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EL PORVENIR DE
UNA ILUSIÓN
Por Sigmund
Freud
1927
I
TODO aquel que ha
vivido largo tiempo dentro de una determinada cultura y se ha planteado
repetidamente el problema de cuáles fueron los orígenes y la trayectoria
evolutiva de la misma, acaba por ceder también alguna vez a la tentación de
orientar su mirada en sentido opuesto y preguntarse cuáles serán los destinos
futuros de tal cultura y por qué avatares habrá aún de pasar. No tardamos, sin
embargo, en advertir que ya el valor inicial de tal investigación queda
considerablemente disminuido por la acción de varios factores. Ante todo, son
muy pocas las personas capaces de una visión total de la actividad humana en sus
múltiples modalidades. La inmensa mayoría de los hombres se ha visto obligada a
limitarse a escasos sectores o incluso a uno solo. Y cuanto menos sabemos del
pasado y del presente, tanto más inseguro habrá de ser nuestro juicio sobre el
porvenir. Pero, además, precisamente en la formación de este juicio intervienen,
en un grado muy difícil de precisar, las esperanzas subjetivas individuales, las
cuales dependen, a su vez, de factores puramente personales, esto es, de la
experiencia de cada uno y de su actitud más o menos optimista ante la vida,
determinada por el temperamento, el éxito o el fracaso. Por último, ha de
tenerse también en cuenta el hecho singular de que los hombres viven, en
general, el presente con una cierta ingenuidad; esto es, sin poder llegar a
valorar exactamente sus contenidos. Para ello tienen que considerarlo a
distancia, lo cual supone que el presente ha de haberse convertido en pretérito
para que podamos hallar en él puntos de apoyo en que basar un juicio sobre el
porvenir.
Así, pues, al
ceder a la tentación de pronunciarnos sobre el porvenir probable de nuestra
cultura, obraremos prudentemente teniendo en cuenta los reparos antes indicados
al mismo tiempo que la inseguridad inherente a toda predicción. Por lo que a mí
respecta, tales consideraciones me llevarán a apartarme rápidamente de la magna
labor total y a refugiarme en el pequeño sector parcial al que hasta ahora he
consagrado mi atención, limitándome a fijar previamente su situación dentro de
la totalidad.
La cultura humana
-entendiendo por tal todo aquello en que la vida humana ha superado sus
condiciones zoológicas y se distingue de la vida de los animales, y desdeñando
establecer entre los conceptos de cultura y civilización separación alguna-; la
cultura humana; repetimos, muestra como es sabido, al observador dos distintos
aspectos. Por un lado, comprende todo el saber y el poder conquistados por los
hombres para llegar a dominar las fuerzas de la Naturaleza y extraer los bienes
naturales con que satisfacer las necesidades humanas, y por otro, todas las
organizaciones necesarias para regular las relaciones de los hombres entre sí y
muy especialmente la distribución de los bienes naturales alcanzables. Estas dos
direcciones de la cultura no son independientes una de otra; en primer lugar,
porque la medida en que los bienes existentes consienten la satisfacción de los
instintos ejerce profunda influencia sobre las relaciones de los hombres entre
sí; en segundo, porque también el hombre mismo, individualmente considerado,
puede representar un bien natural para otro en cuanto éste utiliza su capacidad
de trabajo o hace de él su objeto sexual. Pero, además, porque cada individuo es
virtualmente un enemigo de la civilización, a pesar de tener que reconocer su
general interés humano. Se da, en efecto, el hecho singular de que los hombres,
no obstante, serles imposible existir en el aislamiento, sienten como un peso
intolerable los sacrificios que la civilización les impone para hacer posible la
vida en común. Así, pues, la cultura ha de ser defendida contra el individuo, y
a esta defensa responden todos sus mandamientos, organizaciones e instituciones,
los cuales no tienen tan sólo por objeto efectuar una determinada distribución
de los bienes naturales, sino también mantenerla e incluso defender contra los
impulsos hostiles de los hombres los medios existentes para el dominio de la
Naturaleza y la producción de bienes. Las creaciones de los hombres son fáciles
de destruir, y la ciencia y la técnica por ellos edificada pueden también ser
utilizadas para su destrucción.
Experimentamos así
la impresión de que la civilización es algo que fue impuesto a una mayoría
contraria a ella por una minoría que supo apoderarse de los medios de poder y de
coerción. Luego no es aventurado suponer que estas dificultades no son
inherentes a la esencia misma de la cultura, sino que dependen de las
imperfecciones de las formas de cultura desarrolladas hasta ahora. Es fácil, en
efecto, señalar tales imperfecciones. Mientras que en el dominio de la
Naturaleza ha realizado la Humanidad continuos progresos y puede esperarlos aún
mayores, no puede hablarse de un progreso análogo en la regulación de las
relaciones humanas, y probablemente en todas las épocas, como de nuevo ahora, se
han preguntado muchos hombres si esta parte de las conquistas culturales merece,
en general, ser defendida. Puede creerse en la posibilidad de una nueva
regulación de las relaciones humanas, que cegará las fuentes del descontento
ante la cultura, renunciando a la coerción y a la yugulación de los instintos,
de manera que los hombres puedan consagrarse, sin ser perturbados por la
discordia interior, a la adquisición y al disfrute de los bienes terrenos. Esto
sería la edad de oro, pero es muy dudoso que pueda llegarse a ello. Parece, más
bien, que toda la civilización ha de basarse sobre la coerción y la renuncia a
los instintos, y ni siquiera puede asegurarse que al desaparecer la coerción se
mostrase dispuesta la mayoría de los individuos humanos a tomar sobre sí la
labor necesaria para la adquisición de nuevos bienes. A mi juicio, ha de
contarse con el hecho de que todos los hombres integran tendencias destructoras
-antisociales y anticulturales- y que en gran número son bastante poderosas para
determinar su conducta en la sociedad humana.
Este hecho
psicológico presenta un sentido decisivo para el enjuiciamiento de la cultura
humana. En un principio pudimos creer que su función esencial era el dominio de
la Naturaleza para la conquista de los bienes vitales y que los peligros que la
amenazan podían ser evitados por medio de una adecuada distribución de dichos
bienes entre los hombres. Mas ahora vemos desplazado el nódulo de la cuestión
desde lo material a lo anímico. Lo decisivo está en si es posible aminorar, y en
qué medida, los sacrificios impuestos a los hombres en cuanto a la renuncia a la
satisfacción de sus instintos, conciliarlos con aquellos que continúen siendo
necesarios y compensarles de ellos. El dominio de la masa por una minoría
seguirá demostrándose siempre tan imprescindible como la imposición coercitiva
de la labor cultural, pues las masas son perezosas e ignorantes, no admiten
gustosas la renuncia al instinto, siendo útiles cuantos argumentos se aduzcan
para convencerlas de lo inevitable de tal renuncia, y sus individuos se apoyan
unos a otros en la tolerancia de su desenfreno. Únicamente la influencia de
individuos ejemplares a los que reconocen como conductores puede moverlas a
aceptar aquellos esfuerzos y privaciones imprescindibles para la perduración de
la cultura. Todo irá entonces bien mientras que tales conductores sean personas
que posean un profundo conocimiento de las necesidades de la vida y que se hayan
elevado hasta el dominio de sus propios deseos instintivos. Pero existe el
peligro de que para conservar su influjo hagan a las masas mayores concesiones
que éstas a ellos, y, por tanto, parece necesario que la posesión de medios de
poder los haga independientes de la colectividad. En resumen: el hecho de que
sólo mediante cierta coerción puedan ser mantenidas las instituciones culturales
es imputable a dos circunstancias ampliamente difundidas entre los hombres: la
falta de amor al trabajo y la ineficacia de los argumentos contra las pasiones.
Sé de antemano la
objeción que se opondrá a estas afirmaciones. Se dirá que la condición que
acabamos de atribuir a las colectividades humanas, y en la que vemos una prueba
de la necesidad de una coerción que imponga la labor cultural, no es por sí
misma sino una consecuencia de la existencia de instituciones culturales
defectuosas que han exasperado a los hombres haciéndolos vengativos e
inasequibles. Nuevas generaciones, educadas con amor y en la más alta estimación
del pensamiento, que hayan experimentado desde muy temprano los beneficios de la
cultura, adoptarán también una distinta actitud ante ella, la considerarán como
su más preciado patrimonio y estarán dispuestas a realizar todos aquellos
sacrificios necesarios para su perduración, tanto en trabajo como en renuncia a
la satisfacción de los instintos. Harán innecesaria la coerción y se
diferenciarán muy poco de sus conductores. Si hasta ahora no ha habido en
ninguna cultura colectividades humanas de esta condición, ello se debe a que
ninguna cultura ha acertado aún con instituciones capaces de influir sobre los
hombres en tal sentido y precisamente desde su infancia.
Podemos
preguntarnos si nuestro dominio sobre la Naturaleza permite ya, o permitirá
algún día, el establecimiento de semejantes instituciones culturales, e
igualmente de dónde habrán de surgir aquellos hombres superiores, prudentes y
desinteresados que hayan de actuar como conductores de las masas y educadores de
las generaciones futuras. Puede intimidarnos la magna coerción inevitable para
la consecución de estos propósitos. Pero no podemos negar la grandeza del
proyecto ni su importancia para el porvenir de la cultura humana. Se nos muestra
basado en el hecho psicológico de que el hombre integra las más diversas
disposiciones instintivas, cuya orientación definitiva es determinada por las
tempranas experiencias infantiles. De este modo, los límites de la educabilidad
del hombre supondrán también los de la eficacia de tal transformación cultural.
Podemos preguntarnos si un distinto ambiente cultural puede llegar a extinguir,
y en qué medida, los dos caracteres de las colectividades humanas antes
señaladas que tanto dificultan su conducción. Tal experimento está aún por
hacer. Probablemente cierto tanto por ciento de la Humanidad permanecerá siempre
asocial, a consecuencia de una disposición patológica o de una exagerada energía
de los instintos. Pero si se consigue reducir a una minoría la actual mayoría
hostil a la cultura se habrá alcanzado mucho, quizá todo lo posible.
No quisiera
despertar la impresión de haberme desviado mucho del camino prescrito a mi
investigación y, por tanto, he de afirmar explícitamente que no me he propuesto
en absoluto enjuiciar el gran experimento de cultura emprendido actualmente en
el amplio territorio situado entre Europa y Asia. Carezco de conocimiento
suficiente de la cuestión y de capacidad para pronunciarme sobre sus
posibilidades, contrastar la educación de los métodos aplicados a estimar la
magnitud del abismo inevitable entre el propósito y la realización. Lo que allí
se prepara, inacabado aún, elude, como tal, una precisa observación, a la cual
ofrece, en cambio, rica materia nuestra cultura, consolidada hace ya largo
tiempo.
II
HEMOS pasado
inadvertidamente de lo económico a lo psicológico. Al principio nos inclinamos a
buscar el patrimonio cultural en los bienes existentes y en las instituciones
para su distribución. La conclusión de que toda cultura reposa en la imposición
coercitiva del trabajo y en la renuncia a los instintos, provocando, por
consiguiente, la oposición de aquellos sobre los cuales recaen tales exigencias,
nos hace ver claramente que los bienes mismos, los medios para su conquista y
las disposiciones para su distribución no pueden ser el contenido único, ni
siquiera el contenido esencial de la cultura, puesto que se hallan amenazados
por la rebeldía y el ansia de destrucción de los partícipes de la misma. Al lado
de los bienes se sitúan ahora los medios necesarios para defender la cultura;
esto es, los medios de coerción y los conducentes a reconciliar a los hombres
con la cultura y a compensarles sus sacrificios. Estos últimos medios
constituyen lo que pudiéramos considerar como el patrimonio espiritual de la
cultura.
Con objeto de
mantener cierta regularidad en nuestra nomenclatura, denominaremos interdicción
al hecho de que un instinto no pueda ser satisfecho, prohibición a la
institución que marca tal interdicción y privación al estado que la prohibición
trae consigo. Lo más inmediato será establecer una distinción entre aquellas
privaciones que afectan a todos los hombres y aquellas otras que sólo recaen
sobre grupos, clases o individuos determinados. Las primeras son las más
antiguas; con las prohibiciones en las que tienen su origen inició la cultura
hace muchos milenios el desligamiento del estado animal primitivo. Para nuestra
sorpresa hemos hallado que se mantienen aún en vigor, constituyendo todavía el
nódulo de la hostilidad contra la cultura. Los deseos instintivos sobre los que
gravitan nacen de nuevo con cada criatura humana. Existe una clase de hombres,
los neuróticos, en los que ya estas interdicciones provocan una reacción
asocial. Tales deseos instintivos son el incesto, el canibalismo y el homicidio.
Extrañará, quizá, ver reunidos estos deseos instintivos, en cuya condenación
aparecen de acuerdo todos los hombres, con aquellos otros sobre cuya permisión o
interdicción se lucha tan ardientemente en nuestra cultura, pero
psicológicamente está justificado. La actitud cultural ante estos más antiguos
deseos instintivos no es tampoco uniforme; tan sólo el canibalismo es
unánimemente condenado y, salvo para la observación psicoanalítica, parece haber
sido dominado por completo. La intensidad de los deseos incestuosos se hace aún
sentir detrás de la prohibición, y el homicidio es todavía practicado e incluso
ordenado en nuestra cultura bajo determinadas condiciones. Probablemente habrán
de sobrevenir nuevas evoluciones de la cultura, en las cuales determinadas
satisfacciones de deseos, perfectamente posibles hoy, parecerán tan inadmisibles
como hoy la del canibalismo.
