necesitados del campo, etc. Además, la nueva
aristocracia de la tierra era la aliada natural de la nueva bancocracia, de la
alta finanza, que acababa de dejar el cascarón, y de los grandes manufactureros,
atrincherados por aquel entonces detrás del proteccionismo aduanal. La burguesía
inglesa obró en defensa de sus intereses con el mismo acierto con que la
burguesía de Suecia, siguiendo el camino contrario y haciéndose fuerte en su
baluarte económico, que eran los campesinos, apoyó a los reyes (desde 1604 y más
tarde bajo Carlos X y Carlos XI) y les ayudó a rescatar por la fuerza los bienes
de la Corona de manos de la oligarquía.
Los bienes comunales
–completamente distintos de los bienes de dominio público, a que acabamos de
referirnos– eran una institución de origen germánico, que se mantenía en vigor
bajo el manto del feudalismo. Hemos visto que la usurpación violenta de estos
bienes, acompañada casi siempre por la transformación de las tierras de labor en
terrenos de pastos, comienza a fines del siglo XV y prosigue a lo largo del
siglo XVI. Sin embargo, en aquellos tiempos este proceso revestía la forma de
una serie de actos individuales de violencia, contra los que la legislación
luchó infructuosamente durante ciento cincuenta años. El progreso aportado por
el siglo XVIII consiste en que ahora la propia ley se convierte en vehículo de
esta depredación de los bienes del pueblo, aunque los grandes colonos sigan
empleando también, de paso, sus pequeños métodos personales e independientes.
La forma parlamentaria que reviste este despojo es la de los Bills
for Inclosures of Commons (leyes sobre el cercado de terrenos comunales) ; dicho
en otros términos, decretos por medio de los cuales los terratenientes se
regalan a si mismos en propiedad privada las tierras del pueblo, decretos
encaminados a expropiar al pueblo de lo suyo. Sir F. M. Edén
se contradice a sí mismo en el astuto alegato curialesco en que procura explicar
la propiedad comunal como propiedad privada de los grandes terratenientes que
recogen la herencia de los señores feudales, al reclamar una “ley general del
parlamento sobre el derecho a cercar los terrenos comunales”, reconociendo con
ello que la transformación de estos bienes en propiedad privada no podía
prosperar sin un golpe de estado parlamentario, a la par que pide al legislador
una “indemnización” para los pobres expropiados.
Al paso que los yeomen
independientes eran sustituidos por tenants–at–will, por pequeños colonos con
contrato por un año, es decir, por una chusma servil sometida al capricho de los
terratenientes, el despojo de los bienes del dominio público, y sobre todo la
depredación sistemática de los terrenos comunales, ayudaron a incrementar esas
grandes posesiones que se conocían en el siglo XVIII con los nombres de
haciendas capitalistas
l
y haciendas de comerciantes y
que dejaron a la población campesina “disponible” como proletariado al servicio
de la industria.
Sin embargo, el siglo XVIII
todavía no alcanza a comprender, en la medida que había de comprenderlo el XIX,
la identidad que media entre la riqueza nacional y la pobreza del pueblo. Por
eso en los libros de economía de esta época se produce una violentísima polémica
en torno a la “inclosure of commons”. Entresaco unos cuantos pasajes de los
materiales copiosísimos que tengo a la vista, para poner de relieve de un modo
más vivo la situación.
“En muchas parroquias de
Hertfordshire –escribe una pluma indignada– se han reunido en 3 haciendas 24,
cada una de las cuales contaba, por término medio, de 50 a 150 acres de
extensión.”
“En
Northamptonshire y Lincolnshire se ha impuesto la norma de cercar los terrenos
comunales, y la mayoría de las propiedades creadas de este modo se han
convertido en terrenos de pastos; a consecuencia de ello, hay muchas propiedades
que antes labraban 1,500 acres y que hoy no labran ni 50. Las ruinas de las
viejas casas, corrales y graneros, son los únicos vestigios de los antiguos
moradores.” “En algunos sitios, cien casas y familias han quedado reducidas a 8
ó 10.” En la mayoría de las parroquias, donde sólo se han comenzado a cercar los
terrenos comunales desde hace quince o veinte años, los terratenientes son en la
actualidad poquísimos en comparación con las cifras existentes cuando el suelo
se cultivaba en régimen abierto. Es bastante frecuente encontrarse con dominios
de lores enteros recientemente cercados que antes se distribuían entre 20 ó 30
colonos y otros tantos pequeños labradores y tributarios, que hoy están
acaparados por 4 ó 5 grandes ganaderos. Todos aquellos labradores fueron
lanzados de sus tierras, en unión de sus familias y de muchas otras a las que
daban trabajo. y sustento. Los
terrenos anexionados por el dueño colindante, bajo pretexto de cercarlos, no
eran siempre tierras yermas, sino también, con frecuencia, tierras cultivadas
mediante un tributo al municipio, o comunalmente. “Me refiero aquí a la
inclusión de terrenos abiertos y de tierras ya cultivadas. Hasta los autores que
defienden las inclosures reconocen que estos cercados refuerzan el monopolio de
los grandes terratenientes, hacen subir el precio de las subsistencias y
fomentan la despoblación. También al cercar los terrenos yermos, como ahora se
hace, se despoja a los pobres de una parte de sus medios de sustento,
incrementando haciendas que son ya de suyo harto extensas.”
“Si
el país –dice el Dr. Price– cae en poder de un puñado de grandes colonos, los
pequeños arrendatarios [en otro sitio, los llama “una muchedumbre de pequeños
propietarios y colonos que se mantienen a si mismos y a sus familias con el
producto de la tierra trabajada por ellos, con las ovejas, las aves, los cerdos,
etc., que llevan a pastar a los terrenos comunales, no necesitando apenas, por
tanto, comprar víveres para su consumo”] se verán convertidos en hombres
obligados a trabajar para otros si quieren comer y tendrán que ir al mercado
para proveerse de cuanto necesiten. Tal vez se trabajará más, porque la coacción
será también mayor. Surgirán ciudades y manufacturas, pues se verá empujada a
ellas más gente en busca de trabajo. He aquí el camino hacia el que lógicamente
se orienta la concentración de la propiedad territorial y por el que, desde hace
muchos años, se viene marchando ya efectivamente en este reino.”
Y
resume los efectos generales de las inclosures en estos términos: “En general,
la situación de las clases humildes del pueblo ha empeorado en casi todos los
sentidos; los pequeños terratenientes y colonos se han visto reducidos al nivel
de jornaleros y asalariados, a la par que se hace cada vez más difícil ganarse
la vida en esta situación. En
efecto, la usurpación de los bienes comunales y la revolución agrícola que la
acompaña, empeora hasta tal punto la situación de los obreros agrícolas, que,
según el propio Edén, entre 1765 y 1780 su salario comienza a descender por
debajo del nivel mínimo, haciéndose necesario completarlo con el socorro oficial
de pobreza. Su jornal, dice Eden, “alcanza a duras penas a cubrir sus
necesidades más perentorias”.
Oigamos ahora un instante a un
defensor de las enclosures y adversario del Dr. Price. “No es lógico inferir que
existe despoblación porque ya no se vea a la gente derrochar su trabajo en campo
abierto. Sí, al convertir los pequeños labradores en personas obligadas a
trabajar para otros, se moviliza más trabajo, es ésta una ventaja que la nación
[entre la que no figuran, naturalmente, los que sufren la transformación
apuntada], tiene que ver con buenos ojos. El producto será mayor si su trabajo
combinado se emplea en una sola hacienda; así se creará trabajo sobrante para
las manufacturas, haciendo una de las minas de oro de nuestra nación, con ello
que éstas aumenten en proporción a la cantidad de trigo producido.”
Leyendo, por ejemplo, a Sir F. M.
Edén, matizado además de tory y de “filántropo”, se ve la impasibilidad estoica
con que los economistas contemplan las violaciones más descaradas del
“sacrosanto derecho de propiedad”, cuando estas violaciones son necesarias para
echar los cimientos del régimen capitalista de producción. Toda la serie de
despojos brutales, horrores y vejaciones que lleva aparejados la expropiación
violenta del pueblo desde el último tercio del siglo XV hasta fines del siglo
XVIII, sólo le inspira a nuestro autor esta “confortable” reflexión final: “Era
necesario restablecer la proporción justa (due) entre la agricultura y la
ganadería. Todavía durante todo el siglo XIV y la mayor parte del XV, por cada
acre dedicado a ganadería había dos, tres y hasta cuatro dedicados a labranza. A
mediados del siglo XVI, la proporción era ya de dos acres de ganadería por dos
de labranza y más tarde de dos a uno, hasta que por último se consiguió
establecer la proporción exacta de tres acres de ganadería por cada acre de
tierras labrantías.”
En el siglo XIX se pierde, como
es lógico, hasta el recuerdo de la conexión existente entre la agricultura y los
bienes comunales. Para no hablar de los tiempos posteriores, bastará decir que
la población rural no obtuvo ni un céntimo de indemnizaciones por los 3.511,770
acres de tierras comunales que entre los años de 1801 y 1831 le fueron
arrebatados y ofrecidos a través del parlamento como regalo por los
terratenientes a los terratenientes.
Finalmente, el último gran
proceso de expropiación de los agricultores es el llamado Clearing of Estates
(limpieza de fincas, que en realidad consistía en barrer de ellas a los
hombres). Todos los métodos ingleses que hemos venido estudiando culminan en
esta “limpieza”. Como veíamos al describir en la sección anterior la situación
moderna, ahora que ya no había labradores independientes que barrer, las
“limpias” llegan a barrer los mismos cottages, no dejando a los braceros del
campo ni siquiera sitio para alojarse en las tierras que trabajan. Sin embargo,
para saber lo que significa esto del “clearing of estates” en el sentido
estricto de la palabra, tenemos que trasladarnos a la tierra de promisión de la
literatura novelesca moderna: las montañas de Escocia. Es aquí donde este
proceso a que nos referimos se distingue por su carácter sistemático, por la
magnitud de la escala en que se opera de golpe (en Irlanda hubo terratenientes
que consiguieron barrer varias aldeas a la vez; en la alta Escocia se trata de
extensiones de la magnitud de los ducados alemanes), y finalmente, por la forma
especial de la propiedad inmueble usurpada.
Los celtas de la alta Escocia
estaban divididos en clanes, y cada clan era propietario de los terrenos por él
colonizados. El representante del clan, su jefe o “caudillo”, no era más que un
simple propietario titular de estos terrenos, del mismo modo que la reina de
Inglaterra lo era del suelo de toda la nación. Cuando el gobierno inglés hubo
conseguido sofocar las guerras internas de estos “caudillos” y sus constantes
irrupciones en las llanuras de la baja Escocia, los jefes de los clanes no
abandonaron, ni mucho menos, su antiguo oficio de bandoleros; se limitaron a
cambiarlo de forma. Por si y ante sí, transformaron su derecho titular de
propiedad en un derecho de propiedad privada, y como las gentes de los clanes
opusieran resistencia, decidieron desalojarlos de sus posesiones por la fuerza.
“Con el mismo derecho –dice el profesor Newman– podría un rey de Inglaterra
atreverse a arrojar a sus súbditos al mar.
En las obras de Sir James Steuart
y
James Anderson
“podemos
seguir las primeras fases de esta revolución, que en Escocia comienza después de
la última intentona del pretendiente”. En el siglo XVIII, a los escoceses
lanzados de sus tierras se les prohibía al mismo tiempo emigrar del país, para
así empujarlos por la fuerza a Glasgow y otros centros fabriles de la región.
Como ejemplo del método de expropiación predominante en el siglo
XIX, bastará
citar las “limpias” llevadas a cabo por la condesa de Sutherland. Esta señora,
económicamente aleccionada, decidió, apenas hubo ceñido la corona de condesa,
aplicar a sus posesiones un tratamiento radical, convirtiendo todo su condado
–cuyos habitantes, mermados por una serie de procesos anteriores semejantes a
éste, habían ido quedando ya reducidos a 15,000– en pastos para ovejas. Desde
1814 a 1820 se desplegó una campaña sistemática de expulsión y exterminio para
quitar de en medio a estos 15,000 habitantes, que formarían, aproximadamente,
unas 3,000 familias. Todas sus aldeas fueron destruidas y arrasadas, sus tierras
convertidas todas en terrenos de pastos. Las tropas británicas enviadas por el
gobierno para ejecutar las órdenes de la condesa, tuvieron que hacer fuego
contra los habitantes, expulsados de sus tierras. Una mujer vieja pereció
abrasada entre las llamas de su choza, por negarse a abandonarla. Así consiguió
la señora condesa apropiarse de 794,000 acres de tierra, pertenecientes al clan
desde tiempos inmemoriales. A los naturales del país desahuciados les asignó en
la orilla del mar unos 6,000 acres, a razón de dos por familia. Hasta la fecha,
aquellos 6,000 acres habían permanecido yermos, sin producir ninguna renta a su
propietario. Llevada de su altruismo, la condesa se dignó arrendar estos
cereales por una renta media de 2 chelines y 6 peniques cada acre, pues no en
vano se trataba de las gentes de un clan que había vertido su sangre por su
familia desde hacía varios siglos. Todos los terrenos robados al clan fueron
divididos en 29 grandes demarcaciones de pastos, atendida cada una de ellas por
una sola familia; los pastores eran, en su mayoría, criados ingleses de los
arrendatarios. En 1825, los 15,000 montañeses habían sido sustituidos ya por
131,000 ovejas. Los aborígenes arrojados a la orilla del mar procuraban,
entretanto, mantenerse de la pesca; se convirtieron en anfibios y vivían, según
dice un escritor inglés de la época, mitad en tierra y mitad en el mar, sin
vivir entre todo ello más que a medias.
Pero los bravos escoceses habrían
de pagar todavía más cara aquella idolatría romántica de montañeses por los
“caudillos” de los clanes. El olor del pescado les dio en la nariz a los
señores. Estos, barruntando algo de provecho en aquellas playas, las arrendaron
a las grandes pescaderías de Londres, y los escoceses fueron arrojados de sus
casas por segunda vez.
Finalmente, una parte de los
terrenos de pastos volvió a ser convertida en cotos de caza. Como es sabido, en
Inglaterra no existen verdaderos bosques. La caza que corre por los parques de
los aristócratas es, constitucionalmente, ganado doméstico, gordo como los
aldermen de Londres. Por eso Escocía es, para los ingleses, el último asilo de
la “noble pasión” de la caza. “En la montaña –dice Somers en 1848– se han
extendido considerablemente los bosques. A un lado de Gaick tenemos el nuevo
bosque Glenfeshie y al otro lado el nuevo bosque de Ardverikie. En la misma
dirección, tenemos el Black Mount, una llanura inmensa, recién plantado. De Este
a Oeste, desde las inmediaciones de Aberdeen hasta las rocas de Oban, se
extiende ahora una línea ininterrumpida de bosques, mientras que en otras
regiones de la alta Escocia, se alzan los bosques nuevos de Loch Archaig,
Glengarry, Glenmoriston etc. Al convertirse sus tierras en pastizales, los
montañeses se vieron empujados a comarcas estériles. Ahora, la caza comienza a
sustituir a las ovejas, empujando a aquéllos a una miseria todavía más
espantosa. Los montes de cazas
son
incompatibles con la gente. Uno de los dos tiene que batirse en retirada y
abandonar el campo. Sí en los próximos veinticinco años los cotos de caza siguen
creciendo en las mismas proporciones que en el último cuarto de siglo, no
quedará ni un solo escocés en su tierra natal. Este movimiento que se ha
desarrollado entre los propietarios de Escocia se debe, en parte, a la moda, a
la manía aristocrática, a la afición de la caza, etc., pero hay también muchos
que explotan esto con la mira puesta exclusivamente en la ganancia, pues es
indudable que, muchas veces, un pedazo de montaña convertido en coto de caza es
bastante más rentable que empleado como terreno de pastos. El aficionado que
busca un coto de caza no pone a su deseo más límite que la anchura de su bolsa.
Sobre la montaña escocesa han llovido penalidades no menos crueles que las
impuestas a Inglaterra por la política de los reyes normandos. A la caza se la
deja correr en libertad, sin tasarle el terreno: en cambio, a las personas se
las acosa y se las mete en fajas de tierra cada vez más estrechas. Al pueblo le
fueron arrebatadas unas libertades tras otras. Y la opresión crece diariamente.
Los propietarios siguen la norma de diezmar y exterminar a la gente como un
principio fijo, como una necesidad agrícola, lo mismo que se talan los árboles y
la maleza en las espesuras de América, y esta operación sigue su marcha
tranquila y comercial.”
La depredación de los bienes de
la Iglesia, la enajenación fraudulenta de las tierras del dominio público, el
saqueo de los terrenos comunales, la metamorfosis, llevada a cabo por la
usurpación y el terrorismo más inhumanos, de la propiedad feudal y del
patrimonio del clan en la moderna propiedad privada: he ahí otros tantos métodos
idílicos de la acumulación originaria. Con estos métodos se abrió paso a la
agricultura capitalista, se incorporó el capital a la tierra y se crearon los
contingentes de proletarios libres y privados de medios de vida que necesitaba
la industria de las ciudades.
3. Leyes persiguiendo a sangre
y fuego a los expropiados, a partir del siglo XV. Leyes reduciendo el salario
Los contingentes expulsados de
sus tierras al disolverse las huestes feudales y ser expropiados a empellones y
por la fuerza de lo que poseían, formaban un proletariado libre y privado de
medios de existencia, que no podía ser absorbido por las manufacturas con la
misma rapidez con que se le arrojaba al arroyo. Por otra parte, estos seres que
de repente se veían lanzados fuera de su órbita acostumbrada de vida, no podían
adaptarse con la misma celeridad a la disciplina de su nuevo estado. Y así, una
masa de ellos fueron convirtiéndose en mendigos, salteadores y vagabundos;
algunos por inclinación, pero los más, obligados por las circunstancias. De aquí
que, a fines del siglo XV y durante todo el XVI, se dictasen en toda Europa
occidental una serie de leyes persiguiendo a sangre y fuego el vagabundaje. De
este modo, los padres de la clase obrera moderna empezaron viéndose castigados
por algo de que ellos mismos eran víctimas, por verse reducidos a vagabundos y
mendigos. La legislación los trataba como a delincuentes “voluntarios” como si
dependiese de su buena voluntad el continuar trabajando en las viejas
condiciones, ya abolidas.