Ya en estas más
antiguas renuncias al instinto interviene un factor psicológico que integra
también suma importancia en todas las ulteriores. Es inexacto que el alma humana
no haya realizado progreso alguno desde los tiempos más primitivos y que, en
contraposición a los progresos de la ciencia y la técnica, sea hoy la misma que
al principio de la Historia. Podemos indicar aquí uno de tales progresos
anímicos. Una de las características de nuestra evolución consiste en la
transformación paulatina de la coerción externa en coerción interna por la
acción de una especial instancia psíquica del hombre, el super-yo, que va
acogiendo la coerción externa entre sus mandamientos.
En todo niño
podemos observar el proceso de esta transformación, que es la que hace de él un
ser moral y social. Este robustecimiento del super-yo es uno de los factores
culturales psicológicos más valiosos. Aquellos individuos en los cuales ha
tenido efecto cesan de ser adversarios de la civilización y se convierten en sus
más firmes substratos. Cuanto mayor sea su número en un sector de cultura, más
segura se hallará ésta y antes podrá prescindir de los medios externos de
coerción. La medida de esta asimilación de la coerción externa varía mucho según
el instinto sobre el cual recaiga la prohibición.
En cuanto a las
exigencias culturales más antiguas, antes detalladas, parece haber alcanzado -si
excluimos a los neuróticos, excepción indeseada- una gran amplitud. Pero su
proporción varía mucho con respecto a los demás instintos. Al volver a ellos
nuestra vista, advertimos con sorpresa y alarma que una multitud de individuos
no obedece a las prohibiciones culturales correspondientes más que bajo la
presión de la coerción externa; esto es, sólo mientras tal coerción constituye
una amenaza real e ineludible. Así sucede muy especialmente en lo que se refiere
a las llamadas exigencias morales de la civilización, prescritas también por
igual a todo individuo. La mayor parte de las transgresiones de que los hombres
se hacen culpables lesionan estos preceptos. Infinitos hombres civilizados, que
retrocederían temerosos ante el homicidio o el incesto, no se privan de
satisfacer su codicia, sus impulsos agresivos y sus caprichos sexuales, ni de
perjudicar a sus semejantes con la mentira, el fraude y la calumnia cuando
pueden hacerlo sin castigo, y así viene sucediendo, desde siempre, en todas las
civilizaciones.
En lo que se
refiere a las restricciones que sólo afectan a determinadas clases sociales, la
situación se nos muestra claramente y no ha sido nunca un secreto para nadie. Es
de suponer que estas clases postergadas envidiarán a las favorecidas sus
privilegios y harán todo lo posible por libertarse del incremento especial de
privación que sobre ellas pesa. Donde no lo consigan, surgirá en la civilización
correspondiente un descontento duradero que podrá conducir a peligrosas
rebeliones. Pero cuando una civilización no ha logrado evitar que la
satisfacción de un cierto número de sus partícipes tenga como premisa la
opresión de otros, de la mayoría quizá -y así sucede en todas las civilizaciones
actuales-, es comprensible que los oprimidos desarrollen una intensa hostilidad
contra la civilización que ellos mismos sostienen con su trabajo, pero de cuyos
bienes no participan sino muy poco. En este caso no puede esperarse por parte de
los oprimidos una asimilación de las prohibiciones culturales, pues, por el
contrario, se negarán a reconocerlas, tenderán a destruir la civilización misma
y eventualmente a suprimir sus premisas. La hostilidad de estas clases sociales
contra la civilización es tan patente que ha monopolizado la atención de los
observadores, impidiéndoles ver la que latentemente abrigan también las otras
capas sociales más favorecidas. No hace falta decir que una cultura que deja
insatisfecho a un núcleo tan considerable de sus partícipes y los incita a la
rebelión no puede durar mucho tiempo, ni tampoco lo merece.
El grado de
asimilación de los preceptos culturales -o dicho de un modo popular y nada
psicológico: el nivel moral de los partícipes de una civilización- no es el
único patrimonio espiritual que ha de tenerse en cuenta para valorar la
civilización de que se trate. Ha de atenderse también a su acervo de ideales y a
su producción artística; esto es, a las satisfacciones extraídas de estas dos
fuentes.
Nos inclinaremos
demasiado fácilmente a incluir entre los bienes espirituales de una civilización
sus ideales; esto es, las valoraciones que determinan en ella cuáles son los
rendimientos más elevados a los que deberá aspirarse.
Al principio
parece que estos ideales son los que han determinado y determinan los
rendimientos de la civilización correspondiente, pero no tardamos en advertir
que, en realidad, sucede todo lo contrario; los ideales quedan forjados como una
secuela de los primeros rendimientos obtenidos por la acción conjunta de las
dotes intrínsecas de una civilización y las circunstancias externas, y estos
primeros rendimientos son retenidos ya por el ideal para ser continuados. Así,
pues, la satisfacción que el ideal procura a los partícipes de una civilización
es de naturaleza narcisista y reposa en el orgullo del rendimiento obtenido.
Para ser completa precisa de la comparación con otras civilizaciones que han
tendido hacia resultados distintos y han desarrollado ideales diferentes. De
este modo, los ideales culturales se convierten en motivo de discordia y
hostilidad entre los distintos sectores civilizados, como se hace patente entre
las naciones.
La satisfacción
narcisista, extraída del ideal cultural, es uno de tos poderes que con mayor
éxito actúan en contra de la hostilidad adversa a la civilización, dentro de
cada sector civilizado. No sólo las clases favorecidas que gozan de los
beneficios de la civilización correspondiente sino también las oprimidas
participan de tal satisfacción, en cuanto el derecho a despreciar a los que no
pertenecen a su civilización les compensa de las imitaciones que la misma se
impone a ellos. Cayo es un mísero plebeyo agobiado por los tributos y las
prestaciones personales, pero es también un romano, y participa como tal en la
magna empresa de dominar a otras naciones e imponerles leyes. Esta
identificación de los oprimidos con la clase que los oprime y los explota no es,
sin embargo, más que un fragmento de una más amplia totalidad, pues, además, los
oprimidos pueden sentirse efectivamente ligados a los opresores y, a pesar de su
hostilidad, ver en sus amos su ideal. Si no existieran estas relaciones,
satisfactorias en el fondo, sería incomprensible que ciertas civilizaciones se
hayan conservado tanto tiempo, a pesar de la justificada hostilidad de grandes
masas de hombres.
La satisfacción
que el arte procura a los partícipes de una civilización es muy distinta,
aunque, por lo general, permanece inasequible a las masas, absorbidas por el
trabajo agotador y poco preparadas por la educación. Como ya sabemos, el arte
ofrece satisfacciones sustitutivas compensadoras de las primeras y más antiguas
renuncias impuestas por la civilización al individuo -las más hondamente
sentidas aún-, y de este modo es lo único que consigue reconciliarle con sus
sacrificios. Pero, además, las creaciones del arte intensifican los sentimientos
de identificación, de los que tanto precisa todo sector civilizado, ofreciendo
ocasiones de experimentar colectivamente sensaciones elevadas. Por último,
contribuyen también a la satisfacción narcisista cuando representan el
rendimiento de una civilización especial y expresan en forma impresionante sus
ideales.
No hemos citado
aún el elemento más importante del inventario psíquico de una civilización. Nos
referimos a sus representaciones religiosas -en el más amplio sentido- o, con
otras palabras que más tarde justificaremos, a sus ilusiones.
III
EN qué consiste el
singular valor de las ideas religiosas?
Hemos hablado de
una hostilidad contra la civilización, engendrada por la presión que la misma
ejerce sobre el individuo, imponiéndole la renuncia a los instintos. Supongamos
levantadas de pronto a sus prohibiciones: el individuo podrá elegir como objeto
sexual a cualquier mujer que encuentre a su gusto, podrá desembarazarse sin
temor alguno de los rivales que se la disputen y, en general, de todos aquellos
que se interpongan de algún modo en su camino, y podrá apropiarse los bienes
ajenos sin pedir siquiera permiso a sus dueños. La vida parece convertirse así
en una serie ininterrumpida de satisfacciones. Pero en seguida tropezamos con
una primera dificultad. Todos los demás hombres abrigan los mismos deseos que
yo, y no han de tratarme con más consideración que yo a ellos. Resulta, pues,
que en último término sólo un único individuo puede llegar a ser ilimitadamente
feliz con esta supresión de las restricciones de la civilización: un tirano, un
dictador que se haya apoderado de todos los medios de poder, y aun para este
individuo será muy deseable que los demás observen, por lo menos, uno de los
mandamientos culturales: el de no matar.
Pero el hecho de
aspirar a una supresión de la cultura testimoniaría de una ingratitud manifiesta
y de una acusada miopía espiritual. Suprimida la civilización, lo que queda es
el estado de naturaleza, mucho más difícil de soportar. Desde luego, la
Naturaleza no impone la menor limitación a nuestros instintos y nos deja obrar
con plena libertad; pero, en último término, posee también su modo especial de
limitarnos: nos suprime, a nuestro juicio, con fría crueldad, y preferentemente
con ocasión de nuestras satisfacciones. Precisamente estos peligros, con los que
nos amenaza la Naturaleza, son los que nos han llevado a unirnos y a crear la
civilización que, entre otras cosas, ha de hacer posible la vida en común. La
función capital de la cultura, su verdadera razón de ser, es defendernos contra
la Naturaleza.
En algunos puntos
lo ha conseguido ya bastante y es de esperar que vaya lográndolo cada vez mejor;
pero nadie cae en el error de creer ya totalmente sojuzgada a la Naturaleza, y
sólo algunos se atreven a esperar que llegará un día en el cual quede sometida
por completo a los hombres. Están los elementos que parecen burlarse de toda
coerción humana: la tierra, que tiembla, se abre y sepulta a los hombres con la
obra de su trabajo; el agua, que inunda y ahoga; la tempestad, que destruye y
arruina, y las enfermedades, en las que sólo recientemente hemos reconocido los
ataques de otros seres animados; está, por último, el doloroso enigma de la
muerte, contra la cual no se ha hallado aún, ni se hallará probablemente, la
triaca. Con estas poderosas armas se alza contra nosotros la Naturaleza, magna,
cruel e inexorable, y presenta una y otra vez a nuestros ojos nuestra debilidad
y nuestra indefensión, a las que pretendíamos escapar por medio de la obra de la
cultura. Una de las pocas impresiones satisfactorias y elevadas que la Humanidad
nos procura es la de verla olvidar, ante una catástrofe natural, la
inconsistencia de su civilización, todas sus dificultades y sus disensiones
internas, y recordar la gran obra común, su conservación contra la prepotencia
de la Naturaleza.
Como para la
Humanidad en conjunto, también para el individuo la vida es difícil de soportar.
La civilización de la que participa le impone determinadas privaciones, y los
demás hombres le inflingen cierta medida de sufrimiento, bien a pesar de los
preceptos de la civilización, bien a consecuencia de la imperfección de la
misma, agregándose a todo esto los daños que recibe de la Naturaleza indominada,
a la que él llama el destino. Esta situación ha de provocar en el hombre un
continuo temor angustiado y una grave lesión de su narcisismo natural. Sabemos
ya cómo reacciona el individuo a los daños que le infiere la civilización o le
son causados por los demás: desarrolla una resistencia proporcional contra las
instituciones de la civilización correspondiente, cierto grado de hostilidad
contra la cultura. Pero, ¿cómo se defiende de los poderes prepotentes de la
Naturaleza, de la amenaza del destino?
La civilización
toma también a su cargo esta función defensora y la cumple por todos y para
todos en igual forma, dándose el hecho singular de que casi todas las
civilizaciones proceden aquí del mismo modo. No detiene en este punto su labor
de defender al hombre contra la Naturaleza, sino que la continúa con otros
medios. Esta función toma ahora un doble aspecto: el hombre, gravemente
amenazado, demanda consuelo, pide que el mundo y la vida queden libres de
espantos; pero, al mismo tiempo, su ansia de saber, impulsada, desde luego; por
decisivos intereses prácticos, exige una respuesta.
El primer caso es
ya una importante conquista. Consiste en humanizar la Naturaleza. A las fuerzas
impersonales, al destino, es imposible aproximarse; permanecen eternamente
incógnitas. Pero si en los elementos rugen las mismas pasiones que en el alma
del hombre, si la muerte misma no es algo espontáneo, sino el crimen de una
voluntad perversa; si la Naturaleza está poblada de seres como aquellos con los
que convivimos, respiraremos aliviados, nos sentiremos más tranquilos en medio
de lo inquietante y podremos elaborar psíquicamente nuestra angustia.
Continuamos acaso inermes, pero ya no nos sentimos, además, paralizados;
podemos, por lo menos, reaccionar e incluso nuestra indefensión no es quizá ya
tan absoluta, pues podemos emplear contra estos poderosos superhombres que nos
acechan fuera los mismos medios de que nos servimos dentro de nuestro círculo
social; podemos intentar conjurarlos, apaciguarlos y sobornarlos, despojándoles
así de una parte de su poderío. Esta sustitución de una ciencia natural por una
psicología no sólo proporciona al hombre un alivio inmediato, sino que le
muestra el camino por el que llega a dominar más ampliamente la situación.
Esta situación no
constituye, en efecto, nada nuevo. Tiene un precedente infantil, y no es, en
realidad, más que la continuación del mismo. De niños, todos hemos pasado por un
período de indefensión con respecto a nuestros padres -a nuestro padre, sobre
todo-, que nos inspiraba un profundo temor, aunque al mismo tiempo estábamos
seguros de su protección contra los peligros que por entonces conocíamos. Así,
no era difícil asimilar ambas situaciones, proceso en el cual hubo de intervenir
también, como en la vida onírica, el deseo. Cuando un presagio de muerte asalta
al durmiente y quiere hacerle asistir a su propio entierro, la elaboración
onírica sabe elegir las circunstancias en las cuales también este suceso tan
temido se convierte en la realización de un deseo, y el durmiente se ve en un
sepulcro etrusco, al que ha descendido encantado de poder satisfacer sus
curiosidades arqueológicas. Obrando de un modo análogo, el hombre no transforma
sencillamente las fuerzas de la Naturaleza en seres humanos, a los que puede
tratar de igual a igual -cosa que no correspondería a la impresión de
superioridad que tales fuerzas le producen-, sino que las reviste de un carácter
paternal y las convierte en dioses, conforme a un prototipo infantil, y también,
según hemos intentado ya demostrar en otro lugar, a un prototipo filogénico.
Andando el tiempo
surgen luego las primeras observaciones de la regularidad y la normatividad de
los fenómenos físicos, y las fuerzas naturales pierden sus caracteres humanos.
Pero la indefensión de los hombres continúa, y con ello perdura su necesidad de
una protección paternal y perduran los dioses, a los cuales se sigue atribuyendo
una triple función: espantar los terrores de la Naturaleza, conciliar al hombre
con la crueldad del destino, especialmente tal y como se manifiesta en la
muerte, y compensarle de los dolores y las privaciones que la vida civilizada en
común le impone.
Pero poco a poco
va desplazándose el acento dentro de estas funciones. Se observa que los
fenómenos naturales se desarrollan espontáneamente conforme a las leyes
internas, pero los dioses no dejan por ello de seguir siendo dueños y señores de
la Naturaleza: la han creado y organizado de esta suerte y pueden ya abandonarla
a sí misma. Sólo de cuando en cuando intervienen en su curso con algún milagro,
como para demostrar que no han renunciado a nada de lo que constituía su poder
primitivo. Por lo que respecta a la distribución de los destinos humanos,
perdura siempre una inquieta sospecha de que la indefensión y el abandono de los
hombres tienen poco remedio. En ese punto fallan enseguida los dioses, y si
realmente son ellos quienes marcan a cada hombre su destino, es de pensar que
sus designios son impenetrables. El pueblo mejor dotado de la antigüedad
vislumbró la existencia de un poder superior a los dioses -la moira-, y sospechó
que éstos mismos tenían marcados sus destinos. Cuanto más independiente se hace
la Naturaleza y más se retiran de ella los dioses, tanto más interesante van
concentrándose las esperanzas en derredor de la tercera de las funciones a ellos
encomendadas, llegando a ser así lo moral su verdadero dominio. De este modo, la
función encomendada a la divinidad resulta ser la de compensar los defectos y
los daños de la civilización, precaver los sufrimientos que los hombres se
causan unos a otros en la vida en común y velar por el cumplimiento de los
preceptos culturales, tan mal seguidos por los hombres. A estos preceptos mismos
se les atribuye un origen divino, situándolos por encima de la sociedad humana y
extendiéndolos al suceder natural y universal.
Se crea así un
acervo de representaciones, nacido de la necesidad de hacer tolerable la
indefensión humana, y formado con el material extraído del recuerdo de la
indefensión de nuestra propia infancia individual y de la infancia de la
Humanidad. Fácilmente se advierte que este tesoro de representaciones protege a
los hombres en dos direcciones distintas: contra los peligros de la Naturaleza y
del destino y contra los daños de la propia sociedad humana. Su contenido,
sintéticamente enunciado, es el siguiente: la vida en este mundo sirve a un fin
más alto, nada fácil de adivinar desde luego, pero que significa seguramente un
perfeccionamiento del ser humano. El objeto de esta superación y elevación ha de
ser probablemente la parte espiritual del hombre, el alma, que tan lenta y
rebeldemente se ha ido separando del cuerpo en el transcurso de los tiempos.
Todo lo que en este mundo sucede, sucede en cumplimiento de los propósitos de
una inteligencia superior, que, por caminos y rodeos difíciles de perseguir, lo
conduce todo en definitiva hacia el bien; esto es, hacia lo más satisfactorio
para el hombre. Sobre cada uno de nosotros vela una guarda bondadosa, sólo en
apariencia severa, que nos preserva de ser juguete de las fuerzas naturales,
prepotentes e inexorables. La muerte misma no es un aniquilamiento, un retorno a
lo inanimado inorgánico, sino el principio de una nueva existencia y el tránsito
a una evolución superior. Por otro lado las mismas leyes morales que nuestras
civilizaciones han estatuido rigen también el suceder universal, guardadas por
una suprema instancia justiciera, infinitamente más poderosa y consecuente. Todo
lo bueno encuentra al fin su recompensa, y todo lo malo, su castigo, cuando no
ya en esta vida sí en las existencias ulteriores que comienzan después de la
muerte.
De este modo
quedan condenados a desaparecer todos los terrores, los sufrimientos y asperezas
de la vida. La vida de ultratumba, que continúa nuestra vida terrenal como la
parte invisible del espectro solar, continúa la visible, trae consigo toda la
perfección que aquí hemos echado de menos. La suprema sabiduría que dirige este
proceso, la suprema bondad que en él se manifiesta y la justicia que en él se
cumple son los atributos de los seres divinos que nos han creado y han creado el
Universo entero. O, mejor dicho, de aquel único ser divino, en el que nuestras
civilizaciones han condensado el politeísmo de épocas anteriores. El pueblo que
primero consiguió semejante condensación de los atributos divinos se mostró muy
orgulloso de tal progreso. Había revelado el nódulo paternal, oculto desde
siempre detrás de toda imagen divina. Pero, en el fondo, esto no significa sino
un retroceso a los comienzos históricos de la idea de Dios.
No habiendo ya más
que un solo y único Dios, las relaciones con él pudieron recobrar todo el fervor
y toda la intensidad de las relaciones infantiles del individuo con su padre.
Mas a cambio de tanto amor se quiere una recompensa: ser el hijo predilecto, el
pueblo elegido. Mucho tiempo después ha elevado la piadosa América la pretensión
de ser God's own country, y lo es ciertamente en cuanto a una de las formas bajo
las cuales adoran los hombres a la divinidad.
Las ideas
religiosas sintéticamente enunciadas en lo que precede han pasado, claro está,
por una larga evolución y han sido retenidas por diversas civilizaciones en
distintas fases. En el presente ensayo hemos aislado una sola de estas fases
evolutivas: la de su cristalización definitiva en nuestra actual civilización
blanca, cristiana. No es difícil observar que en el conjunto formado por estas
ideas no todos los elementos armonizan igualmente bien entre sí, y que ni se da
con ellas respuesta a todas las interrogaciones apremiantes ni resulta tampoco
tarea fácil defenderlas de la constante contradicción de la experiencia
cotidiana. Pero así y todo, estas representaciones, religiosas en el más amplió
sentido, pasan por ser el tesoro más precioso de la civilización, lo más valioso
que la misma puede ofrecer a sus partícipes, y son más estimables que las artes
de beneficiar los tesoros de la tierra procurar a la Humanidad su alimento o
vencer las enfermedades. Los hombres creen no poder soportar la vida si no dan a
estas representaciones todo el valor al que para ellas se aspira. Habremos,
pues, de preguntarnos qué significan estas ideas a la luz de la Psicología, de
dónde extraen su alta estimación y -con interrogación harto tímida- cuál es su
verdadero valor.
IV
UNA investigación
que avanza libre de objeciones exteriores, cómo un monólogo, corre cierto
peligro. Es muy difícil ceder, además, a la tentación de apartar a un lado
aquellas ideas propias que tratan de interrumpirla, y todo ello se paga con una
sensación de inseguridad que luego se quiere encubrir por medio de conclusiones
demasiado radicales. Así, pues, situaré frente a mí un adversario que siga mi
exposición con desconfiada crítica y le cederé la palabra de cuando en cuando.
Por lo pronto le
oigo ya decir: «Se ha servido usted repetidamente de expresiones que me han
producido cierta extrañeza. Ha dicho usted, por ejemplo, que la civilización
crea las representaciones religiosas y las pone a disposición de sus partícipes.
Sin saber a punto fijo por qué, encuentro en estas afirmaciones algo extraño. No
las encuentro tan naturales como encontraría, por ejemplo, la de que la
civilización ha regulado el reparto de los productos del trabajo o los derechos
sobre la mujer y el hijo.»
A mi juicio, tales
afirmaciones están plenamente justificadas. He intentado mostrar que las
representaciones religiosas han nacido de la misma fuente que todas las demás
conquistas de la cultura: de la necesidad de defenderse contra la abrumadora
prepotencia de la Naturaleza; necesidad a la que más tarde se añadió un segundo
motivo: el impulso a corregir las penosas imperfecciones de la civilización.
También es absolutamente exacto decir que la civilización procura al individuo
estas ideas, pues el individuo las encuentra ya acabadas entre sí, y sería
incapaz de hallarlas por sí mismo. Son para él como la tabla de multiplicar o la
geometría: un legado de generaciones anteriores. La sensación de extrañeza que
usted me objeta puede provenir, en parte, de que las ideas religiosas nos son
presentadas como una revelación divina. Pero esa pretensión es ya una parte del
sistema religioso, y desatiende por completo la evolución histórica de tales
ideas y sus diferencias en las distintas épocas y civilizaciones.
«Hay todavía otra
objeción que creo más importante. Hace usted nacer el antropomorfismo de la
Naturaleza de la necesidad de poner término a la perplejidad y a la indefensión
de los hombres ante las fuerzas naturales tan temidas; entrar en relación con
ellas y conquistar sobre ellas alguna influencia. A mi juicio, resulta
completamente innecesario buscar semejante motivación. El hombre primitivo no
puede hacer otra cosa; su pensamiento no puede seguir otro camino. El impulso a
proyectar en el mundo su propio ser y ver en todos los sucesos que observa
manifestaciones de seres análogos en el fondo a él mismo es algo natural y como
innato en él. Es su único método de comprensión. Y el hecho de que abandonándose
así simplemente a sus disposiciones naturales consiga satisfacer una de sus
grandes necesidades, no es, desde luego, nada esperado y axiomático, sino una
coincidencia harto singular.»
Yo no lo encuentro
tan chocante. ¿O acaso cree usted que el pensamiento del hombre no conoce motivo
práctico alguno y es tan sólo la expresión de una curiosidad desinteresada? No
me parece probable. Creo más bien que al personificar las fuerzas de la
Naturaleza sigue el hombre un precedente infantil. En su primera infancia
descubrió ya que para llegar a adquirir alguna influencia sobre las personas que
le rodeaban le era preciso entrar en relación con ellas, y posteriormente aplica
este método, con igual propósito, a todo aquello que a su paso encuentra. No
contradigo, pues, su observación descriptiva. Efectivamente, la tendencia a
personificar todo aquello que quiere comprender -el dominio físico como
preparación del dominio psíquico- es un impulso natural del hombre; pero yo
expongo, además, el motivo y la génesis de esta peculiaridad del pensamiento
humano.
«Un tercer reparo:
en su libro Totem y tabú ha tratado usted ya anteriormente del origen de la
religión. Pero con muy distinto criterio. Allí todo queda reducido a la relación
paternofilial. Dios es una superación del padre, y la necesidad de una instancia
protectora -la nostalgia de un padre- es la raíz de la necesidad religiosa.
Posteriormente parece haber descubierto usted un nuevo factor: la impotencia y
la indefensión humana, al que se adscribe corrientemente el papel principal en
el origen de la religión, y ahora atribuye usted a la indefensión todo lo que
antes era complejo paterno. ¿Puedo preguntarle a usted las razones de esta
rectificación?»
Desde luego.
Esperaba su demanda. En realidad no hay tal rectificación. En la obra a que
usted se refiere, Totem y tabú, no se trataba de explicar la génesis de las
religiones, sino únicamente la del totemismo. ¿Puede usted acaso explicar desde
alguno de los puntos de vista conocidos por la primera forma en que la divinidad
protectora se reveló a los hombres fuese la de un animal, y que se instituyera,
al mismo tiempo que la prohibición de matar a dicho animal y comer de su carne,
la costumbre solemne de sacrificarlo y comerlo una vez al año en colectividad?