En Inglaterra, esta legislación
comenzó bajo el reinado de Enrique VIII.
Enrique VIII, 1530: Los mendigos
viejos e incapacitados para el trabajo deberán proveerse de licencia para
mendigar. Para los vagabundos jóvenes y fuertes, azotes y reclusión. Se les
atará a la parte trasera de un carro y se les azotará hasta que la sangre mane
de su cuerpo, devolviéndolos luego, bajo juramento, a su pueblo natal o al sitio
en que hayan residido durante los últimos tres años, para que “se pongan a
trabajar” (to put himself to labour). ¡Qué ironía tan cruel! El 27 Enrique VIII
reitera
el estatuto anterior, pero con nuevas adiciones, que lo hacen todavía más
riguroso. En caso de reincidencia y vagabundaje, deberá azotarse de nuevo al
culpable y cortarle media oreja: a la tercera vez que se le sorprenda, se le
ahorcará como criminal peligroso y enemigo de la sociedad.
Eduardo VI: Un estatuto dictado
en el primer año de su reinado, en 1547, ordena que si alguien se niega a
trabajar se le asigne como esclavo a la persona que le denuncie. El dueño deberá
alimentar a su esclavo con pan y agua, bebidas flojas y los desperdicios de
carne que crea conveniente. Tiene derecho, a obligarle a que realice cualquier
trabajo, por muy repelente que sea, azotándole y encadenándole si fuere
necesario. Si el esclavo desaparece durante dos semanas, se le condenará a
esclavitud de por vida, marcándole a fuego con una S
en
la frente o en un carrillo; si huye por tercera vez, se le ahorcará como reo de
alta traición. Su dueño puede venderlo y legarlo a sus herederos o cederlo como
esclavo, exactamente igual que el ganado o cualquier objeto mueble. Los esclavos
que se confabulen contra sus dueños serán también ahorcados. Los jueces de paz
seguirán las huellas a los pícaros, tan pronto se les informe. Si se averigua
que un vagabundo lleva tres días seguidos haraganeando, se le expedirá a su
pueblo natal con una V marcada a fuego en el pecho, y le sacarán a la calle con
cadenas o empleándole en otros servicios. El vagabundo que indique un pueblo
falso será castigado a permanecer en él toda la vida como esclavo, sea de los
vecinos o de la corporación, y se le marcará a fuego con una S. Todo el mundo
tiene derecho a quitarle al vagabundo sus hijos y tenerlos bajo su custodia como
aprendices; los hijos hasta los veinticuatro años, las hijas hasta los veinte.
Si se escapan, serán entregados como esclavos, hasta la dicha edad, a sus
maestros, quienes podrán azotarlos, cargarlos de cadenas, etc., a su libre
albedrío. El maestro puede poner a su esclavo un anillo de hierro en el cuello,
el brazo o la pierna, para identificarlo mejor y tenerlo más a mano.
En la última parte de este estatuto se establece que ciertos
pobres podrán ser obligados a trabajar para el lugar o el individuo que les dé
de comer y beber y les busque trabajo. Esta clase de esclavos parroquiales
subsiste en Inglaterra hasta bien entrado el siglo XIX, bajo el nombre de
roundsmen (rondadores).
Isabel, 1752: Los mendigos sin
licencia y mayores de catorce años serán azotados sin misericordia y marcados
con un hierro candente en la oreja izquierda, caso de que nadie quiera tomarlos
durante dos años a su servicio. En caso de reincidencia, siempre que sean
mayores de dieciocho años y nadie quiera tomarlos por dos años a su servicio,
serán ahorcados. A la tercera vez, se les ahorcará irremisiblemente como reos de
alta traición. Otros estatutos semejantes: 18 Isabel c.13 y 1597.
Jacobo I: Todo el que no tenga
empleo fijo y se dedique a mendigar es declarado vagabundo. Los jueces de paz de
las Petty Sessions quedan autorizados a mandarlos azotar en público y a
recluirlos en la cárcel, a la primera vez que se les sorprenda, por seis meses,
a la segunda vez por dos años. Durante su permanencia en la cárcel, podrán ser
azotados tantas veces y en tanta cantidad como los jueces de paz crean
conveniente. Los vagabundos peligrosos e incorregibles deberán ser marcados a
fuego con una R en el hombro izquierdo y sujetos a trabajos forzados; y sí se
les sorprende nuevamente mendigando, serán ahorcados sin misericordia. Estos
preceptos, que conservan su fuerza legal hasta los primeros años del siglo XVIII,
sólo fueron derogados por la 12 Ana c. 23.
Leyes parecidas a éstas se
dictaron también en Francia, en cuya capital se había establecido, a mediados
del siglo XVII un verdadero reino de vagabundos (royaume des truands). Todavía
en los primeros años del reinado de Luis XVI (Ordenanza de 13 de julio de 1777),
disponía la ley que se mandase a galeras a todas las personas de dieciséis a
sesenta años que, gozando de salud, careciesen de medios de vida y no ejerciesen
ninguna profesión. Normas semejantes se contenían en el estatuto dado por Carlos
V, en octubre de 1537, para los Países Bajos, en el primer edicto de los Estados
y ciudades de Holanda (19 de marzo de 1614), en el bando de las provincias
unidas (25 de junio de 1649), etc.
Véase, pues, como después de ser
violentamente expropiados y expulsados de sus tierras y convertidos en
vagabundos, se encajaba a los antiguos campesinos, mediante leyes grotescamente
terroristas, a fuerza de palos, de marcas a fuego y de tormentos, en la
disciplina que exigía el sistema del trabajo asalariado.
No basta con que las condiciones
de trabajo cristalicen en uno de los polos como capital y en el polo contrario
como hombres que no tienen nada que vender más que su fuerza de trabajo. Ni
basta tampoco con obligar a éstos a venderse voluntariamente. En el transcurso
de la producción capitalista, se va formando una clase obrera que, a fuerza de
educación, de tradición, de costumbre, se somete a las exigencias de este
régimen de producción como a las más lógicas leyes naturales. La organización
del proceso capitalista de producción ya desarrollado vence todas las
resistencias; la existencia constante de una superpoblación relativa mantiene la
ley de la oferta y la demanda de trabajo a tono con las necesidades de
explotación del capital, y la presión sorda de las condiciones económicas sella
el poder de mando del capitalista sobre el obrero. Todavía se emplea, de vez en
cuando, la violencia directa, extraeconómica; pero sólo en casos excepcionales.
Dentro de la marcha natural de las cosas, ya puede dejarse al obrero a merced de
las “leyes naturales de la producción”, es decir, entregado al predominio del
capital, predominio que las propias condiciones de producción engendran,
garantizan y perpetúan. Durante la génesis histórica de la producción
capitalista, no ocurre aún as!. La burguesía, que va ascendiendo, pero que aún
no ha triunfado del todo, necesita y emplea todavía el poder del estado para
“regular” los salarios, es decir, para sujetarlos dentro de los límites que
convienen a los fabricantes de plusvalía, y para alargar la jornada de trabajo y
mantener al mismo obrero en el grado normal de subordinación. Es éste un factor
esencial de la llamada acumulación originaria.
La clase de los obreros
asalariados, que surgió en la segunda mitad del siglo XIV, sólo representaba por
aquel entonces y durante el siglo siguiente una parte muy pequeña de la
población, que tenía bien cubierta la espalda por el régimen de los campesinos
independientes, de una parte, y de otra, por la organización gremial de las
ciudades. Tanto en la ciudad como en el campo, había una cierta afinidad social
entre patronos y obreros. La supeditación del trabajo al capital era puramente
formal; es decir, el régimen de producción no presentaba aún un carácter
específicamente capitalista. El capital variable predominaba considerablemente
sobre el capital constante. Por eso la demanda de trabajo asalariado crecía
rápidamente con cada acumulación de capital, seguida lentamente por la oferta.
Por aquel entonces, todavía se invertía en el fondo de consumo del obrero una
gran parte del producto nacional, que más tarde habría de convertirse en fondo
de acumulación del capital.
En Inglaterra, la legislación
sobre el trabajo asalariado, encaminada desde el primer momento a la explotación
del obrero y enemiga de él desde el primer instante hasta el último
comienza
con el Statute of Labourers de Eduardo III, en 1349. A él corresponde, en
Francia, la Ordenanza de 1350, dictada en nombre del rey Juan. La legislación
inglesa y francesa seguían rumbos paralelos y tienen idéntico contenido. En la
parte en que los estatutos obreros procuran imponer la prolongación de la
jornada de trabajo no hemos de volver sobre ellos, pues este punto ha sido
tratado ya (capítulo VIII, 5).
El Statute of Labourers se dictó
ante las apremiantes quejas de la Cámara de los Comunes. “Antes –dice
candorosamente un tory– los pobres exigían unos jornales tan altos, que ponían
en trance de ruina a la industria y a la riqueza. Hoy, sus salarios son tan
bajos, que ponen también en trance de ruina la industria y la riqueza, pero de
otro modo y tal vez más amenazadoramente que antes.”
En
este estatuto se establece una tarifa legal de salarios para el campo y la
ciudad, por piezas y por días. Los obreros del campo deberán contratarse por
años, los de la ciudad “en el mercado libre”. Se prohíbe, bajo penas de cárcel,
abonar jornales superiores a los señalados por el estatuto, pero el delito de
percibir salarios ilegales se castiga con mayor dureza que el delito de
abonarlos. Siguiendo la misma norma, en las secciones 18 y 19 del Estatuto de
aprendices dictado por la reina Isabel se castiga con diez días de cárcel al que
abone jornales excesivos; en cambio, al que los cobre se le castiga con
veintiuno. Un estatuto de 1360 aumenta las penas y autoriza incluso al patrono
para imponer, mediante castigos corporales, el trabajo por el salario tarifado.
Se declaran nulas todas las combinaciones, contratos, juramentos, etc., con que
se obligan entre sí los albañiles y los carpinteros. Desde el siglo XIV hasta
1825, el año de la abolición de las leyes anti-coalicionistas, las coaliciones
obreras son consideradas como un grave crimen. Cuál era el espíritu que
inspiraba el estatuto obrero de 1349 y sus hermanos menores se ve claramente con
sólo advertir que en él se fijaba por imperio del estado un salario máximo; lo
que no se prescribía ni por asomo era un salario mínimo.
Durante el siglo XVI, empeoró
considerablemente, como se sabe, la situación de los obreros. El salario en
dinero había subido, pero no proporcionalmente a la depreciación de la moneda y
a la correspondiente subida de los precios de las mercancías. En realidad, pues,
los jornales habían bajado. A pesar de ello, seguían en vigor las leyes
encaminadas a hacerlos bajar, con la conminación de cortar la oreja y marcar con
el hierro candente a aquellos "que nadie quisiera tomar a su servicio". El
Estatuto de aprendices 5 Isabel c. 3 autorizaba a los jueces de paz para fijar
ciertos salarios y modificarlos, según las épocas del año y los precios de las
mercancías. Jacobo I hizo extensiva esta norma a los tejedores, los hilanderos y
toda suerte de categorías obreras
y
Jorge II extendió las leyes contra las coaliciones obreras a todas las
manufacturas.
Dentro del verdadero período
manufacturero, el régimen capitalista de producción sentíase ya lo
suficientemente fuerte para que la reglamentación legal de los salarios fuese
tan impracticable como superflua, pero se conservaban, por si acaso, las armas
del antiguo arsenal. Todavía el 8 Jorge II prohibe que los oficiales de sastre
de Londres y sus alrededores cobren más de 2 chelines y 7 peniques y medio de
jornal, salvo en casos de duelo público; el 13 Jorge III c. 68 encomienda a los
jueces de paz la reglamentación del salario de los tejedores en seda; en 1796,
fueron necesarios dos fallos de los tribunales superiores para decidir si las
órdenes de los jueces de paz sobre salarios regían también para los obreros no
agrícolas; en 1799, una ley del parlamento confirma que el salario de los
obreros mineros de Escocia se halla reglamentado por un estatuto de la reina
Isabel y dos leyes escocesas de 1661 y 1671. Un episodio inaudito, producido en
la Cámara de los Comunes de Inglaterra, vino a demostrar hasta qué punto habían
cambiado las cosas. Aquí, donde durante más de cuatrocientos años se habían
estado fabricando leyes sobre la tasa máxima que en modo alguno podía rebasar el
salario pagado a un obrero, se levantó en 1796 un diputado, Whitbread, a
proponer un salario mínimo para los jornaleros del campo. Pitt se opuso a la
propuesta, aunque reconociendo que "la situación de los pobres era cruel". Por
fin, en 1813 fueron derogadas las leyes sobre reglamentación de salarios. Estas
leyes eran una ridícula anomalía, desde el momento en que el capitalista regía
la fábrica con sus leyes privadas, haciéndose necesario completar el salario del
bracero del campo con el tributo de pobreza para llegar al mínimo indispensable.
Las normas de los estatutos obreros sobre los contratos entre el patrono y sus
jornaleros, sobre los plazos de aviso, etc., las que sólo permiten dernandar por
lo civil contra el patrono que falta a sus deberes contractuales, permitiendo en
cambio procesar por lo criminal al obrero que no cumple los suyos, siguen en
pleno vigor hasta la fecha.
Las severas leyes contra las
coaliciones hubieron de derogarse en 1835, ante la actitud amenazadora del
proletariado. No obstante, sólo fueron derogadas parcialmente. Hasta 1859 no
desaparecieron algunos hermosos vestigios de los antiguos estatutos que todavía
se mantenían en pie. Finalmente, la ley votada por el parlamento el 29 de junio
de 1871 prometió borrar las últimas huellas de esta legislación de clase,
mediante el reconocimiento legal de las tradeuniones. Pero una ley parlamentaria
de la misma fecha ("An act to amend the criminal law relating to violence,
threats and molestation") restablece, en realidad, el antiguo estado de derecho
bajo una forma nueva. Mediante este escamoteo parlamentario, los recursos de que
pueden valerse los obreros en caso de huelga o lockout (huelga de los
fabricantes coaligados, unida al cierre de sus fábricas), se sustraen al derecho
común y se someten a una legislación penal de excepción, que los propios
fabricantes son los encargados de interpretar, en su función de jueces de paz.
Dos años, antes, la misma Cámara de los Comunes y el mismo Mr. Gladstone, con su
proverbial honradez, habían presentado un proyecto de ley aboliendo todas las
leyes penales de excepción contra la clase obrera. Pero no se le dejó pasar de
la segunda lectura, y se fue dando largas al asunto, hasta que, por fin, el
"gran partido liberal", fortalecido por una alianza con los tories, tuvo la
valentía necesaria para votar contra el mismo proletariado que le había
encaramado en el Poder. No contento con esto, el "gran partido liberal" permitió
que los jueces ingleses, que tanto se desviven en el servicio de las clases
gobernantes, desenterrasen las leyes ya prescritas sobre las "conspiraciones" y
las aplicasen a las coaliciones obreras. Como se ve, el parlamento inglés
renunció a las leyes contra las huelgas y las tradeuniones de mala gana y
presionado por las masas, después de haber desempeñado él durante cinco siglos,
con el egoísmo más desvergonzado, el papel de una tradeunión permanente de los
capitalistas contra obreros.
En los mismos comienzos de la
tormenta revolucionaria, la burguesía francesa se atrevió a arrebatar de nuevo a
los obreros el derecho de asociación que acababan de conquistar. Por decreto de
14 de junio de 1791, declaró todas las coaliciones obreras como un "atentado
contra la libertad y la Declaración de los Derechos del Hombre", sancionable con
una multa de 500 libras y privación de la ciudadanía activa durante un año.
Esta ley, que, poniendo a contribución el poder policíaco del
estado, procura encauzar dentro de los límites que al capital le plazcan la
lucha de concurrencia entablada entre el capital y el trabajo, sobrevivió a
todas las revoluciones y cambios de dinastías. Ni el mismo régimen del terror se
atrevió a tocarla. No se la borró del Código penal hasta hace muy poco. Nada más
elocuente que el pretexto que se dio, al votar la ley, para justificar este
golpe de estado. "Aunque es de desear –dice el ponente de la ley, Le Chapelier–
que los salarios se eleven por encima de su nivel actual, para que quienes los
perciben puedan sustraerse a esa sumisión absoluta que supone la carencia de los
medios de vida más elementales, y que es casi la sumisión a la esclavitud", a
los obreros se les niega el derecho a ponerse de acuerdo sobre sus intereses, a
actuar conjuntamente y, por tanto, a vencer esa "sumisión absoluta, que es casi
la esclavitud", porque con ello herirían "la libertad de sus ci–devant maîtres y
actuales patronos" (¡la libertad de mantener a los obreros en esclavitud!), y
porque el coaligarse contra el despotismo de los antiguos maestros de las
corporaciones equivaldría –!adivínese¡–; a restaurar las corporaciones abolidas
por la Constitución francesa.
4. Génesis del arrendatario
capitalista
Después de exponer el proceso de
violenta creación de los proletarios libres y privados de recursos, cómo se les
convirtió a sangre y fuego en obreros asalariados y la sucia campaña en que el
estado refuerza policíacamente, con el grado de explotación del obrero, la
acumulación del capital, cumple preguntar: ¿cómo surgieron los primeros
capitalistas? Pues la expropiación de la población campesina sólo crea
directamente grandes terratenientes. La génesis del arrendatario puede,
digámoslo así, tocarse con la mano, pues constituye un proceso lento, que se
arrastra a lo largo de muchos siglo. Los siervos, y con ellos los pequeños
propietarios libres, no tenían todos, ni mucho menos, la misma situación
patrimonial, siendo por tanto emancipados en condiciones económicas muy
distintas.
En Inglaterra, la primera forma
bajo la que se presenta el arrendatario es la del bailiff también siervo. Su
posición se parece mucho a la del villicus de la antigua Roma, aunque con un
radio de acción más reducido. Durante la segunda mitad del siglo XVI es
sustituido por un colono, al que el señor de la tierra provee de simiente,
ganado y aperos de labranza. Su situación no difiere gran cosa de la del simple
campesino. La única diferencia es que explota más trabajo asalariado. Pronto se
convierte en aparcero, en semi-arrendatario.
El pone una parte del capital agrícola y el propietario la otra. Los frutos se
reparten según la proporción fijada en el contrato. En Inglaterra, esta forma no
tarda en desaparecer, para ceder el puesto a la del verdadero arrendatario, que
explota su propio capital empleando obreros asalariados y abonando al
propietario como renta, en dinero o en especie, una parte del producto
excedente.