Esto es precisamente lo que sucede en el totemismo. Y no merece la pena discutir
si el totemismo puede o no ser considerado como una religión. Entraña íntimas
relaciones con las posteriores religiones deístas, y los animales totémicos se
convierten luego en animales sagrados, adscritos a los distintos dioses.
Igualmente las primeras restricciones morales, las más decisivas y profundas -la
prohibición del incesto y del homicidio-, nacen en los dominios del totemismo.
Acepte usted o no las conclusiones deducidas en Totem y tabú, habrá de reconocer
que en este libro quedan reunidas en un todo consistente muchas cosas singulares
antes inconexas. Desde luego, apenas rozamos en él la razón de que el dios
zoológico resultase a larga insuficiente, teniendo que ser sustituido por un
dios humano, y ni siquiera mencionamos varios otros problemas del origen de las
religiones. Pero esta limitación de nuestro campo de estudio no equivale a una
negación de la existencia de tales problemas. Nuestro trabajo se limitaba
rigurosamente a definir la posible colaboración del psicoanálisis en la solución
del problema religioso. Si ahora intento añadir otros factores menos ocultos no
debe usted acusarme de contradicción, como tampoco antes hubiese sido justo
tacharme de unilateral. De mi cuenta corre, naturalmente, indicar el enlace
entre lo anteriormente dicho y lo que ahora trato de exponer entre la motivación
profunda y la manifiesta entre el complejo paterno y la impotencia y necesidad
de protección del hombre.
No es nada difícil
hallar dicho enlace. Lo encontramos en las relaciones de la indefensión del niño
con la del adulto, continuación de ella, resultando así, como era de esperar,
que la motivación psicoanalítica de la génesis de la religión constituye la
aportación infantil a su motivación manifiesta. Vamos a transferirnos a la vida
anímica del niño pequeño. ¿Recuerda usted el proceso de la elección de objeto
conforme al tipo infantil del que nos habla el análisis? La libido sigue los
caminos de las necesidades narcisistas y se adhiere a aquellos objetos que
aseguran la satisfacción de las mismas. De este modo la madre, que satisface el
hambre, se constituye en el primer objeto amoroso y, desde luego, en la primera
protección contra los peligros que nos amenazan desde el mundo exterior en la
primera protección contra la angustia, podríamos decir.
Sin embargo, la
madre no tarda en ser sustituida en esta función por el padre, más fuerte, que
la conserva ya a través de toda la infancia. Pero la relación del niño con el
padre entraña una singular ambivalencia. En la primera fase de las relaciones
del niño con la madre, el padre constituía un peligro y, en consecuencia,
inspiraba tanto temor como cariño y admiración. Todas las religiones muestran
profundamente impresos los signos de esta ambivalencia de la relación con el
padre, según lo expusimos ya en Totem y tabú, cuando el individuo en maduración
advierte que está predestinado a seguir siendo siempre un niño necesitado de
protección contra los temibles poderes exteriores, presta a tal instancia
protectora los rasgos de la figura paterna y crea sus dioses, a los que, sin
embargo, de temerlos, encargará de su protección. Así, pues, la nostalgia de un
padre y la necesidad de protección contra las consecuencias de la impotencia
humana son la misma cosa. La defensa contra la indefensión infantil presta a la
reacción ante la impotencia que el adulto ha de reconocer, o sea, precisamente a
la génesis de la religión, sus rasgos característicos. Pero no entra en nuestros
propósitos adentrarnos más en la investigación del desarrollo de la idea de
Dios. A lo que hemos de atender es al acabado tesoro de representaciones
religiosas que la civilización procura al individuo.
V
VOLVIENDO a
nuestra investigación, ¿cuál será, pues, la significación psicológica de las
representaciones religiosas y dónde podremos clasificarlas?
Al principio no
parece nada fácil dar respuesta a estas interrogaciones. Después de rechazar
varias fórmulas nos atendremos a la siguiente: son principios y afirmaciones
sobre hechos y relaciones de la realidad exterior (o interior) en los que se
sostiene algo que no hemos hallado por nosotros mismos y que aspiran a ser
aceptados como ciertos. Particularmente estimados por ilustrarnos sobre lo más
importante e interesante de la vida, ha de considerarse muy ignorante a quien
nada sabe de ellos, y el que los acoge entre sus conocimientos, puede tenerse
por considerablemente enriquecido.
Naturalmente hay
muchos principios semejantes sobre las cosas más diversas de este mundo. Toda
enseñanza está llena de ellos. Elijamos la clase de Geografía: en ella nos dicen
que la ciudad de Constanza se alza en la orilla del lago de su nombre. Y una
canción estudiantil añade: «El que no lo crea, que vaya y lo vea.» Yo he ido
allí casualmente y puedo confirmar que la bella ciudad se encuentra emplazada a
orillas de una vasta superficie líquida, conocida entre los habitantes del
contorno con el nombre de lago de Constanza. Estoy, pues, plenamente convencido
de la exactitud de aquella afirmación geográfica. A este propósito recuerdo
ahora otro singular suceso de mi vida. Siendo ya un hombre maduro, hice un viaje
a Grecia. La primera vez que me hallé sobre la colina de la Acrópolis ateniense,
entre las ruinas de sus templos y teniendo a mis pies el mar azul, sentí
mezclarse a mi felicidad un cierto asombro: ¡aquello era realmente tal y como
nos lo habían descrito en el colegio! ¡Ciertamente, no debió de ser mucha mi fe
en la verdad real de lo que oía a mis profesores cuando tanto me asombraba ahora
verlo confirmado! Pero no quiero acentuar demasiado esta interpretación de aquel
suceso, pues mi asombro admite también una explicación distinta, totalmente
subjetiva y relacionada con la peculiaridad del lugar, explicación que no se me
ocurrió de momento.
Así, pues, todos
estos principios aspiran a ser aceptados como ciertos, pero no sin fundamentar
tal aspiración. Se presentan como el resultado abreviado de un largo proceso
mental, basado en la observación y, desde luego, también en la deducción, y si
hay quien prefiere seguir por sí mismo tal proceso, en lugar de aceptar su
resultado le señalan el camino. Asimismo se indica siempre la fuente del
conocimiento, integrado en el principio de que se trate, cuando el mismo no
puede considerarse axiomático, como sucede con las afirmaciones geográficas. Al
afirmar, por ejemplo, que la Tierra es redonda, se aducen, como pruebas, el
experimento del péndulo de Foucault, la curva del horizonte y la posibilidad de
circunnavegar la Tierra. Pero como es imposible hacer realizar a todos los
alumnos un viaje alrededor del mundo -cosa que reconocen sin excepción los
interesados-, no hay más remedio que dejarles abrir un amplio margen de
confianza a las enseñanzas escolares, sabiendo, de todos modos, que siempre
tienen abierto el camino para comprobarlas personalmente.
Intentemos medir
con la misma medida los principios religiosos. Si preguntamos en qué se funda su
aspiración a ser aceptados como ciertos, recibiremos tres respuestas
singularmente desacordes. Se nos dirá primeramente que debemos aceptarlos porque
ya nuestros antepasados los creyeron ciertos; en segundo lugar, se nos aducirá
la existencia de pruebas que nos han sido transmitidas por tales generaciones
anteriores y, por último, se nos hará saber que está prohibido plantear
interrogación alguna sobre la credulidad de tales principios. Tal atrevimiento
hubo de castigarse en épocas pasadas con penas severísimas; todavía actualmente
lo ve con disgusto la sociedad.
Esta última
respuesta ha de parecernos singularmente sospechosa. El motivo de semejante
prohibición no puede ser sino que la misma sociedad conoce muy bien el escaso
fundamento de las exigencias que plantea con respecto a sus teorías religiosas.
Si así no fuera, se apresurarían a procurar a todo el que quisiera convencerse
por sí mismo los medios necesarios. Así, pues, emprenderemos ya con extrema
desconfianza el examen de las dos otras pruebas. Debemos creer porque nuestros
antepasados creyeron. Pero estos antepasados nuestros eran mucho más ignorantes
que nosotros. Creyeron cosas que hoy nos es imposible aceptar. Es, por tanto,
muy posible que suceda lo mismo con las doctrinas religiosas. Las pruebas que
nos han transmitido aparecen incluidas en escritos falsos de toda garantía,
contradictorios y falseados. De poco sirve que se atribuya a su texto literal o
solamente a su contenido la categoría de revelación divina, pues tal afirmación
es ya por sí misma una parte de aquellas doctrinas, cuya credibilidad se trata
de investigar, y ningún principio puede demostrarse a sí mismo.
Llegamos así al
resultado singular de que precisamente aquellas tesis de nuestro patrimonio
cultural que mayor importancia podían entrañar para nosotros, y a las que
corresponde la labor de aclararnos los enigmas del mundo y reconciliarnos con el
dolor de la vida, son las que menos garantías nos ofrecen. Si un hecho tan
indiferente para nosotros como el de que las ballenas sean animales vivíparos, y
no ovíparos, fuera igualmente difícil de demostrar, no nos decidiríamos nunca a
creerlo.
Esta situación es
ya por sí misma un curioso problema psicológico. No deberá tampoco creerse que
las observaciones precedentes sobre la indemostrabilidad de las doctrinas
religiosas contengan nada nuevo. La imposibilidad de demostrarlas se ha hecho
sentir en todos los tiempos y a todos los hombres, incluso a aquellos
antepasados nuestros que nos han legado la herencia religiosa. Muchos de ellos
alimentaron seguramente nuestras mismas dudas, pero gravitaba sobre ellos una
presión demasiado intensa para que se atrevieran a manifestarlas. Y desde
entonces, estas dudas han atormentado a infinitos hombres que intentaron
reprimirlas porque se suponían obligados a creer; muchas inteligencias han
naufragado bajo la pesadumbre de tal conflicto, y muchos caracteres han sufrido
grave lesión en las transacciones en las que trataron de hallar una salida.
Al advertir que
todas las pruebas que se nos aducen en favor de la credibilidad de los
principios religiosos proceden del pasado, habremos de investigar si el presente
-mejor capacitado para juzgar- puede ofrecernos también alguna. Si de este modo
se consiguiera sustraer a la duda, aunque sólo fuera un único fragmento del
sistema religioso, la totalidad del mismo ganaría extraordinariamente en
credibilidad. Con este punto se enlaza la actividad de los espiritistas, que se
declaran convencidos de la perduración del alma individual y nos quieren
demostrar irrebatiblemente este principio de la doctrina religiosa. Por
desgracia, no consiguen rebatir victoriosamente la objeción de que todas las
apariciones y manifestaciones de sus espíritus no son sino productos de su
propia actividad psíquica. Han evocado los espíritus de los grandes hombres y de
los pensadores más sobresalientes; pero todas las manifestaciones y todas las
noticias que por ellos han obtenido han sido tan simples, tan
desconsoladoramente vacías, que lo más que pueden probar es una singular
capacidad de los espíritus para adaptarse al nivel intelectual de aquellos que
los conjuran.
Habremos de
recordar ahora dos tentativas que dan la impresión de constituir un esfuerzo
convulsivo por eludir el problema. Una de ellas, singularmente violenta, es muy
antigua; la otra es sutil y moderna. La primera es el credo quia absurdum de un
padre de la Iglesia. Esto quiere decir que las doctrinas religiosas están
sustraídas a las exigencias de la razón, hallándose por encima de ella. No
necesitamos comprenderlas, basta con que sintamos interiormente su verdad. Pero
este «credo» sólo como una forzada confesión resulta interesante. Como
mandamiento no puede obligar a nadie. ¿Habremos de obligarnos acaso a creer
cualquier absurdo? Y si no, ¿por qué precisamente éste? No hay instancia alguna
superior a la razón. Si la verdad de las doctrinas religiosas depende de un
suceso interior que testimonia de ella, ¿que haremos con los hombres en cuya
vida interna no surge jamás tal suceso nada frecuente? Podemos exigir a todos
los hombres que hagan uso de su razón; lo que no es posible es instituir una
obligación para todos sobre una base que sólo en muy pocos existe. Si uno de
ellos ha conquistado la indestructible convicción de la verdad real de las
doctrinas religiosas en un momento de profundo éxtasis emotivo, ¿qué puede
significar eso para los demás?
La segunda
tentativa es la realizada por la filosofía del «como si». Según ella, en nuestra
actividad mental existen numerosas hipótesis que sabemos faltas de todo
fundamento o incluso absurdas. Las definimos como ficciones; pero, en atención a
diversos motivos prácticos, nos conducimos «como si» las creyésemos verdaderas.
Tal sería el caso de las doctrinas religiosas a causa de su extraordinaria
importancia para la conservación de la sociedad humana. Esta argumentación no
difiere gran cosa del credo quia absurdum. Pero, a mi juicio, la pretensión de
la filosofía del «como si» sólo puede ser planteada y aceptada por un filósofo.
El hombre de pensamiento no influido por las artes de la Filosofía no podrá
aceptarla jamás. No podrá nunca conceder un valor a cosas declaradas de antemano
absurdas y contrarias a la razón, ni ser movido a renunciar, precisamente en
cuanto a uno de sus intereses más importantes, a aquellas garantías que
acostumbra a exigir en el resto de sus actividades. Recuerdo aquí la conducta de
uno de mis hijos, que se distinguió muy tempranamente por su amor a la verdad
objetiva. Cuando alguien empezaba a contar un cuento que los demás niños se
disponían a escuchar devotamente, se acercaba al narrador y le preguntaba: «¿Es
una historia verdadera?» Y al oír que no, se alejaba con gesto despreciativo. Es
de esperar que los hombres no tarden en conducirse parecidamente ante las
fábulas religiosas, a pesar de la intercesión del «como si».