Durante el siglo XV, mientras el
campesino independiente y el mozo de labranza que, además de trabajar a jornal
para otro, cultiva su propia tierra, se enriquecen con su trabajo, las
condiciones de vida del colono y su campo de producción no salen de la
mediocridad. La revolución agrícola del último tercio del siglo XV, que dura
casi todo el siglo XVI (aunque exceptuando los últimos decenios), enriquece al
arrendatario con la misma celeridad con que empobrece al campesino.
La usurpación de los pastos comunales, etc., le permite aumentar
casi sin gastos su contingente de ganado, al paso que éste le suministra abono
más abundante para cultivar la tierra.
En el siglo XVI viene a añadirse
a éstos un factor decisivo. Los contratos de arrendamiento eran entonces
contratos a largo plazo, abundando los de noventa y nueve años. La constante
depreciación de los metales preciosos, y por tanto del dinero, fue para los
arrendatarios una lluvia de oro. Hizo –aun prescindiendo de todas las
circunstancias ya expuestas– que descendiesen los salarios. Una parte de éstos
pasó a incrementar las ganancias del arrendatario. El alza incesante de los
precios del trigo, de la lana, de la carne, en una palabra, de todos los
productos agrícolas, vino a hinchar, sin intervención suya, el patrimonio en
dinero del arrendatario, mientras que la renta de la tierra, que él tenía que
abonar, se contraía a su antiguo valor en dinero.
De este modo, se enriquecía a un mismo tiempo a costa de los
jornaleros y del propietario de la tierra. Nada tiene, pues, de extraño que, a
fines del siglo XVI, Inglaterra contase con una clase de arrendatarios
"capitalistas" ricos, para lo que se acostumbraba en aquellos tiempos.
5. Cómo repercute la
revolución agrícola sobre la industria. Formación del mercado interior para el
capital industrial
La expropiación y el desahucio de
la población campesina, realizados por ráfagas y constantemente renovados, hacía
afluir a la industria de las ciudades, como hemos visto, masas cada vez más
numerosas de proletarios desligados en absoluto del régimen feudal, sabia
circunstancia que hace creer al viejo A. Anderson (autor a quien no debe
confundirse con James Anderson), en su Historia del Comercio, en una
intervención directa de la providencia. Hemos de detenernos unos instantes a
analizar este elemento de la acumulación originaria. Al enrarecimiento de la
población rural independiente que trabaja sus propias tierras no sólo
corresponde una condensación del proletariado industrial, como al enrarecimiento
de la materia del universo en unos sitios, corresponde, según Geoffroy Saint–Hilaire,
su condensación en otros. A pesar de haber disminuido el número de
brazos que la cultivaban, la tierra seguía dando el mismo producto o aún más,
pues la revolución operada en el régimen de la propiedad inmueble lleva
aparejados métodos más perfeccionados de cultivo, una mayor cooperación, la
concentración de los medios de producción, etc., y los jornaleros del campo no
sólo son explotados más intensivamente,
sino que, además, va reduciéndose en proporciones cada vez mayores el
campo de producción en que trabajan para ellos mismos. Con la parte de la
población rural que queda disponible quedan también disponibles, por tanto, sus
antiguos medios de subsistencia, que ahora se convierten en elemento material
del capital variable. El campesino lanzado al arroyo, si quiere vivir, tiene que
comprar el valor de sus medios de vida a su nuevo señor, el capitalista
industrial, en forma de salario. Y lo que ocurre con los medios de vida, ocurre
también con las primeras materias agrícolas suministradas a la industria de
producción local. Estas se convierten en elemento del capital constante.
Tomemos, por ejemplo, a los
campesinos de Westfalia, que en tiempos de Federico II, aunque no seda, hilaban
todos lino, y una parte de los cuales fueron expropiados violentamente y
arrojados de sus tierras, mientras los restantes se convertían en jornaleros de
los grandes arrendatarios. Simultáneamente, surgen grandes fábricas de hilados
de lino y de tejidos, en las que entran a trabajar por un jornal los brazos que
han quedado "disponibles". El lino sigue siendo el mismo de antes. No ha
cambiado en él ni una sola fibra, y, sin embargo, en su cuerpo se alberga ahora
un alma social nueva, pues este lino forma parte del capital constante del dueño
de la manufactura. Antes, se distribuía entre un sinnúmero de pequeños
productores, que lo cultivaban por sí mismos y lo hilaban en pequeñas
cantidades, con sus familias; ahora, se concentra en manos de un solo
capitalista, que hace que otros hilen y tejan para él. Antes, el trabajo
extraordinario que se rendía en el taller de hilado se traducía en un ingreso
extraordinario para innumerables familias campesinas, o también, bajo Federico
II, en impuestos pour le rol de Prusse. Ahora, se traduce en ganancia para un
puñado de capitalistas. Los husos y los telares, que antes se distribuían por
toda la comarca, se aglomeran ahora, con los obreros y la materia prima, en unos
cuantos caserones grandes, que son como cuarteles del trabajo. Y de medios de
vida independiente para hilanderos y tejedores, los husos, los telares y la
materia prima se convierten en medios para someterlos al mando de otro
y
para arrancarles trabajo no retribuido. Ni en las grandes manufacturas ni en las
grandes granjas hay ningún signo exterior que indique que en ellas se reunen
muchos pequeños hogares de producción y que deben su origen a la expropiación de
muchos pequeños productores independientes. Sin embargo, el ojo imparcial no se
deja engañar tan fácilmente. En tiempo de Mirabeau, el terrible revolucionario,
las grandes manufacturas se llamaban todavía manufactures réunies, talleres
reunidos, como decimos de las tierras cuando se juntan. "Sólo se ven –dice
Mirabeau– esas grandes manufacturas, en las que trabajan cientos de hombres bajo
las órdenes de un director y que se denominan generalmente manufacturas reunidas
(manufactures réunies). En cambio, aquellas en las que trabajan diseminados,
cada cual por su cuenta, gran número de obreros, pasan casi inadvertidas. Se las
relega a último término. Y esto es un error muy grande, pues son éstas las que
forman la parte realmente más importante de la riqueza nacional. La fábrica
reunida (fabrique réunie) enriquecerá fabulosamente a uno o dos empresarios,
pero los obreros que en ella trabajan no son más que jornaleros mejor o peor
pagados, que en nada participan del bienestar del fabricante. En cambio, en las
fábricas separadas (fabriques séparées) nadie se enriquece, pero gozan de
bienestar multitud de obreros. El número de los obreros activos y económicos
crecerá, porque ven en la vida ordenada y en el trabajo un medio de mejorar
notablemente su situación, en vez de obtener una pequeña mejora de jornal, que
jamás decidirá del porvenir y que, a lo sumo, permite al obrero vivir un poco
mejor, pero siempre al día. Las manufacturas separadas e individuales,
combinadas casi siempre con un poco de labranza, son las más libres.
La expropiación y el desahucio de una parte de la población rural,
so sólo deja a los obreros sus medios de vida y sus materiales de trabajo
disponible para que el capital industrial los utilice, sino que además crea el
mercado interior.
En efecto, el movimiento que
convierte a los pequeños labradores en obreros asalariados y a sus medios de
vida y de trabajo en elementos materiales del capital, crea a éste,
paralelamente, su mercado interior. Antes, la familia campesina producía y
elaboraba los medios de vida y las materias primas, que luego eran consumidas,
en su mayor parte, por ella misma. Pues bien, estas materias primas y estos
medios de vida se convierten ahora en mercancías, vendidas por los grandes
arrendatarios, que encuentran su mercado en las manufacturas. El hilo, el
lienzo, los artículos bastos de lana, objetos todos de cuya materia prima
disponía cualquier familia campesina y que ella hilaba y tejía para su uso, se
convierten ahora en artículos manufacturados, que tienen su mercado precisamente
en los distritos rurales. La numerosa clientela diseminada y controlada hasta
aquí por una muchedumbre de pequeños productores que trabajan por cuenta propia
se concentra ahora en un gran mercado atendido por el capital industrial.
De este modo, a la par con la expropiación de los antiguos
labradores independientes y su divorcio de los medios de producción, avanza la
destrucción de las industrias rurales secundarias, el proceso de diferenciación
de la industria y la agricultura. Sólo la destrucción de la industria doméstica
rural puede dar al mercado interior de un país las proporciones y la firmeza que
necesita el régimen capitalista de producción.
Sin embargo, el verdadero período
manufacturero no aporta, en realidad, ninguna transformación radical. Recuérdese
que la manufactura sólo invade la producción nacional de un modo fragmentario y
siempre sobre el vasto panorama del artesanado urbano y de la industria
secundaria doméstico–rural. Aunque elimine a ésta bajo ciertas formas, en
determinadas ramas industriales y en algunos puntos, vuelve a ponerla en pie en
otros en que ya estaba destruida, pues necesita de ella para transformar la
materia prima hasta cierto grado de elaboración. La manufactura hace brotar, por
tanto, una nueva clase de pequeños campesinos que sólo se dedican a la
agricultura como empleo secundario, explotando como oficio preferente un trabajo
industrial, para vender su producto a la manufactura, ya sea directamente o por
mediación de un comerciante. He aquí una de las causas, aunque no la
fundamental, de un fenómeno que al principio desorienta a quien estudia la
historia de Inglaterra. Desde el último tercio del siglo XV, se escuchan en ella
quejas constantes, interrumpidas sólo a intervalos, sobre los progresos del
capitalismo en la agricultura y la destrucción progresiva de la clase campesina.
Por otra parte, esta clase campesina reaparece constantemente, aunque en número
más reducido y en situación cada vez peor.
La razón principal de esto está en que en Inglaterra tan pronto
predomina la producción de trigo como la ganadería, según los períodos, y con el
tipo de producción oscila el volumen de las industrias rurales. Sólo la gran
industria aporta, con la maquinaria, la base constante de la agricultura
capitalista, expropia radicalmente a la inmensa mayoría de la población del
campo y remata el divorcio entre la agricultura y la industria doméstico–rural,
cuyas raíces –la industria de hilados y tejidos– arranca.
Sólo ella conquista, por tanto, el capital industrial que
necesita, el mercado interior
íntegro
6. Génesis del capitalista
industrial
La génesis del capitalista
industrial
no
se desarrolla de un modo tan lento y paulatino como la del arrendatario. Es
indudable que ciertos pequeños maestros artesanos, y, todavía más, ciertos
pequeños artesanos independientes, e incluso obreros asalariados, se
convirtieron en pequeños capitalistas, y luego, poco a poco, mediante la
explotación del trabajo asalariado en una escala cada vez mayor y la acumulación
consiguiente, en capitalistas sans phrase. En el período de infancia de la
producción capitalista, ocurría no pocas veces lo que en los años de infancia de
las ciudades medievales, en que el problema de saber cuál de los siervos huidos
llegaría a ser el amo y cuál el criado se dirimía las más de las veces por el
orden de fechas en que se escapaban. Sin embargo, la lentitud de este método no
respondía en modo alguno a las exigencias comerciales del nuevo mercado mundial,
creado por los grandes descubrimientos de fines del siglo XV. Pero la Edad Media
había legado dos formas distintas de capital, que alcanzan su sazón en los más
diversos tipos económicos de sociedad y que antes de llegar la era de la
producción capitalista son consideradas como el capital por antonomasia: el
capital usuario y el capital comercial. "En la actualidad, toda la riqueza de la
sociedad se concentra primeramente en manos del capitalista. Este paga la renta
al terrateniente, el salario al obrero y los impuestos y tributos al recaudador
de contribuciones, quedándose para sí con una parte grande, que en realidad es
la mayor y que, además, tiende a crecer diariamente, del producto anual del
trabajo. Ahora, el capitalista puede ser considerado como el que se apropia de
primera mano toda la riqueza social, aunque ninguna ley le haya transferido este
derecho de apropiación. Este cambio de propiedad debe su origen al cobro de
intereses por el capital y es harto curioso que los legisladores de toda Europa
hayan querido evitar esto con leyes contra la usura. El poder del capitalista
sobre la riqueza toda del país es una completa revolución en el derecho de
propiedad, y ¿qué ley o qué serie de leyes la originó?.
Mejor habría sido decir que las revoluciones no se hacen con
leyes.
El régimen feudal, en el campo, y
en la ciudad el régimen gremial, impedían al dinero capitalizado en la usura y
en el comercio convertirse en capital industrial.
Estas barreras desaparecieron con el licenciamiento de las huestes
feudales y con la expropiación y desahucio parciales de la población campesina.
Las nuevas manufacturas habían sido construidas en los puertos marítimos de
exportación o en lugares del campo alejados del control de las antiguas ciudades
y de su régimen gremial. De aquí la lucha rabiosa entablada en Inglaterra entre
los corporate towns (140) y los nuevos viveros industriales.
El descubrimiento de los
yacimientos de oro y plata de América, la cruzada de exterminio, esclavización y
sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista
y el saqueo de las Indias Orientales, la conversión del continente africano en
cazadero de esclavos negros: son todos hechos que señalan los albores de la era
de producción capitalista. Estos procesos idílicos representan otros tantos
factores fundamentales en el movimiento de la acumulación originaria. Tras
ellos, pisando sus huellas, viene la guerra comercial de las naciones europeas,
cuyo escenario fue el planeta entero. Rompe el fuego con el alzamiento de los
Países Bajos, sacudiendo el yugo de la dominación española, cobra proporciones
gigantescas en Inglaterra con la guerra antijacobina, sigue ventilándose en
China, en las guerras del opio, etcétera.
Las diversas etapas de la
acumulación originaria tienen su centro, por un orden cronológico más o menos
preciso, en España, Portugal, Holanda, Francia e Inglaterra. Es aquí, en
Inglaterra, donde a fines del siglo XVII se resumen y sintetizan
sistemáticamente en el sistema colonial, el sistema de la deuda pública, el
moderno sistema tributario y el sistema proteccionista. En parte, estos métodos
se basan, como ocurre con el sistema colonial, en la más avasalladora de las
fuerzas. Pero todos ellos se valen del poder del estado, de la fuerza
concentrada y organizada de la sociedad, para acelerar a pasos agigantados el
proceso de transformación del régimen feudal de producción en el régimen
capitalista y acortar los intervalos. La violencia es la comadrona de toda
sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva. Es, por sí misma, una
potencia económica.
Del sistema colonial cristiano
dice un hombre, que hace del cristianismo su profesión, W. Howitt: "Los actos de
barbarie y de desalmada crueldad cometidos por las razas que se llaman
cristianas contra todas las religiones y todos los pueblos del orbe que pudieron
sugyugar, no encuentran precedente en ninguna época de la historia universal ni
en ninguna raza, por salvaje e inculta, por despiadada y cínica que ella sea.
La historia del régimen colonial holandés –Y téngase en cuenta que
Holanda era la nación capitalista modelo del siglo XVIII– "hace desfilar ante
nosotros un cuadro insuperable de traiciones, cohechos, asesinatos e infamias.
Nada más elocuente que el sistema de robo de hombres aplicado en
la isla de Célebes, para obtener esclavos con destino a Java. Los ladrones de
hombres eran convenientemente amaestrados. Los agentes principales de este trato
eran el ladrón, el intérprete y el vendedor; los príncipes nativos, los
vendedores principales. A los muchachos robados se les escondía en las prisiones
secretas de Célebes, hasta que estuviesen ya maduros para ser embarcados con un
cargamento de esclavos. En un informe oficial leemos: "Esta ciudad de Makassar,
por ejemplo, está llena de prisiones secretas, a cual más espantosa, abarrotadas
de infelices, víctimas de la codicia y la tiranía, cargados de cadenas,
arrancados violentamente a sus familias." Para apoderarse de Malaca, los
holandeses sobornaron al gobernador portugués. Este les abrió las puertas de la
ciudad en 1641. Los invasores corrieron enseguida a su palacio y le asesinaron,
para de este modo poder "renunciar" al pago de la suma convenida por el
servicio, que eran 21,875 libras esterlinas. A todas partes les seguía la
devastación y la despoblación. Banjuwangi, provincia de Java, que en 1750
contaba más de 80.000 habitantes, había quedado reducida en 1811 a 8.000. He ahí
cómo se las gasta el doux commerce.(141)
Como es sabido, la Compañía
inglesa de las Indias Orientales obtuvo, además del gobierno de estas Indias, el
monopolio del comercio de té y del comercio chino en general, así como el
transporte de mercancías de Europa a la China y viceversa. Pero sobre la
navegación costera de la India y entre las islas, y sobre el comercio interior
de la India se apropiaron el monopolio los altos funcionarios de la Compañía.
Los monopolios de la sal, del opio, del bétel y otras mercancías eran filones
inagotables de riqueza. Los mismos funcionarios fijaban los precios a su antojo
y esquilmaban como les daba la gana al infeliz indio. El gobernador general de
las Indias llevaba participación en este comercio privado. Sus favoritos
obtenían contratos en condiciones que les permitían, más listos que los
alquimistas, hacer de la nada oro. En un solo día brotaban como los hongos
grandes fortunas, y la acumulación originaria avanzaba viento en popa sin
desembolsar ni un chelín. En las actas judiciales del Warren Hastings
l
abundan los ejemplos de esto. He aquí uno. Un tal Sullivan obtiene un contrato
de opio cuando se dispone a trasladarse –en función de servicio– a una región de
la India muy alejada de los distritos opieros. Sullivan vende su contrato por
40,000 libras esterlinas a un tal Binn, que lo revende el mismo día por 60,000,
y el último comprador y ejecutor del contrato declara que obtuvo todavía una
ganancia fabulosa. Según una lista sometida al parlamento, la Compañía y sus
funcionarios se hicieron regalar por los indios, desde 1757 a 1766, ¡6 rnillones
de libras esterlinas! entre 1769 y 1770, los ingleses fabricaron allí una
epidemia de hambre, acaparando todo el arroz y negándose a venderlo si no les
pagaban precios fabulosos.
En las plantaciones destinadas
exclusivamente al comercio de exportación, como en las Indias Occidentales, y en
los países ricos y densamente poblados, entregados al pillaje y a la matanza,
como México y las Indias Orientales, era, naturalmente, donde el trato dado a
los indígenas revestía las formas más crueles. Pero tampoco en las verdaderas
colonias se desmentía el carácter cristiano de la acumulación originaria.
Aquellos hombres, virtuosos intachables del protestantismo, los puritanos de la
Nueva Inglaterra, otorgaron en 1703, por acuerdo de su Assembly, un premio de 40
libras esterlinas por cada escalpo de indio y por cada piel roja apresado; en
1720, el premio era de 100 libras por escalpo; en 1744, después de declarar en
rebeldía a la rama de Massachusetts–Bay, los premios eran los siguientes: por
los escalpos de varón, desde doce años para arriba, 100 libras esterlinas de
nuevo cuño; por cada hombre apresado, 105 libras; por cada mujer y cada niño, 55
libras; ¡por cada escalpo de mujer o niño, 50 libras! Algunos decenios más
tarde, el sistema colonial inglés había de vengarse en los descendientes
rebeldes de los devotos pilgrim fathers (142), que cayeron tomahawkeados (143)
bajo la dirección y a sueldo de Inglaterra. El parlamento británico declaró que
la caza de hombres y el escalpar eran "recursos que Dios y la naturaleza habían
puesto en sus manos".
Bajo el sistema colonial,
prosperaban como planta en estufa el comercio y la navegación. Las "Sociedades
Monopolia" (Lutero) eran poderosas palancas de concentración de capitales. Las
colonias brindaban a las nuevas manufacturas que brotaban por todas partes
mercado para sus productos y una acumulación de capital intensificada gracias al
régimen de monopolio. El botín conquistado fuera de Europa mediante el saqueo
descarado, la esclavización y la matanza, refluía a la metrópoli para
convertirse aquí en capital. Holanda, primer país en que se desarrolló
plenamente el sistema colonial, había llegado ya en 1648 al apogeo de su
grandeza mercantil. Se hallaba "en posesión casi exclusiva del comercio de las
Indias Orientales y del tráfico entre el suroeste y el nordeste de Europa, Sus
pesquerías, su marina, sus manufacturas, sobrepujaban a los de todos los demás
países. Los capitales de esta república superaban tal vez a los del resto de
Europa juntos". Gülich se olvida de añadir que la masa del pueblo holandés se
hallaba ya en 1648 más agotada por el trabajo, más empobrecida y más brutalmente
oprimida que la del resto de Europa.
Hoy, la supremacía industrial
lleva consigo la supremacía comercial. En el verdadero período manufacturero
sucedía lo contrario: era la supremacía comercial la que daba el predominio en
el campo de la industria. De aquí el papel predominante que en aquellos tiempos
desempeñaba el sistema colonial. Era el "dios extranjero" que venía a
entronizarse en el altar junto a los viejos ídolos de Europa y que un buen día
los echaría a todos a rodar de un empellón. Este dios proclamaba la acumulación
de plusvalía como el fin último y único de la humanidad.
El sistema del crédito público,
es decir, de la deuda del estado, cuyos orígenes descubríamos ya en Génova y en
Venecia en la Edad Media, se adueñó de toda Europa durante el período
manufacturero. El sistema colonial, con su comercio marítimo y sus guerras
comerciales, le sirvió de acicate. Por eso fue Holanda el primer país en que
arraigó. La deuda pública, o sea, la enajenación del Estado –absoluto,
constitucional o republicano–, imprime su sello a la era capitalista. La única
parte de la llamada riqueza nacional que entra real y verdaderamente en posesión
colectiva de los pueblos modernos es la deuda pública.
Por eso es perfectamente consecuente esa teoría moderna, según la
cual un pueblo es tanto más rico cuanto más se carga de deudas. El crédito
público se convierte en credo del capitalista. Y al surgir las deudas del
estado, el pecado contra el Espíritu Santo, para el que no hay remisión, cede el
puesto al perjurio contra la deuda pública.
La deuda pública se convierte en
una de las más poderosas palancas de la acumulación originaria. Es como una
varita mágica que infunde virtud procreadora al dinero improductivo y lo
convierte en capital sin exponerlo a los riesgos ni al esfuerzo que siempre
lleva consigo la inversión industrial e incluso la usuraria. En realidad, los
acreedores del estado no entregan nada, pues la suma prestada se convierte en
títulos de la deuda pública, fácilmente negociables, que siguen desempeñando en
sus manos el mismísimo papel del dinero. Pero, aun prescindiendo de la clase de
rentistas ociosos que así se crea y de la riqueza improvisada que va a parar al
regazo de los financieros que actúan de mediadores entre el gobierno y el país
–así como de la riqueza regalada a los rematantes de impuestos, comerciantes y
fabricantes particulares, a cuyos bolsillos afluye una buena parte de los
empréstitos del estado, como un capital llovido del cielo–, la deuda pública ha
venido a dar impulso tanto a las sociedades anónimas, al tráfico de efectos
negociables de todo género como al agio; en una palabra, a la lotería de la
bolsa y a la moderna bancocracia.
Desde el momento mismo de nacer,
los grandes bancos, adornados con títulos nacionales, no fueron nunca más que
sociedades de especuladores privados que cooperaban con los gobiernos y que,
gracias a los privilegios que éstos les otorgaban, estaban en condiciones de
adelantarles dinero. Por eso, la acumulación de la deuda pública no tiene
barómetro más infalible que el alza progresiva de las acciones de estos bancos,
cuyo pleno desarrollo data de la fundación del Banco de Inglaterra (en 1694). El
Banco de Inglaterra comenzó prestando su dinero al gobierno a un 8 por 100 de
interés; al mismo tiempo, quedaba autorizado por el parlamento para acuñar
dinero del mismo capital, volviendo a prestarlo al público en forma de billetes
de banco. Con estos billetes podía descontar letras, abrir créditos sobre
mercancías y comprar metales preciosos. No transcurrió mucho tiempo antes de que
este mismo dinero fiduciario fabricado por él le sirviese de moneda para saldar
los empréstitos, hechos al estado y para pagar por cuenta de éste, los intereses
de la deuda pública. No contento con dar con una mano para recibir con la otra
más de lo que daba, seguía siendo, a pesar de lo que se embolsaba, acreedor
perpetuo de la nación hasta el último céntimo entregado. Poco a poco, fue
convirtiéndose en depositario insustituible de los tesoros metálicos del país y
en centro de gravitación de todo el crédito comercial. Por los años en que
Inglaterra dejaba de quemar brujas, comenzaba a colgar falsificadores de
billetes de banco. Qué impresión producía a las gentes de la época la súbita
aparición de este monstruo de bancócratas, financieros, rentistas, corredores,
agentes y lobos de bolsa, lo atestiguan las obras de aquellos años, como por
ejemplo las de Bolingbroke.
Con la deuda pública, surgió un
sistema internacional de crédito, detrás del cual se esconde con frecuencia, en
tal o cual pueblo, una de las fuentes de la acumulación originaria. Así, por
ejemplo, las infamias del sistema de rapiña seguido en Venecia constituyen una
de esas bases ocultas de la riqueza capitalista de Holanda, a quien la Venecia
decadente prestaba grandes sumas de dinero. Otro tanto acontece entre Holanda e
Inglaterra. Ya a comienzos del siglo XVIII, las manufacturas holandesas se
habían quedado muy atrás y este país había perdido la supremacía comercial e
industrial. Desde 1701 hasta 1776, uno de sus negocios principales consiste en
prestar capitales gigantescos, sobre todo a su poderoso competidor: a
Inglaterra. Es lo mismo que hoy ocurre entre Inglaterra y los Estados Unidos.
Muchos de los capitales que hoy comparecen en Norteamérica sin cédula de origen
son sangre infantil recién capitalizada en Inglaterra.
Como la deuda pública tiene que
ser respaldada por los ingresos del Estado, que han de cubrir los intereses y
demás pagos anuales, el sistema de los empréstitos públicos tenía que tener
forzosamente su complemento en el moderno sistema tributario. Los empréstitos
permiten a los gobiernos hacer frente a gastos extraordinarios sin que el
contribuyente se dé cuenta de momento, pero provocan, a la larga, un recargo en
los tributos. A su vez, el recargo de impuestos que trae consigo la acumulación
de las deudas contraídas sucesivamente obliga al gobierno a emitir nuevos
empréstitos, en cuanto se presentan nuevos gastos extraordinarios. El sistema
fiscal moderno, que gira todo él en torno a los impuestos sobre los artículos de
primera necesidad (y por tanto a su encarecimiento) lleva en sí mismo, como se
ve, el resorte propulsor de su progresión automática.
El encarecimiento excesivo de los
artículos no es un episodio pasajero, sino más bien un principio. Por eso en
Holanda, primer país en que se puso en práctica este sistema, el gran patriota
De Witt lo ensalza en sus Máximas como el mejor sistema imaginable para hacer al
obrero sumiso, frugal, aplicado y agobiado de trabajo. Pero, aquí no nos
interesan tanto los efectos aniquiladores de este sistema en cuanto a la
situación de los obreros asalariados como la expropiación violenta que supone
para el campesino, el artesano, en una palabra, para todos los sectores de la
pequeña clase media. Acerca de esto no hay discrepancia, ni siquiera entre los
economistas burgueses. Y a reforzar la eficacia expropiadora de este mecanismo,
por sí aún fuese poca, contribuye el sistema proteccionista, que es una de las
piezas que lo integran.
La parte tan considerable que
toca a la deuda pública y al sistema fiscal correspondiente en la capitalización
de la riqueza y en la expropiación de las masas, ha hecho que multitud de
autores, como Cobbet, Doubleday y otros, busquen aquí, sin razón, la causa
principal de la miseria de los pueblos modernos.
El sistema proteccionista fue un
medio artificial para fabricar fabricantes, expropiar a obreros independientes,
capitalizar los medios de producción y de vida de la nación y abreviar el
tránsito del antiguo al moderno régimen de producción. Los estados europeos se
disputaron la patente de este invento y, una vez puestos al servicio de los
acumuladores de plusvalía, abrumaron a su propio pueblo y a los extraños, para
conseguir aquella finalidad, con la carga indirecta de los aranceles
protectores, con el fardo directo de las primas de exportación, etc. En los
países secundarios sometidos a otros se exterminó violentamente toda la
industria, como hizo por ejemplo Inglaterra con las manufacturas laneras en
Irlanda. En el continente europeo, vino a simplificar notablemente este proceso
el precedente de Colbert. Aquí, una parte del capital originario de los
industriales sale directamente del erario público. ¿Para qué –exclama Mirabeau–
ir a buscar tan lejos la causa del esplendor manufacturero de Sajonia antes de
la guerra de los Siete años? ¡180 millones de deudas contraídas por los
soberanos!
El sistema colonial, la deuda
pública, la montaña de impuestos, el proteccionismo, las guerras comerciales,
etc., todos estos vástagos del verdadero período manufacturero se desarrollaron
en proporciones gigantescas durante los años de infancia de la gran industria.
El nacimiento de esta potencia es festejado con la gran cruzada heródica del
rapto de niños. Las fábricas reclutan su personal, como la Marina real, por
medio de la prensa. Sir F. M. Edén,
al que tanto enorgullecen las atrocidades de la campaña librada desde el último
tercio del siglo XV hasta su época, fines del siglo XVIII, para expropiar de sus
tierras a la población del campo, que tanto se complace en ensalzar este proceso
histórico como un proceso "necesario" para abrir paso a la agricultura
capitalista e "instaurar la proporción justa entre la agricultura y la
ganadería", no acredita la misma perspicacia económica cuando se trata de
reconocer la necesidad del robo de niños y de la esclavitud infantil para abrir
paso a la transformación de la manufactura en industria fabril e instaurar la
proporción justa entre el capital y la mano de obra. "Merece tal vez la pena
–dice este autor– que el público se pare a pensar si una manufactura cualquiera
que, para poder trabajar prósperamente, necesita saquear cottages y asilos
buscando los niños pobres para luego, haciendo desfilar a un tropel tras otro,
martirizarlos y robarles el descanso durante la mayor parte de la noche; una
manufactura que, además, mezcla y revuelve a montones personas de ambos sexos,
de diversas edades e inclinaciones, en tal mescolanza que el contagio del
ejemplo tiene forzosamente que conducir a la depravación y al libertinaje; si
esta manufactura, decimos, puede enriquecer en algo la suma del bienestar
nacional e individual. "En
Derbyshire, Nottinghamshire y sobre todo en Lancashire –dice Fielden– la
maquinaria recién inventada fue empleada en grandes fábricas, construidas junto
a ríos capaces de mover la rueda hidráulica. En estos centros, lejos de las
ciudades, se necesitaron de pronto miles de brazos. Lancashire sobre todo, que
hasta entonces había sido una ciudad relativamente poco poblada e improductiva,
atrajo hacía sí una enorme población. Se requisaban principalmente las manos de
dedos finos y ligeros. Inmediatamente, se impuso la costumbre de traer
aprendices (!) de los diferentes asilos parroquiales de Londres, Birmingham. y
otros sitios. Así fueron expedidos al norte miles y miles de criaturitas
impotentes, desde los siete hasta los trece o los catorce años. Los patronos (es
decir, los ladrones de niños), solían vestir y dar de comer a sus víctimas,
alojándolos en las "casas de aprendices", cerca de la fábrica. Se nombraban
vigilantes, encargados de fiscalizar el trabajo de los muchachos. Estos
capataces de esclavos estaban interesados en que los aprendices se matasen
trabajando, pues su sueldo era proporcional a la cantidad de producto que a los
niños se les arrancaba. El efecto lógico de esto era una crueldad espantosa. En
muchos distritos fabriles, sobre todo en Lancashire, estas criaturas inocentes y
desgraciadas, consignadas al fabricante, eran sometidas a las más horribles
torturas, Se les mataba trabajando, se les azotaba, se les cargaba de cadenas y
se les atormentaba con los más escogidos refinamientos de crueldad; en muchas
fábricas, andaban muertos de hambre y se les hacía trabajar a latigazos. En
algunos casos, se les impulsaba hasta al suicidio. Aquellos hermosos y
románticos valles de Derbyshire, Nottinghamshire y Lancashire, ocultos a las
miradas de la publicidad, se convirtieron en páramos infernales de tortura, y no
pocas veces de matanza. Las ganancias de los fabricantes eran enormes. Pero no
hacían más que afilar sus dientes de ogro. Se implantó la práctica del "trabajo
nocturno"; es decir, que después de tullir trabajando durante todo el día a un
grupo de obreros, se aprovechaba la noche para baldar a otro; el grupo de día
caía rendido sobre las camas calientes todavía de los cuerpos del grupo de
noche, y viceversa. En Lancashire hay un dicho popular, según el cual las camas
no se enfrían nunca.
Con los progresos de la
producción capitalista durante el período manufacturero, la opinión pública de
Europa perdió los últimos vestigios de pudor y de conciencia que aún le
quedaban. Los diversos países se jactaban cínicamente de todas las infamias que
podían servir de medios de acumulación de capital. Basta leer, por ejemplo, los
ingenuos Anales del Comercio, del intachable A. Anderson. En ellos se proclama a
los cuatro vientos, como un triunfo de la sabiduría política de Inglaterra, que,
en la paz de Utrecht, este país arrancó a los españoles, por el tratado de
asiento, el privilegio de poder explotar también entre
África
y la América española la trata de negros, que hasta entonces sólo podía explotar
entre África
y las Indias Occidentales inglesas. Inglaterra obtuvo el privilegio de
suministrar a la América española, hasta 1743, 4,800 negros al año. Este
comercio servía, a la vez, de pabellón oficial para cubrir el contrabando
británico. Liverpool se engrandeció gracias al comercio de esclavos. Este
comercio era su método de acumulación originaria. Y todavía es hoy el día en que
los "honrados" liverpoolenses cantan como Píndaro a la trata de esclavos –véase
la citada obra del Dr. Aikin, publicada en 1795–, que "exalta hasta la pasión el
espíritu comercial y emprendedor, produce famosos navegantes y arroja enormes
beneficios". En 1730, Liverpool dedicaba 15 barcos al comercio de esclavos; en
1751 eran ya 53; en 1760, 74; en 1770, 96, y en 1792, 132.
A la par que implantaba en
Inglaterra la esclavitud infantil, la industria algodonera servía de acicate
para convertir el régimen más o menos patriarcal de esclavitud de los Estados
Unidos en un sistema comercial de explotación. En general, la esclavitud
encubierta de los obreros asalariados en Europa exigía, como pedestal, la
esclavitud sans phrase (144) en el Nuevo Mundo.
Tantae molis erat (145) para dar
rienda suelta a las "leyes naturales y eternas" del régimen de producción
capitalista, para consumar el proceso de divorcio entre los obreros y las
condiciones de trabajo, para transformar en uno de los polos, los medios
sociales de producción y de vida en capital, y en el polo contrario la masa del
pueblo en obreros asalariados, en "pobres trabajadores" y libres, este producto
artificial de la historia moderna.
Si el dinero, según Augier,
"nace con manchas naturales de sangre en un carrillo", el capital
viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies a la
cabeza.
7. Tendencia histórica de la
acumulación capitalista
¿A qué tiende la acumulación
originaria del capital, es decir. su génesis histórica? Cuando no se limita a
convertir directamente al esclavo y al siervo de la gleba en obrero asalariado,
determinando por tanto un simple cambio de forma, la acumulación originaria
significa pura y exclusivamente la expropiación del productor directo, o lo que
es lo mismo, la destrucción de la propiedad privada basada en el trabajo.
La propiedad privada, por
oposición a la propiedad social, colectiva, sólo existe allí donde los
instrumentos de trabajo y las condiciones externas de éste pertenecen en
propiedad a los particulares. Pero el carácter de la propiedad privada es muy
distinto, según que estos particulares sean obreros o personas que no trabajen.
Las infinitas modalidades que a primera vista presenta este derecho son todas
situaciones intermedias que oscilan entre estos dos extremos.
La propiedad privada del
trabajador sobre sus medios de producción es la base de la pequeña industria y
ésta una condición necesaria para el desarrollo de la producción social y de la
libre individualidad del propio trabajador. Cierto es que este sistema de
producción existe también bajo la esclavitud, bajo la servidumbre de la gleba y
en otros regímenes de anulación de la personalidad. Pero sólo florece, sólo
despliega todas sus energías, sólo conquista su forma clásica adecuada allí
donde el trabajador es propietario libre de las condiciones de trabajo manejadas
por él mismo: el campesino dueño de la tierra que trabaja, el artesano dueño del
instrumento que maneja como un virtuoso.