Mas, por lo
pronto, se conducen aún muy diferentemente, y en épocas pretéritas las ideas
religiosas han ejercido suprema influencia sobre la Humanidad, no obstante su
indiscutible falta de garantía. Tenemos aquí un nuevo problema psicológico.
Habremos, pues, de preguntarnos en qué consiste la fuerza interior de estas
doctrinas y a qué deben su eficacia, independientemente de los dictados de la
razón.
VI
CREO ya
suficientemente preparada la respuesta a las dos interrogaciones que antes
dejamos abiertas. Recapitulando nuestro examen de la génesis psíquica de las
ideas religiosas, podremos ya formularla como sigue: tales ideas, que nos son
presentadas como dogmas, no son precipitadas de la experiencia ni conclusiones
del pensamiento: son ilusiones, realizaciones de los deseos más antiguos,
intensos y apremiantes de la Humanidad. El secreto de su fuerza está en la
fuerza de estos deseos. Sabemos ya que la penosa sensación de impotencia
experimentada en la niñez fue lo que despertó la necesidad de protección, la
necesidad de una protección amorosa, satisfecha en tal época por el padre, y que
el descubrimiento de la persistencia de tal indefensión a través de toda la vida
llevó luego al hombre a forjar la existencia de un padre inmortal mucho más
poderoso. El gobierno bondadoso de la divina Providencia mitiga el miedo a los
peligros de la vida; la institución de un orden moral universal, asegura la
victoria final de la Justicia, tan vulnerada dentro de la civilización humana, y
la prolongación de la existencia terrenal por una vida futura amplía
infinitamente los límites temporales y espaciales en los que han de cumplirse
los deseos.
Bajo las premisas
de este sistema se formulan respuestas a los enigmas ante los cuales se estrella
el humano deseo de saber, enigmas como la creación del mundo y la relación entre
el cuerpo y el alma. Por último, para la psique individual supone un gran alivio
ser descargada de los conflictos engendrados en la infancia por el complejo
paternal, jamás superados luego por entero, y ser conducida a una solución
generalmente aceptada.
Al decir que todo
esto son ilusiones, habremos de restringir el sentido de semejante concepto. Una
ilusión no es lo mismo que un error ni es necesariamente un error. La opinión
aristotélica de que la suciedad engendra los parásitos, opinión mantenida aun
hoy en día por el vulgo ignorante, es un error, como igualmente el criterio
sostenido por anteriores generaciones médicas de que la tabes dorsalis es
consecuencia de los excesos sexuales. Sería abusivo calificar de ilusiones estos
errores. En cambio, fue una ilusión de Cristóbal Colón creer que había
descubierto una nueva ruta para llegar a las Indias. La participación de su
deseo en este error resulta fácilmente visible. También podemos calificar de
ilusión la afirmación de ciertos nacionalistas de que los indogermanos son la
única raza susceptible de cultura, o la creencia -que sólo el psicoanálisis ha
logrado desvanecer- de que los niños eran seres sin sexualidad. Una de las
características más genuinas de la ilusión es la de tener su punto de partida en
deseos humanos de los cuales se deriva. Bajo este aspecto, se aproxima a la idea
delirante psiquiátrica, de la cual distingue, sin embargo; claramente. La idea
delirante, además de poseer una estructura mucho más complicada, aparece en
abierta contradicción con la realidad. En cambio, la ilusión no tiene que ser
necesariamente falsa; esto es, irrealizable o contrario a la realidad. Así, una
burguesa puede acariciar la ilusión de ser solicitada en matrimonio por un
príncipe, ilusión que no tiene nada de imposible y se ha cumplido realmente
alguna vez. Que el Mesías haya de llegar y fundar una edad de oro es ya menos
verosímil, y al enjuiciar esta creencia la clasificaremos; según nuestra actitud
personal, bien entre las ilusiones, bien entre las ideas delirantes. No es fácil
encontrar más ejemplos de ilusiones que hayan llegado a cumplirse. Quizá la de
transmutar en oro todos los metales, tan largo tiempo acariciada por los
alquimistas, llegue a ser una de ellas. El deseo de tener mucho oro, todo el oro
posible, se ha debilitado ya ante nuestro actual conocimiento de las condiciones
de la riqueza; pero la Química no considera imposible la transmutación indicada.
Así, pues, calificamos de ilusión una creencia cuando aparece engendrada por el
impulso a la satisfacción de un deseo, prescindiendo de su relación con la
realidad, del mismo modo que la ilusión prescinde de toda garantía real.
Si después de
orientarnos así volvemos de nuevo a los dogmas religiosos, habremos de repetir
nuestra afirmación interior: son todos ellos ilusiones indemostrables y no es
lícito obligar a nadie a aceptarlos como ciertos. Hay algunos tan inverosímiles
y tan opuestos a todo lo que trabajosamente hemos llegado a averiguar sobre la
realidad del mundo, que, salvando las diferencias psicológicas, podemos
compararlos a las ideas delirantes. Por lo general, resulta imposible aquilatar
su valor real. Son tan irrebatibles como indemostrables. Sabemos todavía muy
poco para aproximarnos a ellos como críticos. Nuestra investigación de los
secretos del mundo progresa muy lentamente, y la ciencia no ha encontrado aún
respuesta a muchas interrogaciones. De todos modos, la labor científica es, a
nuestro juicio, el único camino que puede llevarnos al conocimiento de la
realidad exterior a nosotros. Esperar algo de la intuición y del éxtasis no es
tampoco más que una ilusión. Pueden procurarnos ciertas inducciones,
difícilmente interpretables, sobre nuestra propia vida psíquica; pero nunca una
respuesta a las interrogaciones cuya solución se hace tan fácil a las doctrinas
religiosas. Sería un sacrilegio abandonarse aquí al capricho personal y aceptar
o rechazar con un criterio puramente subjetivo trozos aislados del sistema
religioso, pues tales interrogaciones son demasiado importantes, demasiado
sagradas, pudiéramos decir, para que sea lícita semejante conducta.
En este punto se
nos opondrá seguramente la siguiente objeción: si hasta los escépticos más
empedernidos reconocen que las afirmaciones religiosas no pueden ser rebatidas
por la razón, ¿por qué no hemos de creerlas, ya que tienen a su favor tantas
cosas: la tradición, la conformidad de la mayoría de los hombres y su mismo
contenido consolador? No hay inconveniente. Del mismo modo que nadie puede ser
obligado a creer, tampoco puede forzarse a nadie a no creer. Pero tampoco debe
nadie complacerse en engañarse a sí mismo suponiendo que con estos fundamentos
sigue una trayectoria mental plenamente correcta. La ignorancia es la
ignorancia, y no es posible derivar de ella un derecho a creer algo. Ningún
hombre razonable se conducirá tan ligeramente en otro terreno ni basará sus
juicios y opiniones en fundamentos tan pobres. Sólo en cuanto a las cosas más
elevadas y sagradas se permitirá semejante conducta. En realidad se trata de
vanos esfuerzos para hacerse creer a sí mismo o hacer creer a los demás que
permanece aún ligado a la religión, cuando hace ya mucho tiempo que se ha
desligado de ella. En lo que atañe a los problemas de la religión, el hombre se
hace culpable de un sinnúmero de insinceridades y de vicios intelectuales. Los
filósofos fuerzan el significado de las palabras hasta que no conservan apenas
nada de su primitivo sentido, dan el nombre de «Dios» a una vaga abstracción por
ellos creada y se presentan ante el mundo como deístas, jactándose de haber
descubierto un concepto mucho más elevado y puro de Dios, aunque su Dios no es
ya más que una sombra inexistente y no la poderosa personalidad del dogma
religioso. Los críticos persisten en declarar profundamente religiosos a
aquellos hombres que han confesado ante el mundo su consciencia de la pequeñez y
la impotencia humanas, aunque la esencia de la religiosidad no está en tal
consciencia, sino en el paso siguiente, en la reacción que busca un auxilio
contra ella. Aquellos hombres que no siguen adelante, resignándose humildemente
al mísero papel encomendado al hombre en el vasto mundo, son más bien
religiosos, en el más estricto sentido de la palabra.
No entra en los
fines de esta investigación pronunciarse sobre la verdad de las doctrinas
religiosas. Nos basta haberlas reconocido como ilusiones en cuanto a su
naturaleza psicológica. Pero no necesitamos ocultar que este descubrimiento
influye también considerablemente en nuestra actitud ante un problema que a
muchos ha de parecerles el más importante. Sabemos aproximadamente en qué
tiempos fueron creadas las doctrinas religiosas y por qué hombres. Si, además
descubrimos los motivos a que obedeció su creación, nuestro punto de vista sobre
el problema religioso queda sensiblemente desplazado. Nos decimos que sería muy
bello que hubiera un Dios creador del mundo y providencia bondadosa, un orden
moral universal y una vida de ultratumba; pero encontramos harto singular que
todo suceda así tan a medida de nuestros deseos. Y sería más extraño aún que
nuestros pobres antepasados, ignorantes y faltos de libertad espiritual,
hubiesen descubierto la solución de todos estos enigmas del mundo.
VII
LA conclusión de
que las doctrinas religiosas no son sino ilusiones, nos lleva en el acto a
preguntarnos si acaso no lo serán también otros factores de nuestro patrimonio
cultural, a los que concedemos muy alto valor y dejamos regir nuestra vida; si
las premisas en las que se fundan nuestras instituciones estatales no habrán de
ser calificadas igualmente de ilusiones, y si las relaciones entre los sexos,
dentro de nuestra civilización, no aparecen también perturbadas por toda una
serie de ilusiones eróticas. Una vez despierta nuestra desconfianza, no
retrocederemos siquiera ante la sospecha de que tampoco posea fundamentos más
sólidos nuestra convicción de que la observación y el pensamiento, aplicados a
la investigación científica, nos permiten alzar un tanto el velo que encubre la
realidad exterior. No tenemos por qué rehusar que la observación recaiga sobre
nuestro propio ser ni que el pensamiento sea utilizado para su propia crítica,
iniciándose así una serie de investigaciones cuyo resultado habría de ser
decisivo para la formación de una «concepción del Universo». Sospechamos que
semejante labor no resultaría infructuosa y justificaría, por lo menos en parte,
nuestra desconfianza. Pero el autor no se considera con capacidad suficiente
para emprenderla en toda su vasta amplitud y, en consecuencia, habrá de limitar
obligadamente su trabajo a una de tales ilusiones, a la ilusión religiosa.
Nuestro
contradictor deja oír de nuevo su voz en este punto, pidiéndonos cuenta de
nuestro ilícito proceder. Nos dice:
«El interés
arqueológico es altamente encomiable; pero no es permisible practicar
excavaciones por debajo de las viviendas de los hombres, falseando sus cimientos
y poniéndose en peligro de venirse abajo con todos sus moradores. Las doctrinas
religiosas no son un tema sobre el cual se pueda sutilizar impunemente como
sobre otro cualquiera. Constituyen la base de nuestra civilización. La
pervivencia que la sociedad humana tiene como premisa para que la mayoría de los
hombres las acepte como verdaderas. Si les enseñamos que la existencia de un
Dios omnipotente y justo, de un orden moral universal y de una vida futura son
puras ilusiones, se considerarán desligados de toda obligación de acatar los
principios de la cultura. Cada uno seguirá, sin freno ni temor, sus instintos
sociales y egoístas e intentará afirmar su poder personal, y de este modo
surgirá de nuevo el caos, la que ha llegado a poner término una labor
civilizadora ininterrumpida a través de muchos milenios. Aunque supiésemos y
pudiésemos demostrar que la religión no posee la verdad, deberíamos silenciarlo
y conducirnos como nos lo aconseja la filosofía del «como si». ¡Es en interés de
todos y por nuestra propia conservación! Lo contrario además de ser harto
peligroso, constituye una inútil crueldad. Hay infinitos hombres que hallan en
las doctrinas religiosas su único consuelo, y sólo con su ayuda pueden soportar
la vida. Se quiere despojarlos de tal apoyo sin tener nada mejor que ofrecerles
en sustitución. Se confiesa que la ciencia se halla aún muy poco avanzada, y
aunque lo estuviera mucho más tampoco bastaría a los hombres. El hombre tiene
otras necesidades imperativas, que nunca podrán ser satisfechas por la ciencia,
y es harto singular e inconsecuente que un psicólogo, que siempre ha hecho
resaltar la primacía del instinto sobre la inteligencia en la vida del hombre,
se esfuerce ahora en despojar a la Humanidad de una valiosa realización de
deseos, ofreciéndole una compensación puramente intelectual.»
¡Son muchas
acusaciones de una vez! Pero estoy preparado para rebatirlas todas, y además
habré de afirmar que, tratando de mantener las actuales relaciones entre la
civilización y la religión, se crean para la primera mayores peligros que
intentando destruirlas. Lo que no sé es por dónde empezar mi defensa.