Este régimen supone la
diseminación de la tierra y de los demás medios de producción. Excluye la
concentración de éstos, y excluye también la cooperación, la división del
trabajo dentro de los mismos procesos de producción, la conquista y regulación
social de la naturaleza, el libre desarrollo de las fuerzas sociales
productivas. Sólo es compatible con los estrechos límites elementales,
primitivos, de la producción y la sociedad. Querer eternizarlo equivaldría, como
acertadamente dice Pecqueur, a "decretar la mediocridad general". Al llegar a un
cierto grado de progreso, él mismo alumbra los medios materiales para su
destrucción. A partir de este momento, en el seno de la sociedad se agitan
fuerzas y pasiones que se sienten cohibidas por él. Hácese necesario destruirlo,
y es destruido. Su destrucción, la transformación de los medios de producción
individuales y desperdigados en medios sociales y concentrados de producción, y,
por tanto, de la propiedad raquítica de muchos en propiedad gigantesca de pocos,
o lo que es lo mismo, la expropiación que priva a la gran masa del pueblo de la
tierra y de los medios de vida e instrumentos de trabajo, esta espantosa y
difícil expropiación de la masa del pueblo, forma la prehistoria del capital.
Abarca toda una serie de métodos violentos, entre los cuales sólo hemos pasado
revista aquí, como métodos de acumulación originaria del capital, a los más
importantes y memorables. La expropiación del productor directo se lleva a cabo
con el más despiadado vandalismo y bajo el acicate de las pasiones más infames,
más sucias, más mezquinas y más odiosas. La propiedad privada fruto del propio
trabajo y basada, por así decirlo, en la compenetración del obrero individual e
independiente con sus condiciones de trabajo, es devorada por la propiedad
privada capitalista, basada en la explotación de trabajo ajeno, aunque
formalmente libre.
Una vez que este proceso de
transformación corroe suficientemente, en profundidad y en extensión, la
sociedad antigua; una vez que los trabajadores se convierten en proletarios y
sus condiciones de trabajo en capital; una vez que el régimen capitalista de
producción se mueve ya por sus propios medios, el rumbo ulterior de la
socialización del trabajo y de la transformación de la tierra y demás medios de
producción en medios de producción explotados socialmente, es decir, colectivos,
y, por tanto, la marcha ulterior de la expropiación de los propietarios
privados, cobra una forma nueva. Ahora, ya no se trata de expropiar al
trabajador independiente, sino de expropiar al capitalista explotador de
numerosos trabajadores.
Esta expropiación la lleva a cabo
el juego de las leyes inmanentes de la propia producción capitalista, la
centralización de los capitales. Cada capitalista desplaza a otros muchos.
Paralelamente con esta centralización del capital o expropiación de muchos
capitalistas por unos pocos, se desarrolla en una escala cada vez mayor la forma
cooperativa del proceso de trabajo, la aplicación técnica consciente de la
ciencia, la explotación sistemática y organizada de la tierra, la transformación
de los medios de trabajo en medios de trabajo utilizables sólo colectivamente,
la economía de todos los medios de producción al ser empleados como medios de
producción de un trabajo combinado, social, la absorción de todos los países por
la red del mercado mundial y, como consecuencia de esto, el carácter
internacional del régimen capitalista. Conforme disminuye progresivamente el
número de magnates capitalistas que usurpan y monopolizan este proceso de
transformación, crece la masa de la miseria, de la opresión, del esclavizamiento,
de la degeneración, de la explotación; pero crece también la rebeldía de la
clase obrera, cada vez más numerosa y más disciplinada, mas unida y más
organizada por el mecanismo del mismo proceso capitalista de producción. El
monopolio del capital se convierte en grillete del régimen de producción que ha
crecido con él y bajo él. La centralización de los medios de producción y la
socialización del trabajo llegan a un punto en que se hacen incompatibles con su
envoltura capitalista. Esta salta hecha añicos. Ha sonado la hora final de la
propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados.
El sistema de apropiación
capitalista que brota del régimen capitalista de producción, y por tanto la
propiedad privada capitalista, es la primera negación de la propiedad privada
individual, basada en el propio trabajo. Pero la producción capitalista
engendra, con la fuerza inexorable de un proceso natural, su primera negación.
Es la negación de la negación. Esta no restaura la propiedad privada ya
destruida, sino una propiedad individual que recoge los progresos de la era
capitalista: una propiedad individual basada en la cooperación y en la posesión
colectiva de la tierra y de los medios de producción producidos por el propio
trabajo.
La transformación de la propiedad
privada dispersa y basada en el trabajo personal del individuo en propiedad
privada capitalista fue, naturalmente, un proceso muchísimo más lento, más duro
y más difícil, que será la transformación de la propiedad capitalista, que en
realidad descansa ya sobre métodos sociales de producción, en propiedad social.
Allí, se trataba de la expropiación de la masa del pueblo por unos cuantos
usurpadores; aquí, de la expropiación de unos cuantos usurpadores por la masa
del pueblo.
NOTAS AL PIE DEL CAPÍTULO XXIV
1 En Italia, donde primero se
desarrolla la producción capitalista, es también donde antes declina la
servidumbre. El siervo italiano se emancipa antes de haber podido adquirir por
prescripción ningún derecho sobre el suelo. Por eso su emancipación le convierte
directamente en proletario libre y privado de medios de vida, que además se
encuentra ya con el nuevo señor hecho y derecho en la mayoría de las ciudades,
procedentes del tiempo de los romanos. Al operarse, desde fines del siglo XV, la
revolución del mercado mundial que arranca la supremacía comercial al norte de
Italia, se produjo un movimiento en sentido inverso. Los obreros de las ciudades
viéronse empujados en masa hacia el campo, donde imprimieron a la pequeña
agricultura allí dominante, explotada según los métodos de la horticultura, un
impulso jamás conocido.
2 “Los pequeños propietarios que
trabajan la tierra de su propiedad con su propio esfuerzo y que gozaban de un
humilde bienestar formaban por aquel entonces una parte mucho más importante de
la nación que hoy. Nada menos que 160,000 propietarios, cifra que, con sus
familias, debía de constituir más de 1/7 de la población total, vivían del
cultivo de sus pequeñas parcelas freehold (freehold quiere decir propiedad plena
y libre). La renta media de estos pequeños propietarios oscilaba alrededor de
unas 60 a 70 libras esterlinas. Se calculaba que el número de personas que
trabajaban tierras de su propiedad era mayor que el de los que llevaban en
arriendo tierras de otros.” Macaulay, History of England, 10° ed., Londres,
1854, I, pp. 333–334. Todavía en el último tercio del siglo XVII vivían de la
agricultura las cuatro quintas partes de la masa del pueblo inglés (ob. cit., p.
413). Cito a Macaulay porque, como falsificador sistemático de la historia que
es, procura “castrar” en lo posible esta clase de hechos.
3 No debe olvidarse jamás que el
mismo siervo no sólo era propietario, aunque sujeto a tributo, de la parcela de
tierra asignada a su casa, sino además copropietario de los terrenos comunales.
“Allí [en Silesía], el campesino vive sujeto a servidumbre.” No obstante, estos
seres poseen tierras comunes. “Hasta hoy, no ha sido posible convencer a los
silesianos de la conveniencia de dividir los terrenos comunales; en cambio, en
las Nuevas Marcas no hay apenas un solo pueblo en que no se haya efectuado con
el mayor de los éxitos esta división.” (Mirabeau, De la Monarchíe Prussienne,
Londres, 1788, t. II, pp. 125 y 126.)
4 El Japón, con su organización
puramente feudal de la propiedad inmueble y su régimen desarrollado de pequeña
agricultura, nos brinda una imagen mucho más fiel de la Edad Media europea que
todos nuestros libros de historia, dictado en su mayoría por prejuicios
burgueses. Es demasiado cómodo ser “liberal” a costa de la Edad Media.
5 Tomás Moro habla en su Utopía,
de un país maravilloso en que “las ovejas devoran a los hombres”. Utopía, trad.
de Robinson, ed. Arbor, Londres, 1869, p. 41
6 Bacon explica la relación que
existe entre una clase campesina libre y acomodada y una buena infantería. “Para
el poder y la conducta del Reino era de una importancia asombrosa que los
arriendos guardasen Las proporciones debidas, para poner a los hombres capaces a
salvo de la miseria y vincular una gran parte de las tierras del Reino en
posesión de la yeornanry o de gentes de posición intermedia entre Las de los
nobles y los caseros (cottagers) y mozos de labranza. Pues los más competentes
en materia guerrera opinan unánimemente que la fuerza primordial de un ejército
reside en la infantería o pueblo de a pie. Y, para disponer de una buena
infantería, hay que contar con gente que no se haya criado en la servidumbre ni
en la miseria, sino en la libertad y con cierta holgura. Por eso, cuando un
estado se inclina casi exclusivamente a la aristocracia y a los señores
distinguidos, considerando a los campesinos y labradores como simples gentes de
trabajo o mozos de labranza, incluso como caseros, es decir, como mendigos
alojados, ese estado podrá tener una buena caballería, pero jamás tendrá una
infantería resistente. Así lo vemos en Francia y en Italia y en algunas otras
comarcas extranjeras, donde en realidad no hay más que nobles y campesinos
míseros hasta tal punto, que se ven obligados a emplear como batallones de
infantería bandas de suizos a sueldo y otros elementos por el estilo, y así se
explica que estas naciones tengan mucho pueblo y pocos soldados.” (The Reign of
Henry VII, etc. Verbatim reprint from Kennet's England, ed. 1719, Londres, 5
Tomás Moro habla en su Utopía, de un país maravilloso en que “las ovejas devoran
a los hombres”. Utopía,
trad. de Robinson, ed. Arbor, Londres, 1869, p. 41 1870, p. 308.
7 Dr. Hunter, Public Health.
Seventh Report, 1864, p. 134.
“La cantidad de tierra que se
asignaba (en las antiguas leyes) se consideraría hoy excesiva para simples
obreros y más bien apropiada para convertirlos en pequeños colonos (farmers).”
(George Roberts, The Social
History of the People of the Southerrí Countíes of England in past centaries,
Londres, 1856, pp. 184 y 185.)
8 ,”El derecho de los pobres a
participar de los diezmos eclesiásticos se halla reconocido en la letra de todas
las leyes.” (Tuckett, A
History of the Past and Present State of Labouring Population, t. II, pp. 804 y
805.)
9 Williana Cobbett, A History of
the Protestant Reformation, p.471
10 Ley del año 16 del reinado de
Carlos I. (Ed.)
11 El “espíritu” protestante se
revela, entre otras cosas, en lo siguiente. En el sur de Inglaterra se juntaron
a cuchichear diversos terratenientes y colonos ricos y decidieron someter a la
reina diez preguntas acerca de la exacta interpretación de la ley de
beneficencia, preguntas que hicieron dictaminar por un jurista famoso de la
época, Sergeant Snigge (nombrado más tarde juez, bajo Jacobo I). Pregunta
novena: Algunos colonos ricos de la parroquia han cavilado un ingenioso plan,
cuya ejecución podría evitar todas las complicaciones a que puede dar lugar la
aplicación de la ley. Se trata de construir en la parroquia una cárcel, negando
el derecho al socorro a todos los pobres que no accedan a recluirse en ella. Al
mismo tiempo, se notificará a los vecinos que si quieren alquilar pobres de esta
parroquia envíen un determinado día sus ofertas, bajo sobre cerrado, indicando
el precio último a que los tomarían. Los autores de este plan dan por supuesto
que en los condados vecinos hay personas reacias al trabajo y que no disponen de
fortuna ni de crédito para arrendar una finca o comprar un barco, no pudiendo,
por tanto, vivir, sin trabajar (“so as to live without labour”). Estas personas
podrían sentirse tentadas a hacer a la parroquia ofertas ventajosísimas. Si
alguno que otro pobre se enfermara o muriese bajo la tutela de quien le
contratase, la culpa sería de éste, pues la parroquia habría cumplido ya con su
deber para con el pobre en cuestión. No tememos, sin embargo, que la vigente ley
no permita ninguna medida de precaución (prudential measure) de esta clase: pero
hacemos constar que los demás freeholders [campesinos libres, no sujetos al
régimen feudal] de este condado y de los inmediatos se unirán a nosotros para
impulsar a sus diputados en la Cámara de los Comunes a que repongan una ley que
autorice la reclusión y los trabajos forzados de los pobres, de modo que nadie
que se niegue a ser recluido tenga derecho a solicitar socorro. Confiamos en que
esto hará que las personas que se encuentren en mala situación se abstengan de
reclamar “ayuda” (“wíll prevent persons in distress from wanting relief”).
(R. Blackey, The History of
Political literature from the earliest times, Londres, 1855, t. II, pp. 84 y
85.) En Escocia, la
servidumbre fue abolida varios siglos más tarde que en Inglaterra. Todavía en
1698, declaraba en el parlamento escocés Fletscher, de Saltoun: “Se calcula que
el número de mendigos que circulan por Escocia no baja de 200,000. El único
remedio que yo, republicano por principio, puedo proponer es restaurar el
antiguo régimen de la servidumbre de la gleba y convertir en esclavos a cuantos
sean incapaces de ganarse el pan.” Así lo refiere Eden, en The State of the Poor,
libro I. cap. 1, pp. 60 61. “La libertad de los campesinos engendra el
pauperismo. Las manufacturas y el comercio son los verdaderos progenitores de
los pobres de nuestra nación.” Edén,
como aquel republicano escocés por principio. sólo se olvida de una cosa: de que
no es precisamente la abolición de la servidumbre de la gleba, sino la abolición
de la propiedad del campesino sobre la tierra que trabaja la que le convierte en
proletario, unas veces, y otras veces en pobre. A las leyes de pobres de
Inglaterra corresponden en Francia, donde la expropiación se llevó a cabo de
otro modo, la Ordenanza de Moulins (1571) y el Edicto de 1656.
12 Mr. Rogers, aunque profesor,
por aquel entonces, de Economía política en la Universidad de Oxford, la cuna de
la ortodoxia protestante, subraya en su prólogo a la History of Agriculture la
pauperización de la masa del pueblo originada a consecuencia de la Reforma.
13 A letter to Sir T. C. Bunbury,
Brt.: On the High Price oí Provisions, By a Suffolk Gentleman, Ipswich, 1795, p.
4. Hasta el más fanático
defensor del régimen de arrendamientos, el autor de la Inquiry into the
Connection between the present Price of Provisions and the size of Farms,
Londres, 1773, p. 139. dice: “Lo que más vivamente lamento es la desaparición de
nuestra yeomanry aquella pléyade de hombres que eran los que en realidad
mantenían en alto la independencia de esta nación; y deploro que sus tierras
estén ahora en manos de aristócratas monopolizadores, arrendadas a pequeños
colonos, en condiciones tales que viven poco mejor que vasallos, teniendo que
someterse a una intimación en todas las coyunturas críticas.”
14 De la moral privada de este
héroe de la burguesía da fe, entre otras cosas, lo siguiente: “Las grandes
asignaciones de tierras hechas en Irlanda a favor de Lady Orkney son una prueba
pública de la afección del rey “y de la influencia de la dama. Los preciosos
servicios de Lady Orkney han consistido, al parecer, en foeda labiorum
ministeria.” (138a) (Tornado de la Sloane Manuscript Collection, que se conserva
en el Museo Británico, n. 4,224.
El manuscrito lleva por título: The
character and behavio of King William, Sunderland etc., as tepresented in
Original Letters to the Duke of Shrewsbury from Somers, Halifax Oxford,
Secretary Vernon, etc. Es
un manuscrito en el que abundan los datos curiosos.)
15 “La enajenación ilegal de los
bienes de la corona, vendiéndolos o regalándolos, forma un capítulo escandaloso
en la historia de Inglaterra una estafa gigantesca contra la nación (gigantic
fraud on the nation).” (F.
W. Newmann, Lectures on Political Economy, Londres, 1851, pp. 129 y 130.)
(El que quiera saber cómo
hicieron su fortuna los terratenientes ingleses de hoy día, podrá informarse
detalladamente consultando el Our old Nobility, by Noblesse Oblige, Londres,
1878). (F. E.)
16 Léase, por ejemplo, el
panfleto de E. Burke sobre la casa ducal de Bedford, cuyo vástago es Lord John
Russell, “the tomtit of liberalism”(139).
17 “Los colonos prohiben a los
cottagers (caseros) mantener a ninguna otra criatura viviente, so pretexto de
que, si criasen ganado o aves, robarían alimento del granero para cebarlas.
Además, piensan que mantener a los cottagers en la pobreza equivale a hacerlos
más trabajadores. Pero la verdadera realidad es que de este modo los colonos
usurpan el derecho íntegro sobre los terrenos comunales.”
(A Political Enquiry into the
Consequences of enclosing Waste Lands, Londres, 1785, p. 75.)
18 Eden. The State of the Poor,
prólogo [XVII y XIX]
19 “Capital–farms” (Two Letters on
the Flour Trade and the Dearness of Corn. By a Person in Business, Londres,
1767, pp. 19 y 20.)
20 “Merchant–farms”, An Enquiry
into the Present High Price of Provisions, Londres, 1767, p. 11, nota.
Esta obra excelente, publicada
como anónima, tenía por autor al Rev. Nathaniel Forster
21 Thomas Wright, A short address
to the Public on the Monopoly of large farms,
1779, pp. 2 y 3.
22 Rev. Addington, An Inquiry into
the Reasons for and against enclosing openfields, Londres, 1772, pp. 37–43 ss.
23 Dr. R. Price, Observations on
Reversionary Payments, t. II, p. 155.
Léase a Forster, Acidington, Kent,
Price y James Anderson y compárese luego con la pobre charlatanería de sicofante
de MacCulloch. en su catálogo titulado The Literature of Polítical Economy,
Londres, 1845.
24 Dr. R. Price, Observations,
etc., t. II, p. 147 [148]
25 Observations, etc., p. 159.
Recuérdese lo ocurrido en la antigua Roma: “Los ricos se habían adueñado de la
mayor parte de los terrenos comunes. Confiándose a las circunstancias, en la
seguridad de que éstas no habían de arrebatarles nada, compraron a los pobres
las parcelas situadas en las inmediaciones de sus propiedades, unas veces
contando con su voluntad y otras veces arrebatándoselas por la fuerza. De este
modo, sus fincas fueron convirtiéndose en extensísimos dominios. Para labrarlos
y para cuidar en ellos de la ganadería, tenían que acudir a los servicios de los
esclavos, pues los hombres libres eran arrebatados del trabajo para dedicarlos a
la guerra. Además, la posesión de esclavos les producía grandes ganancias, pues
éstos, libres del cuidado de la guerra, podían procrear y multiplicarse a sus
anchas. De este modo, los poderosos fueron apoderándose de toda la riqueza, y
todo el país era un hervidero de esclavos. En cambio, los itálicos diezmados por
la pobreza, los tributos y la guerra, eran cada vez menos. Además, en las épocas
de paz veíanse condenados a una total pasividad, pues las tierras estaban en
manos de los ricos y éstos empleaban en la agricultura a esclavos y no a hombres
libres.” (Apiano, Las guerras civiles en Roma, 1, 7.) Este pasaje se refiere a
la época anterior a la Ley Licinia. El servicio militar, que tanto aceleró la
ruina de la plebe romana, fue también el medio principal de que se valió
Carlomagno para fomentar, como plantas en estufa, la transformación de los
campesinos alemanes libres en siervos y vasallos.
26 An Inquiry into the Connection
between the present Price of Provisions, etc., pp. 124
y 129. En términos parecidos,
aunque con tendencia opuesta, “los obreros son arrojados de sus cottages y se
ven obligados a buscar trabajo en la ciudad; pero, gracias a esto, se obtiene un
remanente mayor y se incrementa el capital”.
(The Perita of the Nation, 2° ed.
Londres, 1843, p. XIV.
27 “A king of England might as well
claim to drive all his subjects into the sea.”
(F. W. Newman, Lectures on
Political Economy, p. 132.)
28 Steuart dice: “La renta de
estas comarcas [aplica equivocadamente la categoría económica de “renta” al
tributo abonado por los tashmen (vasallos) al jefe del clan] es insignificante,
comparada con su extensión, pero, respecto al número de personas que sostiene
una hacienda, puede tal vez asegurarse que un pedazo de tierra en la montaña de
Escocia mantiene a diez veces más personas que un terreno del mismo valor en las
provincias más ricas.”(
Works, t. I, cap. XVI p. 104.)
29 James Anderson, Observations on
the means of exciting a spirit of National Industry, etc., Edimburgo, 1774
30 En 1860, se exportó al Canadá,
con falsas promesas, a los campesinos violentamente expropiados de sus tierras.
Algunos huyeron a la montaña y a las islas más próximas. Perseguidos por la
policía, le hicieron frente y lograron escapar.
31 En la montaña –dice en 1814
Buchanan, el comentador de A. Smith–, se transforma por la fuerza diariamente,
el antiguo régimen de propiedad. El terrateniente, sin preocuparse para nada de
los que llevan la tierra en arriendo hereditario [otra categoría mal aplicada]
la ofrece al mejor postor, y si éste quiere mejorarla (improve) introduce
inmediatamente un nuevo sistema de cultivo. La tierra, antes sembrada. de
pequeños labradores, estaba poblada en proporción a lo que producía; bajo el
nuevo sistema de cultivos mejorados y mayores rentas, se procura obtener la
mayor cantidad posible de fruto con el menor costo, para lo cual se eliminan los
brazos inútiles. Los expulsados del campo natal buscan su sustento en las
ciudades fabriles, etc.”
(David Buchanan, Observations on, etc. A. Smith's Wealth of Nations, Edimburgo,
1814, t. IV, p. 144.) “Los
aristócratas escoceses han expropiado a multitud de familias, como podrían
arrancar las malas hierbas, han tratado a aldeas enteras y a su población como
los indios tratan, en su venganza, a las guaridas de las bestias salvajes. Se
sacrifica a un hombre por un borrego, por un guisado de cordero o por menos aún.
Cuando la invasión de las provincias del norte de China, se propuso en el
Consejo de los Mongoles exterminar a los habitantes y convertir sus tierras en
pastos. Estas orientaciones son las que hoy siguen, en su propio país y contra
sus propios paisanos, muchos terratenientes de la alta Irlanda.”
(George Ensor, An Inquiry
concerning the Population of Nations, Londres, 1818. pp. 215 y 216.)
32 Cuando la actual condesa de
Sutherland recibió en Londres, con gran pompa, a Mrs. Beceber–Stowe, la autora
de Uncle Tom's Cabin, para hacer gala de sus simpatías hacía los esclavos negros
de Norteamérica –cosa que, al igual que sus hermanas de aristocracia se abstuvo
prudentemente de hacer durante la guerra civil, en que todos los corazones
ingleses “nobles” latían por los esclavistas–, expuse yo en la New York Tribune
la situación de los esclavos de Sutherland. (Algunos pasajes de este artículo
fueron recogidos por Carey, en su obra The Slave Trade, Londres, 1853, pp. 202 y
203.) Mi artículo fue reproducido por un periódico escocés, y provocó una bonita
polémica entre este periódico y los sicofantes de los Sutherland.
33 Datos interesantes sobre este
asunto del pescado se encuentran en la obra Portfolio, New Series, de Mr. David
Urquhart. Nassau W. Senior, en su obra póstuma citada más arriba, llama al
“procedimiento seguido en Sutherlandshire” “una de las limpias (clearings) más
beneficiosas de que guarda recuerdo el hombre” (Journals, Conversations and
Essays relating to Ireland, Londres, 1868.)
34 Los “deer forests” de Escocia
no tienen ni un solo árbol. Se retiran las ovejas, se da suelta a los ciervos
por las montañas peladas, y a este coto se le llama “deer forest”. De modo que
aquí no se plantan ¡ni siquiera árboles!
35 Robert Somers, Letters from the
High1ands; or the Famine of 1847, Londres, 1848, pp. 12–28 ss.
Estas cartas se publicaron
primeramente en el “Times”. Los economistas ingleses, naturalmente, explican la
epidemia de hambre desatada entre los escoceses en 1847 por su, superpoblación.
Desde luego, no puede negarse que los hombres “pesaban” sobre sus víveres. El
“Clearing of Estates” o “asentamientos de campesinos”, como lo llaman en
Alemania, se hizo sentir de un modo especial, en este país, después de la guerra
de Treinta años, y todavía en 1790 provocó en el electorado de Sajonia
insurrecciones campesinas. Este método imperaba principalmente en el este de
Alemania. En la mayoría
de las provincias de Prusia, fue
Federico II el primero que garantizó a los campesinos el derecho de propiedad.
Después de la conquista de Silesia, obligó a los terratenientes a restaurar las
chozas, los graneros, etc., y a dotar a las posesiones campesinas de ganado y
aperos de labranza. Necesitaba soldados para su ejercito y contribuyentes para
su erario. Por lo demás, si queremos saber cuán agradable era la vida que
llevaba el campesino bajo el caos financiero de Federico II y su mezcolanza
gubernativa de despotismo, feudalismo y burocracia, no tenemos más que fijarnos
en el pasaje siguiente de su admirador Mirabeau: “El lino representa, pues, una
de las mayores riquezas del campesino del norte de Alemania. Sin embargo para
desdicha del género humano, en vez de ser un camino de bienestar, no es más que
un alivio contra la miseria. Los impuestos directos, las prestaciones personales
y toda clase de contribuciones arruinan al campesino alemán, que, por si esto
fuera poco, tiene que pagar además impuestos indirectos por todo lo que compra.
Y, para que su ruina sea completa, no puede vender sus productos donde y como
quiera, ni es libre tampoco para comprar donde le vendan más barato. Todas estas
causas contribuyen a arruinarle insensiblemente, y a no ser por los hilados no
podría pagar los impuestos directos a su vencimiento; los hilados le brindan una
fuente auxiliar de ingresos, permitiéndole emplear útilmente a su mujer y a sus
hijos, a sus criadas y criados y a él mismo. Pero, a pesar de esta fuente
auxiliar de ingresos, ¡qué penosa vida la suya! Durante el verano trabaja como
un forzado, labrando la tierra y recogiendo la cosecha; se acuesta a las nueve y
se levanta a las dos, para poder dar cima a su trabajo; en invierno parece que
debiera reponer sus fuerzas con un descanso mayor, pero si tuviese que vender el
fruto para pagar los impuestos, le faltaría el pan y la simiente. Para tapar
este agujero no tiene más que un camino: hilar, hilar sin sosiego ni descanso.
He aquí, cómo en invierno el campesino tiene que acostarse a las doce o la una y
levantarse a las cinco o las seis, o acostarse a las nueve para levantarse a las
dos, y así un día y otro, y otro, fuera de los domingos. Este exceso de vela y
trabajo agota al campesino, y así se explica que en el campo hombres y mujeres
envejezcan mucho más prematuramente que en la ciudad.” (Mirabeau, De la
Monarchie Prusienne, t. III, pp. 212 ss.)
Adición a la 2° ed. En abril de
1866, a los dieciocho años de publicarse la obra antes citada de Robert Somers,
el profesor Leone Levi pronunció en la Society of Arts una conferencia sobre la
transformación de los terrenos de pastos en cotos de caza, en la que describe
los progresos de la devastación en las montañas de Escocia. En esta conferencia
se dice, entre otras cosas: “La despoblación y la transformación de las tierras
de labor en simples terrenos de pastos brindaban el más cómodo de los medios
para percibir ingresos sin hacer desembolsos.
Convertir los terrenos de pastos
en deer forests se hizo práctica habitual en la montaña. Las ovejas tienen que
ceder el puesto a los animales de caza, como antes los hombres habían tenido que
dejar el sitio a las ovejas. Se puede ir andando desde las posesiones del conde
de Dalhousie, en Forfarshire, hasta John o'Groats sin dejar de pisar en monte.
En muchos (de estos montes) se han aclimatado el zorro, el gato salvaje, la
marta, la garduña, la comadreja y la liebre de los Alpes; en cambio, el conejo,
la ardilla y el ratón han penetrado en ellos desde hace muy poco tiempo.
Extensiones inmensas de tierra, que en la estadística de Escocia figuran como
pastos de excepcional fertilidad y amplitud, se cubren de maleza, privados de
todo cultivo y de toda mejora, dedicados pura y exclusivamente a satisfacer el
capricho de la caza de unas cuantas personas durante unos pocos días en todo el
año.” El Economist londinense de 2 de junio de 1866 dice: “Un periódico escocés
publicaba la semana pasada, entre otras novedades, la siguiente: “Uno de los
mejores pastos de Sutherlandshire, por el que hace poco, al caducar el contrato
de arriendo vigente, se ofrecieron 1.200 libras esterlinas de renta anual, ¡va a
transformarse en deer forest!” Vuelven a manifestarse los instintos feudales
como en aquellos tiempos en que los conquistadores normandos arrasaron 36 aldeas
para levantar sobre sus ruinas el New Forest. Dos millones de acres, entre los
cuales se contaban algunas de las comarcas más feraces de Escocia, han sido
íntegramente devastados. La hierba de Glen Tilt tenía fama de ser una de las más
nutritivas del condado de Perth; el deer forest de Ben Aulder había sido el
mejor terreno de pastos del vasto distrito de Badenoch; una parte del Black
Mount forest era el pasto más excelente de Escocia para ovejas de hocico negro.
Nos formaremos una idea de las proporciones que han tomado, los terrenos
devastados para entregarlos al capricho de la caza, teniendo en cuenta que estos
terrenos ocupan una extensión mayor que todo el condado de Perth. Para calcular
la pérdida de fuentes de producción que esta devastación brutal supone para el
país, diremos que el suelo ocupado hoy por el forest de Ben Aulder podía
alimentar a 15,000 ovejas, y que este terreno sólo representa 1/30 de toda la
extensión cubierta en Escocia por los cotos de caza. Todos estos vedados de caza
son absolutamente improductivos lo mismo hubiera dado hundirlos en las
profundidades del mar del Norte. El puño de la ley debiera dar al traste con
estos páramos o desiertos improvisados.”
36 0 sea, ley del año 27 del
reinado de Enrique VIII. La cifra que aparece en segundo lugar en las citas
siguientes, es el número de orden de la ley dictada en el año correspondiente de
cada reinado. (Ed.)
37 S = Slave, esclavo, en inglés.
(Ed.)
38 El actor del Essay on Trade,
etc. (1770), escribe: “Bajo el reinado de Eduardo VI, los ingleses parecen
haberse preocupado seriamente de fomentar las manufacturas y dar trabajo a los
pobres. Así lo indica un notable estatuto, en el que se ordena que todos los
vagabundos sean marcados con el hierro candente, etc.” (Ob. c., p. 8.)
39 Dice Tomás Moro, en su Utopía:
“Y así ocurre que un glotón ansioso e insaciable, verdadera peste de su comarca,
puede juntar miles de acres de tierra y cercarlos con una empalizada o un
vallado, o mortificar de tal modo, a fuerza de violencias e injusticias, a sus
poseedores, que éstos se vean obligados a vendérselo todo. De un modo o de otro,
doblen o quiebren, no tienen más remedio que abandonar el campo, ¡pobres almas
cándidas y míseras! Hombres, mujeres, maridos, esposas, huérfanos, viudas
llorosas con sus niños de pecho en brazos, pues la agricultura reclama muchos.
Allá van, digo, arrastrándose lejos de los lugares familiares y acostumbrados,
sin encontrar reposo en parte alguna; la venta de todo su ajuar, aunque su valor
no sea grande, algo habría dado en otras circunstancias; pero, lanzados de
pronto al arroyo, ¿qué han de hacer sino malbaratarlo todo? Y después que han
vagado hasta comer el último céntimo, ¿qué remedio sino robar para luego ser
colgados, ¡vive Dios!, con todas las de la ley, o echarse a pedir limosna? Mas
también en este caso van a dar con sus huesos a la cárcel, como vagabundos, por
andar por esos mundos de Dios rondando sin trabajar; ellos, a quienes nadie da
trabajo, por mucho que se esfuercen en buscarlo.” “Bajo el reinado le Enrique
VIII fueran ahorcados 72,000 ladrones grandes y pequeño(Holínshed, Description
of England, t. I. p. 186). pobres fugitivos de éstos, de quienes Tomás Moro dice
que se veían obligados a robar para comer. En tiempo de Isabel, los “vagabundos
eran atados en fila; sin embargo, apenas pasaba un año sin que muriesen en la
horca 300 o 400”. (Strype,
Annals of the Reformation and Establishment of Religion, and other Various
Occurrences in the Church of England during Queen Elisabetb's Happy Reign, 2 ed.
1725, t. II.) Según el
mismo Strype, en Somersetsbíre fueron ejecutadas, en un solo año, 40 personas,
35 marcadas con el hierro candente, 37 apaleadas y 183 “facinerosos
incorregibles” puestos en libertad. Sin embargo, añade el autor, “con ser
grande, esta cifra de personas acusadas no incluye 1/5 de los delitos
castigados, gracias a la negligencia de los jueces de paz y a la necia
misericordia del pueblo”. Y agrega: “Los demás condados de Inglaterra no salían
mejor parados que Somersetshire: muchos, todavía peor.”
40 “Siempre que la ley intenta
zanjar las diferencias existentes entre los patronos (masters) y sus obreros, lo
hace siguiendo los consejos de los patronos”, dice A. Smith. “El espíritu de las
leyes es la propiedad”, escribe Linguet.
41 Sophisms of Free Trade, by a
Barrister, Londres, 1850, p. 206.
Y añade, maliciosamente:
“Nosotros hemos estado siempre dispuestos, cuando de ayudar al patrono se
trataba. ¿No se podrá ahora hacer algo por el obrero?”
42 De una cláusula del estatuto 2
Jacobo I, c. 6, se infiere que ciertos fabricantes de paños se arrogaban el
derecho a imponer oficialmente la tarifa de jornales en sus propios talleres,
como jueces de paz. En Alemania, abundaban, naturalmente, los estatutos
encaminados a mantener bajos los jornales, sobre todo después de la Guerra de
los Treinta años. "En las comarcas deshabitadas, los señores padecían mucho de
la penuria de criados y obreros. A todos los vecinos del pueblo les estaba
prohibido alquilar habitaciones a hombres y mujeres solteros, y todos estos
huéspedes debían ser puestos en conocimiento de la autoridad y encarcelados caso
de que no accedieran a entrar a servir de criados, aun cuando viviesen de otra
ocupación, trabajando para los campesinos por un jornal o tratando incluso con
dinero y en granos. (Privilegios y Sanciones imperiales para Silesia, I, 125.)
Durante todo un siglo, escuchamos en los decretos de los regentes amargas quejas
acerca de esa chusma maligna y altanera que no quiere someterse a las duras
condiciones del trabajo ni conformarse con el salario legal; a los señores se
les prohibe abonar más de lo que la autoridad del país señala en una tasa. Y,
sin embargo, las condiciones del servicio son, después de la guerra, mejores
todavía de lo que habían de ser cien años más tarde, en 1652, los criados, en
Silesia, comían aún carne dos veces por semana, mientras que ya dentro de
nuestro siglo había distritos silesianos en que sólo se comía carne tres veces
al año. Los jornales, después de la guerra, eran también más elevados de lo que
habían de serlo en los siglos siguientes." (G. Freytag.)
43 El artículo I de esta ley dice
así: "Como una de las bases de la Constitución francesa es la abolición de toda
clase de asociaciones de ciudadanos del mismo estado y profesión, se prohíbe
restaurarlas con cualquier pretexto o bajo cualquier forma." El artículo IV
declara que si "ciudadanos de la misma profesión, industria u oficio se
confabulan y ponen de acuerdo para rehusar conjuntamente el ejercicio de su
industria o trabajo o no prestarse a ejercerlo más que por un determinado
precio, estos acuerdos y confabulaciones serán considerados como contrarios a la
Constitución y como atentatorios a la libertad y a los Derechos del Hombre,
etc."; es decir, como delitos contra el estado, lo mismo que en los antiguos
estatutos obreros. (Révolutions de Paris, París, 1791, t. VIII, p. 523.)
44 Buchez et Roux, Histoire
Parlamentaire, t. X, p. [193s] 195.
45 "Arrendatarios –dice Harrison,
en su Description of England– a quienes antes resultaba gravoso pagar 4 libras
esterlinas de renta, pagan hoy 40, 50 y hasta 100 libras, y aún creen que han
hecho un mal negocio si al expirar su contrato de arriendo no han puesto aparte
seis o siete años de renta."
46 Sobre los efectos que tuvo la
depreciación del dinero en el siglo XVI para las diversas clases de la sociedad
versa A Compendious or Brief Examination of Certain Ordinary Complaints of
Diverse of our Countrymen in these our Days, by W. S., Gentleman, Londres, 1851.