Quizá asegurando
que yo mismo considero completamente inofensiva y exenta de todo peligro mi
empresa. No es, desde luego, a mí, en este caso, a quien puede reprocharse una
hipervaloración del intelecto. Si los hombres son, realmente, tales como los
describen mis contradictores -y no quiero negarlo-no hay el menor peligro de que
un creyente, vencido por mis argumentos, se deje despojar de su fe.
Además, no he
dicho nada que antes no haya sido ya sostenido más acabadamente y con mayor
fuerza por otros hombres mejores que yo, cuyos nombres no habré de citar, por
ser de sobra conocidos, y además para que no se crea que intento incluirme entre
ellos. Lo único que he hecho -la sola novedad de mi exposición- es haber
agregado a la crítica de mis grandes predecesores cierta base psicológica, pero
no es de esperar que esta agregación logre el efecto que tales críticas no
consiguieron. Se nos preguntará entonces por qué escribimos tales cosas si
estamos seguros de que no han de sufrir ningún efecto. Pero no han de sufrir
ningún efecto. Pero sobre esta cuestión volveremos más adelante.
Al único a quien
esta publicación puede perjudicar es a mí mismo. Seguramente se me acusará de
aridez espiritual, de falta de idealismo y de incomprensión ante los más altos
ideales de la Humanidad. Mas, por un lado, estos reproches no son nada nuevos
para mí, y por otro, cuando ya en nuestros años jóvenes nos hemos sobrepuesto a
la animadversión de nuestros contemporáneos, no podremos concederle gran
importancia llegados a la ancianidad y seguros de quedar sustraídos ya en fecha
próxima a todo favor y disfavor. No sucedía ciertamente así en épocas pasadas.
En ellas, semejantes manifestaciones abreviaban la vida terrenal de su autor y
le proporcionaban pronta ocasión de comprobar por sí mismo si existía o no una
vida de ultratumba. Pero tales tiempos han pasado ya, y las especulaciones de
este género son hoy perfectamente inofensivas, incluso para su propio autor. Lo
más que puede suceder es que su libro no pueda ser traducido ni difundido en
algunos países, precisamente en aquellos que se jactan de haber llegado a un más
alto grado de civilización. Pero cuando se combate, en general, a favor de la
renuncia a los deseos y la aceptación del destino, debe poder soportarse también
tal contrariedad.
No dejó de surgir
en mí la interrogación de si el presente ensayo podía causar algún daño; pero no
a persona alguna, sino a una causa, a la causa del psicoanálisis. No puedo negar
que el psicoanálisis es obra mía, ni tampoco que ha despertado en muchos
sectores desconfianza y animadversión. Si ahora salgo a la palestra con
afirmaciones tan poco gratas, es de esperar que toda responsabilidad quede
desplazada sobre el psicoanálisis. Ya vemos claramente -se dirá- adónde conduce
el psicoanálisis. Como ya lo sospechábamos, a negar la existencia de Dios y de
todo ideal ético. Y para impedirnos tal descubrimiento se nos ha querido
engañar, pretendiendo que el psicoanálisis no entrañaba una concepción
particular del Universo ni aspiraba a formarla.
Este ruido habrá
de serme realmente muy desagradable a causa de mis muchos colaboradores, algunos
de los cuales no comparten en absoluto mi actitud ante los problemas religiosos.
Pero el psicoanálisis ha capeado ya muchos temporales y podemos exponerlo a uno
más. En realidad, el psicoanálisis es un método de investigación, un instrumento
imparcial, como, por ejemplo, el infinitesimal. Si un físico descubriera, con
ayuda del mismo, que la Tierra había de desaparecer al cabo de cierto tiempo, no
nos decidiríamos tan fácilmente a atribuir al cálculo mismo tendencias
destructoras y a condenarlo por tal motivo. Todo lo que llevamos dicho contra el
valor de la religión como verdad no ha precisado para nada del psicoanálisis y
ha sido alegado ya, mucho antes de su nacimiento, por otros autores. Si la
aplicación del método psicoanalítico nos proporciona un nuevo argumento contra
la verdad de la religión, tanto peor para la misma; pero también sus defensores
podrán servirse, con igual derecho, del psicoanálisis para realzar el valor
afectivo de las doctrinas religiosas.
Proseguimos, pues,
nuestra defensa: la religión ha prestado, desde luego, grandes servicios a la
civilización humana y ha contribuido, aunque no lo bastante, a dominar los
instintos asociales. Ha regido durante muchos milenios la sociedad humana y ha
tenido tiempo de demostrar su eficacia. Si hubiera podido consolar y hacer feliz
a la mayoría de los hombres, reconciliarlos con la vida y convertirlos en firmes
substratos de la civilización, no se le hubiera ocurrido a nadie aspirar a
modificación alguna. Pero en lugar de esto vemos que una inmensa multitud de
individuos se muestra descontenta de la civilización y se siente desdichada
dentro de ella, considerándola como un yugo, del que anhela libertarse, y
consagra todas sus fuerzas a conseguir una mudanza de la civilización o lleva su
hostilidad contra ella, hasta el punto de no querer saber nada de sus preceptos
ni de la renuncia a los instintos. Se nos objetará que esta situación obedece
precisamente a que la religión ha perdido una gran parte de su influencia sobre
las colectividades humanas a causa del efecto lamentable de los progresos
científicos. Anotaremos, desde luego, esta confesión y la utilizaremos más
adelante para nuestros fines, limitándonos ahora a afirmar que, en calidad de
objeción, carece de todo fuerza.
Es dudoso que en
la época de la supremacía ilimitada de las doctrinas religiosas fueron en
general los hombres más felices que hoy, y desde luego no eran más morales. Han
sabido siempre traficar con los mandamientos religiosos y hacer fracasar así su
intención. Los sacerdotes, a los cuales correspondía la función de hacer guardar
obediencia a la religión, les han facilitado siempre esta tarea. La bondad
divina paralizó la divina justicia. El pecador se rescata con sacrificios o
penitencias y queda libre para volver a pecar. El fervor ruso se ha elevado
hacia la conclusión de que el pecado es indispensable para gozar todas las
bienaventuranzas de la gracia divina, siendo, por tanto, en el fondo, grato a
Dios. Es sabido que los sacerdotes sólo han podido mantener la sumisión
religiosa de las colectividades haciendo grandes concesiones a la naturaleza
instintiva de la Humanidad. De este modo se llegó a la conclusión de que sólo
Dios es fuerte y bueno, y el hombre, débil y pecador. La inmoralidad ha hallado
siempre en la religión un apoyo tan firme como la moralidad. Si los rendimientos
de la religión, en cuanto a la felicidad de los hombres, su adaptación a la
cultura y su restricción moral no son cosa mejor, habremos de preguntarnos si no
exageramos su necesidad para los hombres y si obramos prudentemente basando en
ella nuestras exigencias culturales.
Reflexiones sobre
la situación actual. Hemos oído la confesión de que la religión no ejerce ya
sobre los hombres la misma influencia que antes. (Nos referimos a la
civilización europea cristiana.) Y ello no porque prometa menos, sino porque los
hombres van dejando de creer en sus promesas. Concedamos que la causa de esta
mudanza reside en el robustecimiento del espíritu científico en las capas
superiores de la sociedad humana, aunque quizá no sea esta causa la única. La
crítica ha debilitado la fuerza probatoria de los documentos religiosos; las
ciencias naturales han señalado los errores en ellos contenidos, y la
investigación comparativa ha indicado la fatal analogía de las representaciones
religiosas por nosotros veneradas con los productos espirituales de pueblos y
tiempos primitivos.
El espíritu
científico crea una actitud particular ante las cosas de este mundo. Ante las
cosas de la religión se detiene un poco, vacila y acaba por traspasar también
los umbrales. En este proceso no hay detención alguna; cuanto más asequibles se
hacen al hombre los tesoros del conocimiento, tanto más se difunde su abandono
de la fe religiosa, al principio sólo de sus formas más anticuadas y absurdas,
pero luego también de sus premisas fundamentales. Los americanos son los únicos
que se han mostrado aquí plenamente consecuentes, procesando y condenando a los
defensores de las teorías darwinianas. Fuera de estos incidentes, la transición
va desarrollándose sin rebozo, con absoluta sinceridad.
De los hombres
cultos y de los trabajadores intelectuales no tiene mucho que temer la
civilización. La sustitución de los motivos religiosos de una conducta
civilizada por otros motivos puramente terrenos se desarrollaría en ellos
calladamente. Tales individuos son, además, de por sí, los más firmes substratos
de la civilización. Otra cosa es la gran masa inculta y explotada, que tiene
toda clase de motivos para ser hostil a la civilización. Mientras no averigüe
que ya no cree en Dios, todo irá bien. Pero ha de llegar indefectiblemente a
averiguarlo, aunque este ensayo mío no sea publicado. Y está dispuesta a aceptar
los resultados del pensamiento científico, sin que en ella haya tenido lugar la
transformación que el pensamiento científico ha provocado en los demás hombres.
¿No existe aquí el peligro de que estas masas se arrojen sobre el punto débil
que han descubierto en sus amos? Si no se debe matar única y exclusivamente
porque lo ha prohibido Dios, y luego se averigua que no existe tal Dios y no es
de temer, por tanto, su castigo se asesinará sin el menor escrúpulo, y sólo la
coerción social podrá evitarlo. Se plantea, pues, el siguiente dilema: o
mantener a estas masas peligrosas en una absoluta ignorancia, evitando
cuidadosamente toda ocasión de un despertar espiritual, o llevar a cabo una
revisión fundamental de las relaciones entre la civilización y la religión.
VIII
LA revisión antes
propuesta no parece que debiera tropezar con grandes dificultades. Supone, desde
luego, una renuncia, pero sólo para conquistar quizá algo mejor y evitar un
grave peligro. Sin embargo, se vacila temerosamente en emprenderla, como si
hubiese de traer consigo peligros aún mayores para la civilización. Cuando San
Bonifacio derrumbó al árbol sagrado de los sajones, los circunstantes esperaban
que la ira de los dioses fulminase al sacrílego. Nada sucedió, y los sajones
aceptaron el bautismo.
Si la civilización
ha llegado a instituir la prohibición de matar a aquellos de nuestros semejantes
a los que odiamos, cuyos bienes codiciamos o que significan un obstáculo en
nuestro camino, ha sido evidentemente en interés de la vida colectiva, la cual
se haría imposible de otro modo, pues el homicida atraería sobre sí la venganza
de los familiares del muerto y la oscura envidia de los demás hombres,
igualmente inclinados a semejante violencia. No tardaría, pues, en morir a su
vez sin haber disfrutado apenas de su venganza o botín. Aunque una fuerza física
extraordinaria y una astucia poco común le protegiese de los ataques
individuales, acabaría por sucumbir a la unión de los más débiles. De no seguir
tal unión, los asesinatos se sucederían sin límite, hasta quedar agotada la
Humanidad en esta lucha fratricida. Sucedería así entre individuos singulares lo
que aún sucede actualmente en Córcega entre familias, y fuera de este caso
aislado, sólo ya entre naciones. Pero la inseguridad que amenazaba por igual la
vida de todos los hombres acabó por unirlos en una sociedad que prohibió al
individuo atentar contra sus semejantes y se reservó el derecho de matar a
quienes transgredieran este mandato. La muerte impuesta por la colectividad pasó
entonces a ser justicia y castigo.
Pero en lugar de
aceptar este fundamento racional de lo prohibido de matar, afirmamos que ha sido
dictada por el mismo Dios. Nos permitimos, pues, penetrar en designios y
concluir que tampoco él quiere que los hombres se destruyan mutuamente. Al obrar
así revestimos de una particular solemnidad la prohibición cultural, pero nos
exponemos a supeditar su observancia a la fe en la existencia de Dios. Si ahora
cambiamos de rumbo y dejamos de atribuir a Dios nuestras propias voluntades,
contentándonos con el fundamento social, renunciaremos, desde luego, a semejante
transfiguración de la prohibición cultural, pero también evitaremos sus
peligros. Y todavía obtenemos otra ventaja. El carácter sagrado e intangible de
las cosas ultraterrenas se ha extendido, por una especie de difusión o infección
desde algunas grandes prohibiciones, a todas las demás instituciones, leyes y
ordenanzas de la civilización, a muchas de las cuales no les va nada bien la
aureola de santidad, pues aparte de anularse recíprocamente, estableciendo
normas contradictorias según las circunstancias de lugar y tiempo, muestran
profundamente impreso el sello de la imperfección humana. Fácilmente reconocemos
en ellas lo que no es sino producto de una tímida miopía intelectual, expresión
de interés mezquino o conclusiones deducidas de premisas insuficientes. La
crítica que merecen disminuye también, de un modo indeseable, nuestro respeto a
otras exigencias culturales más justificadas. Siendo muy espinosa la tarea de
distinguir lo que Dios mismo nos exige de los preceptos emanados de la autoridad
de un parlamento omnipotente o de un alto magistrado, sería muy conveniente
dejar a Dios en sus divinos cielos y reconocer honradamente el origen puramente
humano de los preceptos e instituciones de la civilización. Con su pretendida
santidad desaparecerían la rigidez y la inmutabilidad de todos estos
mandamientos y los hombres llegarían a creer que tales preceptos no habían sido
creados tanto para regirlos como para apoyar y servir sus intereses, adoptarían
una actitud más amistosa ante ellos y tenderían antes a perfeccionarlos que a
derrocarlos, todo lo cual constituiría un importante progreso hacia la
reconciliación del individuo con la presión de la civilización. .