La forma dialogada de esta obra hizo que durante mucho tiempo se le atribuyese a
Shakespeare, bajo cuyo nombre se reeditó todavía en 1751. Su autor es William
Stafford. En uno de los pasajes de la obra, el Caballero (Knight) razona así:
Caballero: "Vos, mi vecino, el
labriego, y vos, señor tendero, y vos, maestro herrero, y como vos los demás
artesanos, todos os defendéis a maravilla. No tenéis más que subir, a medida que
las cosas encarecen, los precios de vuestras mercancías y actividades, cuando
las revendáis. Pero nosotros no tenemos nada que vender para poder subir su
precio y compensar así la carestía de las cosas que nos vemos obligados a
compran." En otro pasaje, el Caballero pregunta al Doctor: "Os ruego me digáis
qué grupos de gentes son esos a que os referís. Y, ante todo, cuáles, en vuestra
opinión, no experimentarán con esto ninguna pérdida." –Doctor: "Me refiero a
todos los que viven de comprar y vender, pues si compran caro, venden caro
también." –Caballero: "¿Cuál es el segundo grupo que, según vos, sale
ganancioso?" –Doctor: "Muy sencillo, el de todos aquellos que llevan en arriendo
tierras o granjas para su cultivo pagando la renta antigua, pues si pagan en
moneda antigua, venden en moneda nueva: es decir, que pagan por su tierra muy
poco y venden caro lo que sacan de ella." –Caballero: "¿Y cuál es, a vuestro
juicio, el grupo que sale perdiendo más de lo que estos ganan?" –Doctor: "El de
todos los nobles, caballeros (noblemen, gentlemen) y demás personas que viven de
una renta fija o de un estipendio, que no trabajan (cultivan) ellos mismos sus
tierras o no se dedican a comprar y vender."
47 En Francia, el régisseur, el
encargado de administrar y cobrar los tributos adeudados al señor feudal durante
la temprana Edad Media, se convierte pronto en un homme d'affaires que, a fuerza
de chantages, estafas y otros recursos por el estilo, va trepando hasta escalar
el rango de capitalista, A veces estos régisseurs eran también aristócratas. Un
ejemplo: "Entrega esta cuenta el señor Jacques de Thoraisse, noble preboste de
Besancon, el señor que en Dijon lleva las cuentas del señor Conde y Duque de
Borgoña sobre las rentas adeudadas a dicho señorío desde el 25 de diciembre de
1359 hasta el 28 día de diciembre de l360." (Alexis Monteil, Traité de Matériaux
manuscrits, etc., t. I, pp. 234 s.) Aquí vemos ya cómo en todas las esferas de
la vida social es el intermediario quien se embolsa la mayor parte del botín. En
la esfera económica, por ejemplo, son el financiero, el bolsista, los
comerciantes. los tenderos, los que se quedan con la mejor parte: en los
pleitos, se alza con la cosecha el abogado, en política, el diputado es más que
sus electores, el ministro más que el soberano; en el mundo de la religión, Dios
es relegado a segundo plano por los "profetas" y éstos, a su vez, por los
sacerdotes, mediadores imprescindibles entre el buen pastor y sus ovejas. En
Francia, lo mismo que en Inglaterra, los grandes dominios feudales estaban
divididos en un sinnúmero de pequeñas explotaciones, pero en condiciones
incomparablemente más perjudiciales para la población campesina. En el
transcurso del siglo XIV surgieron las granjas, fermes o terriers. Su número iba
incesantemente en aumento, y llegó a rebasar el de 100.000. Abonaban al señor
una renta, en dinero o en especie, que oscilaba entre la 12ª o la 5ª parte de
los frutos. Los terriers eran feudos, subfeudos, etc. (fiefs, arrière–fiefs),
según el valor y extensión de los dominios, algunos de los cuales sólo medían
unas cuantas arpents. Todos estos terriers poseían, en mayor o menor grado,
jurisdicción propia sobre sus moradores; había cuatro grados de jurisdicción.
Fácil es imaginarse cuánta sería la opresión del pueblo campesino bajo este
sinnúmero de pequeños tiranos. Monteil dice que por aquel entonces funcionaban
en Francia 160,000 tribunales de justicia, donde hoy bastan 4,000 (incluyendo
los jueces de paz).
48 En sus Notions de Philosophie
Naturelle, París, 1838.
49 Punto éste en el que insiste
Sir James Steuart.
50 "Os concederé –dice el
capitalista– el honor de servirme, a condición de que me indemnicéis,
entregándome lo poco que os queda, el sacrificio que hago al mandar sobre
vosotros." (J. J. Rousseau, Discours sur l´Economie Politique [Ginebra, 1760, p.
70].)
51 Mirabeau, De la Monarchie
Prusienne, t. III, pp. 20–109 ss. El hecho de que Mirabeau considere también a
los talleres diseminados como más rentables y productivos que los "reunidos", no
viendo en éstos más que plantas de estufa sostenidas artificialmente con la
ayuda del estado, se explica por la situación en que entonces se encontraban una
gran parte de las manufacturas del continente;
52 "Veinte libras de lana
convertidas insensiblemente en vestidos para el uso de un año de una familia
obrera, elaboradas por ella misma en el tiempo que los trabajos le dejan libre,
no es para causar asombro. Pero llevad la lana al mercado, enviadla a la
fábrica, luego al corredor, enseguida al comerciante, y tendréis grandes
operaciones comerciales y un capital nominal invertido en una cuantía que
representa veinte partes de su valor. Así se explota a la clase obrera, para
mantener en pie una población fabril depauperada, una clase parasitaria de
fabricantes y un sistema ficticio de comercio, de dinero y de finanzas." (David
Urquhart, Familiar Words, p. 120.)
53 Con la única excepción de la
época de Cromwell. Mientras duró la república, la masa del pueblo inglés salió,
en todas sus capas, de la degradación en que se había hundido bajo los Tudor.
54 Tuckett afirma que la gran
industria lanera brota de las verdaderas manufacturas y de la destrucción de la
manufactura rural o casera, con la introducción de la maquinaria. (Tuckett, A
History, etc., t. I pp. 139–143 y 144.) "El arado y el yugo fueron invención de
dioses y ocupación de héroes: ¿acaso la lanzadera, el huso y el telar tienen un
origen menos noble? Si separáis la rueca y el arado, el huso y el yugo, ¿qué
obtenéis? Fábricas y asilos, crédito y pánicos, dos naciones enemigas, la
agrícola y la comercial." (David Urquhart, Familiar Words, p. 122.) Pero he aquí
que viene Carey y acusa a Inglaterra, seguramente con razón, de querer convertir
a todos los demás países en simples pueblos de agricultores, reservándose ella
el papel de fabricante. Y afirma que de este modo se arruinó a Turquía, pues "a
los poseedores y cultivadores de la tierra no se les consentía jamás (por
Inglaterra) fortalecerse mediante la alianza natural entre el arado y el telar,
entre el martillo y la grada". (The Slave Trade, p. 125.) Según él, el propio
Urquhart fue uno de los principales responsables de la ruina de Turquía, donde,
en interés de Inglaterra, propagó el librecambio. Lo mejor del caso es que Carey
–que, dicho sea de paso, es un gran lacayo de los rusos–, pretende impedir por
medio del proteccionismo ese proceso de diferenciación que el proteccionismo no
hace más que acelerar.
55 Los economistas filantrópicos
ingleses, como Mill, Rogers, Goldwin, Smith, Fawcett, etc., y los fabricantes
liberales, como John Bright y consortes, preguntan a los aristócratas rurales
ingleses, como Dios a Caín por su hermano Abel: ¿Qué se ha hecho de nuestros
miles de propietarios libres (free holders)? Pero, ¿de dónde habéis salido
vosotros? De la aniquilación de esos free holders. ¿Por qué no preguntáis qué se
ha hecho, de los tejedores, los hilanderos y los artesanos independientes?
56 La palabra industrial se
emplea aquí por oposición a agrícola. En un sentido "categórico", el
arrendatario es tan capitalista industrial como el fabricante.
67 The Natural and Artificial
Rights of Property Contrasted, Londres, 1832, pp. 98 y 99.
El autor de esta obra anónima es
Th. Hodgskin.
58 Todavía en 1794, los pequeños
fabricantes de paños de Leeds enviaron una diputación al parlamento solicitando
una ley que prohibiese a todos los comerciantes convertirse en fabricantes.
(Dr. Aikin, Description,
etc.)
59 William Howitt, Colonization and
Christianity. A Popular History of the Treatmen of the Natives by the Europeans
in all their Colonies, Londres, 1838, p. 9.
Acerca del trato dado a los
esclavos, puede verse una buena compilación en Charles Comte, Traité de la
Legislation, 3 ed., Bruselas, 1837. Conviene estudiar en detalle estos asuntos,
para ver en qué es capaz de convertirse el burgués y en qué convierte a sus
obreros, allí donde le dejan moldear el mundo libremente a su imagen y
semejanza.
60 Thomas Stamford Raffles, más
tarde Governor of Java, Java and its dependencies, Londres, 1817.
61 Departamento colonial inglés.
(Ed.)
62 En el año 1866 murieron de
hambre en una sola provincia, en Orissa, más de un millón de indios. Y todavía
se procuraba enriquecer al erario con los precios a que se les vendían víveres a
los hambrientos.
63 William Cobbett observa que en
Inglaterra todos los establecimientos públicos se denominan "reales". En justa
compensación, tenemos la deuda "nacional" (national debt).
64 "Si los tártaros invadiesen
hoy Europa, resultaría difícil hacerles comprender lo que es entre nosotros un
financiero." Montesquieu, Esprit des lois, t. IV, p. 33, ed., Londres, 1767.
65 "Pourquoi aller chercher si
loin la cause de l'éclat manufacturier de la Saxe avant la guerre?
Cent quatre–vingt millions de
dettes faîtes par les souverains!" Mirabeau, De la Monarchie Prusienne, t. VI,
p. 101.
66 Eden, The State of the Poor, t.
II, cap. I. pp, 420, 421 y 422.
67 John Fielden, The Curse of the
factory System, pp. 5 y 6. Sobre las infamias cometidas en sus orígenes por el
sistema fabril, véase doctor Aikin 1795), Description of the Country from 30 to
40 miles around Manchester, p. 219, y Gisborne, Enquiry into duties of men,
1795, t. II. Como la
máquina de vapor retiró a las fábricas de la orilla de los ríos, trayéndolas del
campo al centro de la ciudad, el forjador de plusvalía, siempre dispuesto a
"sacrificarse", no necesitaba ya que le expidiesen los esclavos a la fuerza de
los asilos, pues tenía el material infantil más a mano. Cuando Sir R. Peel
(padre del "ministro de la plausibilidad") presentó en 1815 su ley de protección
de la infancia, F. Horner (lumen del Bullion–Comité e íntimo amigo de Ricardo)
declaró, en la Cámara de los Comunes: "Es público y notorio que, al subastarse
los efectos de un industrial quebrado, se sacó a pública subasta y se adjudicó
una banda, si se le permitía esta expresión, de niños fabriles, como parte
integrante de su propiedad. Hace dos años (en 1813) se planteó ante el King's
Bench un caso repugnante de éstos. Se trataba de un cierto número de muchachos
que una parroquia de Londres había cedido a un fabricante, el cual, a su vez,
los traspasó a otro. Por fin, algunas personas caritativas los encontraron,
completamente famélicos (absolute famine). Pero, a conocimiento suyo, como vocal
de la Comisión parlamentaria de investigación, había llegado otro caso más
repugnante todavía. Hace no muchos años, una parroquia de Londres y un
fabricante de Lancashire habían hecho un contrato, en que se estipulaba que el
segundo aceptaría, por cada veinte niños sanos, un idiota."
68 En 1790, en las Indias
Occidentales inglesas había 10 esclavos por cada hombre libre; en las Indias
francesas, 14; en las holandesas, 23.
(Henry Brougham, An Inquiry into
the Colonial Policy of the European Powers.
Edimburgo, 1803, t. II, p. 74.
69 La expresión "labouring poor"
aparece en las leyes inglesas desde el mismo instante en que adquiere notoriedad
la clase de los obreros asalariados. Los "labouring poor" Se distinguen, de una
parte, de los "idle poor", de los mendigos, etc., y, de otra parte, de los
obreros que todavía no han sido completamente desplumados, ya que son
propietarios de sus instrumentos de producción. De la ley, la expresión de "labouring
poor" pasó a la economía política, desde Culpeper, J. Child, etc., hasta A.
Smith y Eden. Júzguese, pues, de la bonne foi del "execrable political
cantmonger" Edmund Burke, cuando dice que el término de "labouring poor" no es
más que "execrable political cant". Este sicofante, que, a sueldo de la
oligarquía inglesa, se hizo pasar por romántico frente a la revolución francesa
exactamente lo mismo que antes, al estallar los disturbios de Norteamérica, se
había hecho pasar por liberal frente a la oligarquía inglesa a sueldo de las
colonias norteamericanas, no era más que un vulgar burgués. "Las leyes del
comercio son leyes de la naturaleza y, por consiguiente, leyes de Dios." (E.
Burke, Thoughts and Details on Scarcity, pp. 31 y 32.) Nada tiene, pues, de
extraño que él, fiel a las leyes de Dios y de la naturaleza, se vendiese siempre
al mejor postor. En las obras del rev. Tucker –Tucker era cura y tory, pero
fuera de esto, una persona decente y un buen economista– encontramos una
magnífica caracterización de este Edmundo Burke, durante su época liberal. Dada
la infame versatilidad que hoy impera y que profesa el más devoto de los cultos
a "las leyes del comercio", no hay más remedio que sacar a la vergüenza pública
a todos los Burkes, los cuales sólo se distinguen de sus imitadores por una
cosa: el talento.
70 Marie Augier, Du Crédit Public
[París, 1842, p. 265].
71 "El capital (dice el Quarterly
Reviewer) huye de los tumultos y las riñas y es tímido por naturaleza. Esto es
verdad, pero no toda la verdad. El capital tiene horror a la ausencia de
ganancia o a la ganancia demasiado pequeña, como la naturaleza tiene horror al
vacío. Conforme aumenta la ganancia, el capital se envalentona. Asegúresele un
10 por 100 y acudirá adonde sea; un 20 por 100, y se sentirá ya animado; con un
50 por 100, positivamente temerario; al 100 por 100, es capaz de saltar por
encima de todas las leyes humanas; el 300 por 100, y no hay crimen a que no se
arriesgue aunque arrostre el patíbulo. Si el tumulto y las riñas suponen
ganancia, allí estará el capital encizañándolas. Prueba: el contrabando y la
trata de esclavos." (P. J. Dunning, Trade–Unions, etc., p. 36.)
72 "Nos hallamos en una situación
totalmente nueva en la sociedad. Aspiramos a separar toda clase de propiedad de
toda clase de trabajo." (Sismondi, Nouveaux Principes de l'Economie Politique,
t. II, p. 434.)
73 "Los progresos de la
industria, cuyo agente ciego y pasivo es la burguesía, hacen que el aislamiento
de los obreros por la concurrencia sustituya en unión revolucionaria por la
asociación. Por eso, conforme avanza la gran industria, la burguesía siente
vacilar bajo sus pies el terreno sobre el que produce y se apropia lo producido.
La burguesía produce, ante todo, a sus propios enterradores. Su ruina y el
triunfo del proletariado son igualmente inevitables". De todas, las clases que
hoy se enfrentan con la burguesía, no hay más clase verdaderamente
revolucionaria que una: el proletariado. Las demás clases agonizan y perecen con
la gran industria, el proletariado es el producto más genuino de ésta. Las
clases medias, el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el
campesino: todos luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su
existencia como clases medias.; son reaccionarias, pues se empeñan en volver
atrás la rueda de la historia." (Carlos Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido
Comunista, Londres, l848, pp. 9 y 11.)
CAPÍTULO XXV
LA MODERNA TEORÍA DE LA
COLONIZACIÓN
La economía política confunde
fundamentalmente dos clases harto distintas de propiedad privada: la que se basa
en el trabajo personal del productor y la que se funda sobre la explotación del
trabajo ajeno. Olvida que la segunda no sólo es la antítesis directa de la
primera, sino que, además, florece siempre su tumba.
En el occidente de Europa, cuna
de la economía política, el proceso de la acumulación originaria se halla ya,
sobre poco mas o menos, terminado. En estos países, el régimen capitalista ha
sometido directamente a su imperio toda la producción nacional, o, por lo menos,
allí donde las cosas no están todavía lo bastante maduras, controla
indirectamente las capas sociales con él coexistentes, capas caducas y
pertenecientes a un régimen de producción anticuado. El economista aplica a este
mundo moldeado del capital las ideas jurídicas y de propiedad correspondientes
al mundo precapitalista con tanta mayor unción y con un celo tanto más
angustioso, cuanto más patente es la disonancia entre su ideología y la
realidad.
En las colonias, la cosa cambia.
Aquí, el régimen capitalista tropieza por todas partes con el obstáculo del
productor que, hallándose en posesión de sus condiciones de trabajo, prefiere
enriquecerse él mismo con su trabajo a enriquecer al capitalista. En las
colonias, se revela prácticamente, en su lucha, el antagonismo de estos dos
sistemas económicos diametralmente opuestos. Cuando el capitalista se siente
respaldado por el poder de la metrópoli, procura quitar de en medio por la
fuerza el régimen de producción y apropiación basado en el propio trabajo. El
mismo interés que en la metrópoli mueve al sicofante del capital, al economista,
a presentar teóricamente el régimen capitalista de producción como lo contrarío
de lo que en realidad es, le lleva aquí, en las colonias, "to make a clean
breast of it", proclamando abiertamente el antagonismo de ambos sistemas de
producción. Para ello, se detiene a demostrar cómo el desarrollo de la fuerza
social productiva del trabajo, la cooperación, la división del trabajo, la
aplicación de la maquinaria en gran escala, etc., son irrealizables sin la
previa expropiación de los obreros y la consiguiente transformación de sus
medios de producción en capital. Llevado del interés por la llamada riqueza
nacional, se echa a buscar los medios más eficaces para producir la pobreza
popular. Aquí, su coraza apologética va cayendo trozo a trozo, como yesca
podrida.
El gran mérito de E. G. Wakefield
no está en haber descubierto nada nuevo sobre las colonías,
sino en haber descubierto en las colonias la verdad sobre el
régimen capitalista de la metrópoli. Así como el sistema proteccionista tendía,
en sus origenes, a la fabricación
de capitalistas en la metrópoli, la teoría de la colonización de Wakefield, que
Inglaterra se esforzó durante algún tiempo en aplicar legislativamente, aspira a
la fabricación de obreros asalariados en las colonias. A esto es a lo que él
llama "systematic colonization" (colonización sistemática).
En primer lugar, Wakefield
descubre en las colonias que no basta que una persona posea dinero, medios de
vida, máquinas y otros medios de producción, para que se le pueda considerar
como capitalista, si le falta el complemento: el obrero asalariado, el otro
hombre obligado a venderse voluntariamente. y descubre que el capital no es una
cosa, sino una relación social entre personas a las que sirven de vehículo las
cosas. Mr. Peel –clama ante
nosotros Wakefield– transportó de Inglaterra al Swan River, en Nueva Holanda,
medios de vida y de producción por valor de 50,000 libras esterlinas. Fue lo
suficientemente previsor para transportar además 3,000 individuos de la clase
trabajadora, hombres, mujeres y niños. Pero, apenas llegó la expedición al lugar
de destino, "Peel se quedó sin un criado para hacerle la cama y subirle agua del
río". ¡Pobre Mr
Para la mejor comprensión de los
demás descubrimientos de Wakefield, haremos dos aclaraciones previas. Sabemos ya
que los medios de producción y de vida, cuando pertenecen en propiedad al
productor inmediato, no constituyen capital. Sólo se convierten en capital
cuando concurren las condiciones necesarias para que funcionen como medios de
explotación y avasallamiento del trabajador. Pero en el cerebro del economista,
esta alma capitalista que hoy albergan se halla tan íntimamente confundida con
su sustancia, que los clasifica siempre como capital, aunque sean precisamente
todo lo contrario. Así le pasa a Wakefield. Otra aclaración: a la diseminación
de los medios de producción como propiedad individual de muchos obreros,
independientes los unos de los otros y que trabajan por su cuenta, la llama
división igualitaria del capital. Al economista le sucede como al jurista
feudal, que seguía pegando etiquetas jurídicas propias del feudalismo a
relaciones que eran ya puramente monetarias.
"Si el capital –dice Wakefield–
se distribuyese por partes iguales entre todos los individuos de la sociedad,
nadie tendría interés en acumular más capital del que pudiese emplear por sí
mismo. Así acontece, hasta cierto punto, en las nuevas colonias de América,
donde la pasión de la propiedad de la tierra impide que exista una clase de
obreros asalariados. Por eso,
mientras el obrero pueda acumular para sí, como puede hacerlo mientras conserva
la propiedad de sus medios de producción, la acumulación capitalista y el
régimen capitalista de producción serán imposibles. Falta la clase de los
obreros asalariados, indispensable para ello. ¿Cómo se consiguió en la vieja
Europa expropiar al obrero de sus condiciones de trabajo, creando por tanto el
trabajo asalariado y el capital? Por medio de un contrato social originalísimo.
"La humanidad adoptó un método muy sencillo para fomentar la acumulación del
capital", que, naturalmente, se le venía antojando desde los tiempos de Adán,
como el fin único y decisivo de la existencia del hombre; "se dividió en dos
grupos: el de los que se apropiaron el capital y el de los que se apropiaron el
trabajo. Esta división fue el fruto de un acuerdo y una combinación
espontáneos". Dicho en otros
términos: la masa de la humanidad se expropió a sí misma en aras de la
"acumulación del capital". Podría creerse que el instinto de este fanatismo de
sacrificio y renunciación debió desbordarse sobre todo en las colonias, único
sitio en que concurren hombres y circunstancias capaces de transportar un
contrato social de este tipo del reino de las nubes al terreno de la realidad.
¿Para qué, entonces, nos preguntaremos, la "colonización sistemática" que se
preconiza, en vez de confiarse a la colonización espontánea y natural? Pero,
pero. "En los estados norteamericanos del Norte, es dudoso que pertenezca a la
categoría de obreros asalariados ni una décima parte de la población. En
Inglaterra la gran masa del pueblo está formada por obreros asalariados.
Y el instinto que lleva a la humanidad trabajadora a expropiarse a
sí misma en aras del capital es algo tan quimérico, que la única base natural y
espontánea de la riqueza colonial es, según el propio Wakefield, la esclavitud.
La colonización sistemática que él propone no es más que un pis aller (145a),
por tener que tratar con hombres libres en vez de entendérselas con esclavos.
"Los primeros colonizadores españoles de Santo Domingo no disponían de obreros
llevados de España. Sin obreros (es decir, sin esclavitud), el capital habría
perecido o habría quedado reducido, por lo menos, a las pequeñas proporciones en
que cada cual puede emplearlo por sí mismo. Y esto fue, en efecto, lo que
ocurrió en la última colonia fundada por los ingleses, donde se perdió por falta
de obreros asalariados un gran capital de simientes, ganado e instrumentos y
donde hoy ningún colono posee apenas más capital que el que él mismo puede
invertir.
Como veíamos, al expropiar de la
tierra a la masa del pueblo se sientan las bases para el régimen capitalista de
producción. La característica esencial de una colonia libre consiste, por el
contrario, en que en ella la inmensa mayoría de la tierra es todavía propiedad
del pueblo, razón por la cual cada colono puede convertir en propiedad privada y
medio individual de producción una parte de ella, sin cerrar el paso a los que
vengan detrás. He aquí el secreto
del esplendor de las colonias y, al mismo tiempo, del cáncer que las devora: la
resistencia que ponen a la aclimatación del capital. "Allí donde la tierra es
muy barata y todos los hombres son libres, donde todo el mundo puede, si lo
desea, obtener un pedazo de tierra para sí, el trabajo no sólo es muy caro, por
lo que a la participación del obrero en su producto se refiere, sino que la
dificultad está en obtener trabajo combinado a ningún precio.
Como en las colonias no se ha
impuesto todavía o sólo se ha abierto paso de un modo esporádico o con un margen
de acción reducido el divorcio entre el trabajador y sus condiciones de trabajo,
con su raíz, la tierra, no existe tampoco el divorcio entre la agricultura y la
industria, no se ha destruido todavía la industria doméstico–rural, y, siendo
así, ¿dónde va a encontrar el capital su mercado interior? "Ninguna parte de la
población de América es exclusivamente agrícola, exceptuados los esclavos y sus
propietarios. que combinan el capital y el trabajo en grandes obras. Los
americanos libres, que cultivan la tierra por sí mismos, emprenden al mismo
tiempo muchas otras ocupaciones. Una parte de los muebles y herramientas que
emplean son, generalmente, de fabricación propia. Muchas veces, construyen ellos
mismos sus casas y llevan al mercado, por alejado que esté, los productos de su
propia industria. Son hilanderos y tejedores, fabrican jabón y bujías, se
confeccionan el calzado y la ropa para su uso. En América, la agricultura es,
con frecuencia, la ocupación accesoria del herrero, del molinero o del tendero.
Con gentes tan extravagantes, ¿cómo va a manifestarse el espíritu
de "renunciación" a favor del capitalista?
Lo maravilloso de la producción
capitalista es que no sólo reproduce constantemente al obrero asalariado como
tal obrero asalariado, sino que además crea una superpoblación relativa de
obreros asalariados proporcionada siempre a la acumulación del capital. De este
modo, se mantiene dentro de sus justos cauces la ley de la oferta y la demanda
de trabajo, las oscilaciones de salarios se ajustan a los límites que convienen
a la explotación capitalista; y, finalmente, se asegura la indispensable
subordinación social del obrero al capitalista, una relación de supeditación
absoluta, que el economista, dentro de casa, en la metrópoli, puede convertir,
mintiendo a boca llena, en una libre relación contractual entre comprador y
vendedor, entre dos poseedores igualmente independientes de mercancías: el
poseedor de la mercancía capital y de la mercancía trabajo. En las colonias,
esta hermosa mentira se cae por su base. Aquí, la población absoluta crece con
mucha más rapidez que en la metrópoli, pues vienen al mundo muchos trabajadores
en edad adulta, y a pesar de ello, el mercado de trabajo se halla siempre vacío.
La ley de la oferta y la demanda de trabajo se viene a tierra. De una parte, el
viejo mundo lanza constantemente a estos territorios capitales ávidos de
explotación y apetentes de espíritu de renunciamiento; de otra parte, la
reproducción normal de los obreros asalariados como tales obreros asalariados,
tropieza con los más burdos obstáculos, algunos de ellos invencibles. ¡Y no
digamos la producción de obreros asalariados sobrantes a tono con la acumulación
del capital! El obrero asalariado de hoy se convierte mañana en campesino o
artesano independiente, que trabaja por cuenta propia. Desaparece del mercado de
trabajo, pero no precisamente para entrar al asilo. Esta transformación
constante de obreros asalariados en productores independientes, que en vez de
trabajar para el capital trabajan para sí mismos y procuran enriquecerse ellos
en vez de enriquecer al señor capitalista, repercute, a su vez, de una manera
completamente perjudicial en la situación del mercado de trabajo. No es sólo que
el grado de explotación del obrero asalariado sea indecorosamente bajo; es que,
además, éste pierde, al desaparecer el lazo de subordinación, el sentido de
sumisión al generoso capitalista. De ahí provienen todos los males que nuestro
buen E. G. Wakefield pinta con tanta honradez y con tintas tan elocuentes y
conmovedoras.
La oferta de trabajo asalariado,
gime este autor, no es constante, ni regular, ni eficiente. "Es continuamente,
no sólo pequeña, sino insegura.
"Aunque el producto que ha de repartirse entre el trabajador y el capitalista
es grande, el trabajador se queda con una parte tan considerable, que se
convierte enseguida en capitalista. En cambio, son muy pocos los que, aunque
vivan más de lo normal, pueden acumular grandes masas de riqueza.
Los trabajadores no permiten, sencillamente, que el capitalista
renuncie a pagarles la parte mayor de su trabajo. Y aunque sea muy astuto e
importe de Europa, a la par con su capital, sus obreros asalariados, esto no le
sirve de nada. Enseguida dejan de ser obreros asalariados, para convertirse
ávidamente en labradores independientes e incluso en competidores de sus
antiguos dueños en el mismo mercado de trabajo.
¡Qué espanto! ¡Resulta que el honrado capitalista importa de
Europa, con dinero de su bolsillo, a sus propios competidores! ¿Quién puede
resistir a esto? Nada tiene, pues, de extraño que Wakefield se queje de la falta
de disciplina y de sentido de sumisión de los obreros de las colonias. En las
colonias, donde rigen salarios elevados, dice Merivale, discípulo de Wakefield,
existe un ansia apasionada de trabajo barato y sumiso, de una clase a la que el
capitalista puede dictarle las condiciones, en vez de someterse a las que ella
le imponga. En los países viejos y civilizados, el obrero, aunque libre, se
halla sometido por ley natural al capitalista; en las colonias, no hay más
remedio que crear esta sumisión aplicando remedios artificiales.
¿Y cuál es, según Wakefield, la
consecuencia de este mal reinante en las colonia!? Un "sistema bárbaro de
dispersión" de los productores y de la riqueza nacional.
El desperdigamiento de los medios de producción entre innumerables
propietarios que trabajan por cuenta propia destruye, con la centralización del
capital, toda posibilidad de trabajo combinado. Todas las empresas a larga
vista, que se desarrollan en el transcurso de varios años y exigen inversión de
capital fijo, tropiezan con obstáculos para su ejecución. En Europa, el capital
no vacila ni un solo instante, pues cuenta con el accesorio viviente de la clase
obrera, que aquí existe siempre en abundancia, siempre al alcance de la mano.
Pero, ¡en los países coloniales! Wakefield relata con anécdota altamente
dolorosa. Tuvo ocasión de hablar con algunos capitalistas de Canadá y del Estado
de Nueva York, donde además el flujo de la inmigración se paraliza con
frecuencia, dejando un sedimento de obreros "sobrantes". "Teníamos
‑suspira
uno de los personajes del melodrama
dispuesto el capital para
una serie de operaciones cuya ejecución exige un período considerable de tiempo;
pero, ¿íbamos a lanzarnos a estas operaciones con obreros de quienes sabíamos
que nos dejarían plantados a la primera oportunidad? Sí hubiéramos tenido la
certeza de poder. asegurar el trabajo de estos inmigrantes, nos habríamos
apresurado a contratarlos con mucho gusto, y a un precio elevado. Más todavía,
aun estando seguros de que habríamos de perderlos, los habríamos contratado, de
tener la seguridad de poder contar con nuevos obreros a medida que los
necesitásemos.
Después de contrastar
pomposamente la agricultura capitalista inglesa y las ventajas de su trabajo
"combinado con el desperdigado régimen agrícola de América", al autor se le
olvida el reverso de la medalla. Pinta el bienestar, la independencia, el
espíritu emprendedor y la relativa cultura de la masa del pueblo americano, nos
dice que "el obrero agrícola inglés es un mísero desarrapado (a miserable wretch),
un mendigo. ¿En qué país, fuera de Norteamérica y algunas nuevas colonias, los
jornales de los obreros libres que trabajan en el campo rebasan en proporciones
dignas de mención el nivel de los medios estrictamente indispensables de vida
del obrero?. Es indiscutible que en Inglaterra se alimenta mucho mejor a los
caballos de labor, como propiedad estimada que son, que al bracero del campo".
Pero, never mind! (), no en vano la riqueza nacional se
identifica, por naturaleza, con la pobreza popular.
Ahora bien; ¿cómo curar el cáncer
anticapitalista que corroe las colonias? Si se fuera a convertir de golpe en
propiedad privada toda la tierra que hoy es propiedad del pueblo, se destruiría,
indudablemente, la raíz del mal, pero se destruirán también las colonias. La
gracia está en matar dos pájaros de un tiro. ¿Cómo? No hay más que asignar a la
tierra virgen, por decreto del gobierno, un precio independiente de la ley de la
oferta y la demanda, un precio artificial, que obligue a los inmigrantes a
trabajar a jornal durante mayor espacio de tiempo, si quieren reunir el dinero
necesario para comprar tierra y
convertirse en labradores independientes. El fondo que se formaría con la venta
de los terrenos a un precio relativamente inasequible para los obreros; es
decir, el fondo de dinero que se arrancaría a su salario, violando la sacrosanta
ley de la oferta y la demanda, podría ser invertido por el gobierno, al mismo
tiempo, a medida que se incrementase, en exportar a las colonias a los
desarrapados de Europa, con lo cual los señores capitalistas tendrían siempre
abarrotado su mercado de jornaleros. Conseguido esto, tout sera pour le mieux
dans le meilleur des mondes possibles. He aquí el gran secreto de la
"colonización sistemática". "Con este plan –exclaman Wakefield, dándose aires de
triunfo–, la oferta de trabajo será forzosamente regular y constante, en primer
lugar, como ningún obrero podría comprar tierra antes de haber reunido con su
trabajo el dinero necesario, todos los obreros inmigrantes, trabajando
combinadamente a jornal producirían a sus patronos capital para dar empleo a más
trabajo, en segundo lugar, todo el que colgase los hábitos de obrero para
convertirse en propietario aseguraría, por el hecho mismo de comprar tierra, un
fondo para transportar trabajo fresco a las colonias." Naturalmente,
el precio que se señale a la tierra por imperio del Estado habrá de ser un
precio "suficiente" (sufficient price), es decir, lo suficientemente alto para
"que el obrero se vea en la imposibilidad de convertirse en agricultor
independiente antes de que vengan otros a cubrir su vacante en el mercado de
trabajo."
Esto
que el autor llama "precio suficiente" no es más que un eufemismo para expresar
lo que en realidad es: el rescate que el obrero abona al capitalista porque éste
le permita retirarse del mercado de trabajo a cultivar su tierra. Primero, tiene
que producir al señor capitalista "capital" para que éste pueda explotar a más
obreros y después poner un "suplente" en el mercado de trabajo, suplente que el
gobierno, a costa suya, se encarga de expedir a su antiguo señor patrono por la
vía marítima.
Es altamente significativo que el
gobierno inglés haya puesto en práctica durante largos años este método de
"acumulación originaria", recetado expresamente por Mr. Wakefield para uso de
países coloniales. El fiasco fue, naturalmente, tan vergonzoso como el de la ley
bancaria de Mr. Peel. Sólo se consiguió desviar la corriente de emigración de
las colonias inglesas a los Estados Unidos. Los progresos hechos por la
producción capitalista en Europa, unidos a la creciente presión del gobierno,
han venido a hacer inútil, entretanto, la receta de Wakefield. De una parte, la
inmensa y continua avalancha humana que se ve empujada todos los años hacia
América, deja en el este de los Estados Unidos sedimentos intermitentes, pues la
ola de emigración de Europa lanza a masas humanas sobre aquel mercado de
trabajo, con celeridad mayor que aquella con que la ola de emigración hacia el
occidente puede absorberlas. De otra parte, la guerra civil ha dejado en
Norteamérica la herencia de una gigantesca deuda nacional, con su consiguiente
agobio de impuestos, la creación de la más vil de las aristocracias financieras,
el regalo de una parte inmensa de los terrenos públicos a sociedades de
especuladores para la explotación de ferrocarriles, minas, etc.; en una palabra,
la más veloz centralización del capital. La gran república americana ha dejado,
pues, de ser la tierra de promisión de los emigrantes obreros. La producción
capitalista avanza aquí a velas desplegadas, aunque la baja de salarios y la
sumisión del obrero al patrono no hayan llegado todavía, ni con mucho, al nivel
normal de Europa. Aquel despilfarro descarado de las tierras coloniales
regaladas por el gobierno inglés a aristócratas y capitalistas y que Wakefield
denunciaba en voz tan alta, ha creado, sobre todo en Australia,
unido a la corriente humana de inmigración atraída por los Gold-Diggings
y a la competencia que la importación de mercancías inglesas hace hasta al más
modesto artesano, una "superpoblación obrera relativa" en cantidad suficiente;
por eso, apenas hay correo que no traiga a Europa el triste mensaje del
abarrotamiento del mercado de trabajo australiano –"glut of the Australian
labour market"–, y por eso también hay en Australia sitios en que la
prostitución florece con tanta exuberancia como en el Haymarket de Londres.
Pero, aquí, no nos proponíamos
tratar de la situación de las colonias. Lo único que nos interesaba era el
secreto descubierto en el nuevo mundo por la economía política del vicio y
proclamado sin recato: el régimen capitalista de producción y acumulación, y por
tanto, la propiedad privada capitalista, exigen la destrucción de la propiedad
privada nacida del propio trabajo, es decir, la expropiación del trabajador.
FIN