Nuestro alegato en
favor de un fundamento puramente racional de los preceptos culturales queda
interrumpido aquí por un reprimido escrúpulo. Hemos elegido como ejemplo la
génesis de la prohibición de matar, y nos preguntamos ahora si nuestra
descripción de la misma corresponderá realmente a la verdad histórica. Tememos
que no, pues presenta todo aspecto de una construcción racionalista.
Precisamente hemos estudiado, con ayuda del psicoanálisis, este trozo de la
historia de la civilización humana, y basándonos en nuestra labor podemos
afirmar que la verdadera génesis del precepto indicado fue muy otra. Los motivos
puramente racionales pueden aún muy poco contra las pasiones en el hombre de
nuestros días, cuanto menos en el mísero animal humano de los tiempos
primitivos. Sus descendientes se destrozarían todavía mutuamente si uno de
aquellos asesinatos -el del padre primitivo- no hubiese despertado una reacción
afectiva irresistible, extraordinariamente rica en consecuencias. De esta
reacción proviene el mandamiento de no matar, limitado en el totemismo al
sustitutivo del padre y extendido luego a todos nuestros semejantes, aunque
todavía hoy no se observe sin excepciones.
Pero, según
explicamos ya en otro lugar, dicho padre primordial fue el prototipo de Dios, el
modelo conforme al cual crearon las generaciones posteriores la imagen de Dios.
La teoría religiosa está, pues, en lo cierto. Dios participó realmente en la
génesis de la prohibición que nos ocupa, siendo su influjo, y no la consciencia
de una necesidad social, lo que hubo de engendrarla. La atribución de la
voluntad humana al propio Dios queda también así justificada, pues los hombres
sabían haberse desembarazado violentamente del padre, y en su reacción a
semejante crimen se propusieron respetar en adelante la voluntad del muerto. Por
tanto, la doctrina religiosa nos transmite efectivamente la verdad histórica, si
bien un tanto deformada y disfrazada. En cambio, nuestra descripción racional se
aparta mucho de ella.
Advertimos ahora
que el tesoro de las representaciones religiosas no encierra sólo realizaciones
de deseos, sino también importantes reminiscencias históricas, resultando así
una acción conjunta del pasado y el porvenir, que ha de prestar a la religión
una incomparable plenitud de poder. Vislumbramos aquí una analogía que quizá nos
permita realizar algún nuevo descubrimiento. No es conveniente, desde luego,
trasplantar los conceptos muy lejos del terreno donde han germinado, pero en
este caso se impone hacer constar una singular coincidencia. Sabemos que el
hombre no puede cumplir su evolución hasta la cultura sin pasar por una fase más
o menos definida de neurosis, fenómeno debido a que para el niño es imposible
yugular por medio de una labor mental racional las muchas exigencias instintivas
que han de serles inútiles en su vida ulterior y tiene que dominarlas mediante
actos de represión, detrás de los cuales se oculta, por lo general, un motivo de
angustia. La mayoría de estas neurosis infantiles -especialmente las obsesivas-
quedan vencidas espontáneamente en el curso del crecimiento, y el resto puede
ser desvanecido más tarde por el tratamiento psicoanalítico. Pues bien; hemos de
admitir que también la colectividad humana pasa en su evolución secular por
estados análogos a las neurosis y precisamente a consecuencia de idénticos
motivos; esto es, porque en sus tiempos de ignorancia y debilidad mental hubo de
llevar a cabo exclusivamente por medio de procesos afectivos las renuncias al
instinto indispensables para la vida social. Los residuos de estos procesos,
análogos a la represión, desarrollados en épocas primitivas, permanecieron luego
adheridos a la civilización durante mucho tiempo. La religión sería la neurosis
obsesiva de la colectividad humana, y lo mismo que la del niño, provendría del
complejo de Edipo en la relación con el padre. Conforme a esta teoría hemos de
suponer que el abandono de la religión se cumplirá con toda la inexorable
fatalidad de un proceso del crecimiento y que en la actualidad nos encontramos
ya dentro de esta fase de la evolución.
Consiguientemente,
nuestra conducta debiera ser la de un educador comprensivo que no intenta
oponerse a una naciente transformación espiritual, y procura, por lo contrario,
fomentarla y represar la violencia de su aparición. Esta analogía no agota,
desde luego, la esencia de la religión, la cual integra ciertamente
restricciones obsesivas como sólo puede imponerlas la neurosis obsesiva
individual, pero contiene además un sistema de ilusiones optativas contrarias a
la realidad, únicamente comparable al que se nos ofrece en una agencia, en una
feliz demencia alucinatoria. Se trata tan sólo de comparaciones con las que
intentamos llegar a la comprensión del fenómeno social. La patología individual
no puede procurarnos en este punto una plena identidad.
Tanto Th. Reik
como yo hemos señalado, repetidamente, hasta dónde puede perseguirse la analogía
de la religión como una neurosis obsesiva y cuáles son los destinos y las
particularidades de la religión que podemos llegar a comprender por este camino.
De acuerdo con ello está que los creyentes parecen gozar de una segura
protección contra ciertas enfermedades neuróticas, como si la aceptación de la
neurosis general les relevase de la labor de construir una neurosis personal.
Nuestro
reconocimiento del valor histórico de ciertas doctrinas religiosas acrecienta el
respeto que las mismas nos inspiran, pero no invalida en modo alguno nuestra
propuesta de retirarlas de la modificación de los mandamientos culturales. Todo
lo contrario. Tales residuos históricos nos han ayudado a formar nuestra
concepción de las doctrinas religiosas como reliquias neuróticas, siéndonos ya
posible declarar que ha llegado probablemente el momento de proceder, en esta
cuestión, como en el tratamiento psicoanalítico de los neuróticos, y sustituir
los resultados de la represión por los de una labor mental racional. Es de
esperar que esta labor no se limite a imponer la renuncia a la solemne
transfiguración de los preceptos culturales y que una revisión fundamental de
los mismos traiga consigo la supresión de muchos de ellos. Pero no tenemos por
qué lamentarlo. No puede importarnos gran cosa traicionar la verdad histórica al
admitir una motivación racional de los preceptos culturales. Las verdades
contenidas en las doctrinas religiosas aparecen tan deformadas y tan
sistemáticamente disfrazadas que la inmensa mayoría de los hombres no pueden
reconocerlas como tales. Es lo mismo que cuando contamos a los niños que la
cigüeña trae a los recién nacidos. También les decimos la verdad, disimulándola
con un ropaje simbólico, pues sabemos lo que aquella gran ave significa. Pero el
niño no lo sabe, se da cuenta únicamente de que se le oculta algo, se considera
engañado, y ya sabemos que de esta temprana impresión nace, en muchos casos, una
general desconfianza contra los mayores y una oposición hostil a ellos. Hemos
llegado a la convicción de que es mejor prescindir de estas veladuras simbólicas
de la verdad y no negar al niño el conocimiento de las circunstancias reales, en
una medida proporcional a su nivel-intelectual.
IX
SE permite usted
contradicciones difíciles de conciliar. Comienza usted por afirmar que las
críticas de este género son inofensivas, pues nadie se deja despojar por ella de
la fe religiosa. ¿Para qué publica usted, pues, ésta si no ha de alcanzar con
ella su propósito de perturbar dicha fe, claramente revelado luego? Pero,
además, reconoce usted en otro lugar que puede haber un grave riesgo en que un
determinado núcleo social averigüe que ya no se cree en Dios. Dócil hasta
entonces, negaría en adelante toda obediencia a los preceptos culturales. Su
argumento de que la motivación religiosa de los preceptos culturales significa
un peligro para la civilización, reposa enteramente en la hipótesis de que el
creyente puede convertirse en incrédulo. ¿No hay aquí contradicción palmaria?
También incurre
usted en contradicción al reconocer, primero, la imposibilidad de guiar al
hombre por la sola inteligencia, dominado como está por los instintos y las
pasiones, y proponer luego la sustitución de los fundamentos afectivos de la
obediencia a la cultura por otros racionales. Confieso que no entiendo cómo
pueden conciliarse ambas cosas, incompatibles a mi juicio.
Pero, además, ¿es
que ha olvidado usted las enseñanzas de la Historia? La tentativa de sustituir
la religión por la razón ha sido iniciada ya una vez oficialmente y con toda
solemnidad. Supongo que recordará usted esta incidencia de la Revolución
francesa, así como la fugacidad y el lamentable fracaso del experimento. Hoy es
repetido en Rusia, seguramente con igual resultado. ¿O acaso no cree usted
obligado suponer que el hombre no puede prescindir de la religión?
Usted mismo ha
dicho que la religión es algo más que una neurosis obsesiva. Pero no ha obrado
de acuerdo con tal afirmación. Se ha limitado a desarrollar la analogía con la
neurosis y a concluir que siempre es bueno libertar a los hombres de una
neurosis. Lo que así pueda perderse le tiene a usted sin cuidado.
La rapidez con la
que he expuesto cosas harto complicadas puede haber hecho surgir, en efecto, una
apariencia de contradicción. No ha de sernos difícil desvanecerla. Sigo
afirmando que el presente ensayo crítico es, en cierto sentido, totalmente
inofensivo. Ningún creyente se dejará despojar de su fe por estos argumentos u
otros análogos, pues se hallan fuertemente ligados a los contenidos de la
religión por ciertos tiernos lazos afectivos. Hay también ciertamente otros
muchos que no son creyentes en el mismo sentido. Permanecen obedientes a los
preceptos culturales porque los asustan las amenazas de la religión y temen a la
religión mientras han de considerarla como una parte de la realidad restrictiva.
Pero tampoco sobre ellos ejercen influencia alguna los argumentos. Cesan de
temer a la religión cuando advierten que otros no la temen, y con respecto a
éstos he afirmado que se darían cuenta del ocaso de la influencia religiosa,
aunque yo no publicase este escrito.
Pero creo que
usted mismo concede más valor a la otra condición que me reprocha. Si los
hombres son realmente tan poco asequibles a los argumentos de la razón y se
hallan dominados por sus deseos instintivos, ¿por qué ha de privárseles de la
satisfacción de un instinto e intentar sustituirla por un raciocinio? Los
hombres son, desde luego, así; pero, ¿se ha preguntado usted si tienen que ser
necesariamente tales? ¿Si su más íntima naturaleza les obliga a ello? ¿Es que un
antropólogo podría precisar acaso el índice craneano de un pueblo que tuviera la
costumbre de deformar con apretados vendajes las cabezas de sus niños? Piense
usted en el lamentable contraste entre la inteligencia de un niño sano y la
debilidad mental del adulto medio. ¿No es quizá muy posible que la educación
religiosa tenga gran parte de culpa en esta atrofia relativa? A mi juicio, un
niño sobre el cual no se ejerciera influencia alguna tardaría mucho en comenzar
a formarse una idea de Dios y de las cosas ultraterrenas. Tales ideas seguirían
quizá luego los mismos caminos que en sus antepasados primitivos, pero en vez de
esperar semejante evolución se imbuyen al niño doctrinas religiosas en una época
en que ni pueden interesarle ni posee capacidad suficiente para comprender su
alcance. Los dos puntos capitales del programa pedagógico actual son el retraso
de la evolución sexual y el adelanto de la influencia religiosa. ¿No es cierto?
Cuando el pensamiento del niño despierta luego, las doctrinas religiosas se han
hecho ya intangibles. ¿Cree usted muy beneficioso para el desarrollo de la
inteligencia sustraer a su acción, con la amenaza de las penas del infierno, un
sector tan importante? La debilidad mental de individuos tempranamente
habituados a aceptar sin crítica los absurdos y las contradicciones de las
doctrinas religiosas no puede ciertamente extrañarnos. Pero la inteligencia es
el único medio que poseemos para dominar nuestros instintos. ¿Cómo, pues,
esperar que estos individuos, sometidos a un régimen de restricción intelectual,
alcancen alguna vez el ideal psicológico, la primacía del intelecto? Tampoco
ignora usted que a la mujer, en general, se le atribuye la llamada «debilidad
mental fisiológica», esto es, una inteligencia inferior a la del hombre. El
hecho mismo es discutible, pero uno de los argumentos aducidos para explicar
semejante inferioridad intelectual es el de que las mujeres sufren bajo la
temprana prohibición de ocupar su pensamiento con aquello que más podía
interesarlas, o sea, con los problemas de la vida sexual. Mientras que sobre los
comienzos de la vida del hombre sigan actuando, además de la coerción mental
sexual, la religiosa y la monárquica, derivada de la religiosa, no podremos
decir cómo el hombre es en realidad.
Pero quiero
moderar mi celo y reconocer la posibilidad de que también yo corra detrás de una
ilusión. Es posible que los efectos de la prohibición religiosa impuesta al
pensamiento no sean tan perjudiciales como suponemos y que la naturaleza humana
continúe siendo la misma, aunque no se emplee abusivamente la educación para
lograr la sumisión del individuo a los dogmas religiosos. No lo sé ni tampoco
usted puede saberlo. Además de aquellos grandes problemas de la vida que aún nos
parecen insolubles, hay muchas otras interrogaciones menos importantes para las
cuales nos es también muy difícil encontrar respuesta. Pero no me negará usted
que en este punto se abre una puerta a la esperanza; no negará usted que puede
haber oculto aquí un tesoro susceptible de enriquecer a la civilización y que,
por tanto, vale la pena de intentar una educación irreligiosa. Si la tentativa
fracasa, estoy dispuesto a renunciar a toda forma y a aceptar el juicio,
puramente descriptivo, de que el hombre es un ser de inteligencia débil,
dominado por sus deseos instintivos.
En cambio, hay
otro punto en él que estoy plenamente de acuerdo con usted. Me parecería
insensato querer desarraigar de pronto y violentamente la religión. Sobre todo,
porque sería inútil. El creyente no se deja despojar de su fe con argumentos ni
con prohibiciones. Y si ello se consiguiera en algún caso sería una crueldad. Un
individuo habituado a los narcóticos no podrá ya dormir si le privamos de ellos.
Esta comparación del efecto de los consuelos religiosos con el de un poderoso
narcótico puede apoyarse en una curiosa tentativa actualmente emprendida en
Norteamérica. En este país -y bajo la clara influencia del dominio de la mujer-
se está procurando sustraer al individuo todos los medios de estímulo,
embriaguez y placer, saturándole, en cambio, de temor a Dios, a modo de
compensación. Tampoco es dudoso el resultado final de semejante experimento.
En lo que yo
disiento de usted es en la conclusión de que el hombre no puede prescindir del
consuelo de la ilusión religiosa, sin la cual le sería imposible soportar el
peso de la vida y las crueldades de la realidad. Conformes en cuanto al hombre a
quien desde niño han instigado ustedes tan dulce -o agridulce- veneno. Pero, ¿y
el otro? ¿Y el educado en la abstinencia? No habiendo contraído la general
neurosis religiosa, es muy posible que no precise tampoco de intoxicación alguna
para adormecerla. Desde luego, su situación será más difícil. Tendrá que
reconocer su impotencia y su infinita pequeñez y no podrá considerarse ya como
el centro de la creación, ni creerse amorosamente guardado por una providencia
bondadosa. Se hallará como el niño que ha abandonado el hogar paterno, en el
cual se sentía seguro y dichoso. Pero, ¿no es también cierto que el infantilismo
ha de ser vencido y superado? El hombre no puede permanecer eternamente niño;
tiene que salir algún día a la vida, a la dura «vida enemiga». Esta sería la
«educación para la realidad». ¿Habré de decirle todavía que el único propósito
del presente trabajo es señalar la necesidad de tal progreso?
Teme usted,
seguramente, que el hombre no pueda resistir tan dura prueba. Déjenos esperar
que sí. La consciencia de que sólo habremos de contar con nuestras propias
fuerzas nos enseña, por lo menos, a emplearlas con acierto. Pero, además, el
hombre no está ya tan desamparado. Su ciencia le ha enseñado muchas cosas desde
los tiempos del Diluvio y ha de ampliar aún más su poderío. Y por lo que
respecta a lo inevitable, al destino inexorable, contra el cual nada puede
ayudarle, aprenderá a aceptarlo y soportarlo sin rebeldía. ¿De qué puede
servirle el espejismo de vastas propiedades en la Luna, cuyas rentas nadie ha
recibido jamás? Cultivando honradamente aquí en la Tierra su modesto pegujal,
como un buen labrador, sabrá extraer de él su sustento. Retirando sus esperanzas
del más allá y concentrando en la vida terrena todas las energías así liberadas,
conseguirá, probablemente, que la vida se haga más llevadera a todos y que la
civilización no abrume ya a ninguno, y entonces podrá decir, con uno de nuestros
irreligiosos:
El cielo lo
abandonamos
a los gorriones y
a los ángeles.
X
TODO eso suena muy
bien. ¡Una Humanidad que ha renunciado a todas las ilusiones y se ha capacitado
así para hacer tolerable su vida sobre la Tierra! Pero yo no puedo compartir sus
esperanzas. Y no porque sea el obstáculo reaccionario que usted ve quizá en mí,
sino simplemente por reflexión. Creo que hemos cambiado los papeles: usted es
ahora el hombre apasionado, que se deja llevar por las ilusiones, y yo
represento los dictados de la razón y el derecho del escepticismo. Todo lo que
acaba usted de exponer me parece basado en errores que, siguiendo su ejemplo,
habré de calificar de ilusiones, puesto que delatan claramente la influencia de
sus deseos. Espera usted que las nuevas generaciones, sobre las cuales no se
haya ejercido en la infancia influencia alguna religiosa, alcanzarán fácilmente
la ansiada primacía de la inteligencia sobre la vida instintiva. Ilusión pura,
pues no es nada verosímil que la naturaleza humana cambie en este punto
decisivo. Si no me equivoco -sabe uno tan poca cosa de las demás culturas-,
existen también hoy en día pueblos que no viven bajo la opresión de un sistema
religioso, y no puede decirse que se hallen más próximos que los otros al ideal
por usted propugnado. Para desterrar la religión de nuestra civilización europea
sería preciso sustituirla por otro sistema de doctrinas, y este sistema
adoptaría desde un principio todos los caracteres psicológicos de la religión,
la misma santidad, rigidez e intolerancia, e impondría el pensamiento para su
defensa idénticas prohibiciones. Algo de esto es necesario para hacer posible la
educación. El camino que va desde el recién nacido al adulto civilizado es muy
largo, y muchos individuos se perderían en él y no llegarían a cumplir su misión
en la vida si se los abandonase sin guía ninguna a su propio desarrollo. Las
doctrinas aplicadas en su educación limitarán siempre su pensamiento en sus años
de madurez, como hoy se lo reprocha usted a la religión. ¿No advierte usted que
el defecto indeleble y congénito de toda civilización es el de plantear al niño,
instintivo y de inteligencia débil, resoluciones sólo posibles para la
inteligencia del adulto? Pero la síntesis de la evolución secular de la
Humanidad en un par de años de infancia le impide obrar de otro modo, y sólo la
acción de poderes afectivos puede facilitar al niño el cumplimiento de tan
difícil tarea. Estas son, pues, las probabilidades de su «primacía del
intelecto».
No extrañará usted
que me declare partidario de la conservación del sistema religioso como base de
la educación y de la vida colectiva. Se trata de una cuestión práctica y no del
valor de realidad del sistema. Puesto que la necesidad de mantener nuestra
civilización no nos consiente aplazar el influjo sobre cada individuo hasta el
momento en que alcance el grado de madurez propicio a la cultura -y muchos no lo
alcanzarían nunca-, y puesto que nos vemos precisados a imponer al sujeto en
desarrollo un cualquier sistema doctrinal, que ha de obrar en él como premisa
sustraída a la crítica, opino que debemos atenernos al sistema religioso como el
más apropiado. Precisamente, desde luego, por su fuerza consoladora y cumplidora
de deseos, en la que ha reconocido usted su carácter de «ilusión». Ante la
dificultad de llegar al conocimiento, siquiera fragmentario, de la realidad, y
ante la duda de que podamos llegar a él alguna vez, no debemos olvidar que
también las necesidades humanas son una parte de la realidad, y, por cierto, una
parte muy importante y que nos toca muy de cerca.
Otra de las
ventajas de la doctrina religiosa estriba para mí, precisamente, en uno de los
caracteres que más han despertado su repulsa. Permite una purificación y una
sublimación conceptual en la que desaparece todo lo que lleva en sí la huella
del pensamiento primitivo e infantil. Lo que luego queda es un contenido de
ideas que la ciencia no contradice ya ni puede rebatir. Estas transformaciones
de la doctrina religiosa, calificadas antes por usted de concesiones y
transacciones, permiten evitar la disociación entre la masa incultivada y el
pensador filosófico y conservan entre ellos una comunidad muy importante para el
aseguramiento de la civilización, no siendo así de temer que el hombre del
pueblo averigüe que las capas sociales altas «no creen ya en Dios». Con todo
esto creo haber demostrado que sus esfuerzos se reducen a una tentativa de
sustituir una ilusión contrastada y de un gran valor afectivo por otra
incontrastada e indiferente.
No debe usted
creerme inasequible a su crítica. Sé lo difícil que es evitar las ilusiones, y
es muy posible que las esperanzas por mí confesadas antes sean también de
naturaleza ilusoria. Pero habré de mantener una diferencia. Mis ilusiones
-aparte de no existir castigo alguno para quien no las comparte-no son
irrectificables, como las religiosas, ni integran su carácter obsesivo. Si la
experiencia demostrase -ya no a mí, sino a otros más jóvenes que como yo
piensan- que nos habíamos equivocado, renunciaremos a nuestras esperanzas. Vea
usted en mi intento lo que realmente es. Un psicólogo que no se engaña a sí
mismo sobre la inmensa dificultad de adaptarse tolerablemente a este mundo se
esfuerza en llegar a un juicio sobre la evolución de la Humanidad apoyándose en
los conocimientos adquiridos en el estudio de los procesos anímicos del
individuo durante su desarrollo desde la infancia a la edad adulta. En esta
labor halla que la religión puede ser comparada a una neurosis infantil, y es lo
bastante optimista para suponer que la Humanidad habrá de dominar esta fase
neurótica, del mismo modo que muchos niños dominan neurosis análogas en el curso
de su crecimiento. Estos conocimientos de la psicología individual pueden ser
insuficientes, injustificada su aplicación a la Humanidad e injustificado
también el optimismo. Reconozco todas estas inseguridades; pero muchas veces no
puede uno privarse de exponer su opinión, sirviéndole de disculpa el no darla
por más de lo que vale.
Todavía he de
insistir en dos puntos. En primer lugar, la debilidad de mi posición no supone
una afirmación de la suya. Creo sinceramente que defiende usted una causa
perdida. Podemos repetir una y otra vez que el intelecto humano es muy débil en
comparación con la vida instintiva del hombre, e incluso podemos estar en lo
cierto. Pero con esta debilidad sucede algo especialísimo. La voz del intelecto
es apagada, pero no descansa hasta haberse logrado hacerse oír y siempre termina
por conseguirlo, después de ser rechazada infinitas veces. Es éste uno de los
pocos puntos en los cuales podemos ser optimistas en cuanto al porvenir de la
Humanidad, pero ya supone bastante por sí solo. A él podemos enlazar otras
esperanzas. La primacía del intelecto está, desde luego, muy lejana pero no
infinitamente, y como es de prever que habrá de marcarse los mismos fines cuya
relación esperan ustedes de su Dios: el amor al prójimo y la disminución del
sufrimiento -aunque, naturalmente, dentro de una medida humana y hasta donde lo
permita la realidad exterior, la Ananch- podemos decir que nuestro antagonismo
no es sino provisional y nada irreducible. Ambos esperamos lo mismo, pero usted
es más impaciente, más exigente y -¿por qué no decirlo?-más egoísta que yo y que
los míos. Quiere usted que la bienaventuranza comience inmediatamente después de
la muerte; exige usted de ella lo imposible y no se resigna a renunciar a la
personalidad individual. Nuestro dios
Logoz realizará
todo lo que de estos deseos permita la naturaleza exterior a nosotros, pero muy
poco a poco, en un futuro imprecisable y para nuevas criaturas humanas. A
nosotros, los que sentimos dolorosamente la vida, no nos promete compensación
alguna. En el camino hacia este lejano fin, las doctrinas religiosas acabarán
por ser abandonadas, aunque las primeras tentativas fracasen o demuestren ser
insuficientes las primeras creaciones sustitutivas. No ignora usted,
ciertamente, que a la larga nada logra resistir a la razón y a la experiencia, y
la religión las contradice ambas demasiado patentemente. Tampoco las ideas
religiosas purificadas podrán sustraerse a este destino si quieren conservar
todavía algo del carácter consolador de la religión. Claro está que si se
limitan a afirmar la existencia de un ser espiritual superior, de atributos
indeterminables y designios impenetrables, quedarán sustraídas a la
contradicción de la ciencia, pero entonces también dejarán de interesar a los
hombres.
Pasemos ahora al
segundo de los puntos antes enunciados. Observe usted la diferencia que existe
entre su actitud y la mía ante la ilusión. Usted tiene que defender la ilusión
religiosa con todas sus fuerzas; en el momento en que pierda su valor -y ya
aparece harto amenazada- se derrumbará para usted todo un mundo, no le quedará a
usted nada y habrá de desesperar de todo, de la civilización y del porvenir de
la Humanidad. En cambio, nosotros estamos libres de semejantes servidumbres.
Hallándonos dispuestos a renunciar a buena parte de nuestros deseos infantiles,
podemos soportar muy bien que algunas de nuestras esperanzas demuestren no ser
sino ilusiones.
La educación
libertada de las doctrinas religiosas no cambiará quizá notablemente la esencia
psicológica del hombre. Nuestro dios Logoz no es, quizá, muy omnipotente y no
puede cumplir sino una pequeña parte de lo que sus predecesores prometieron. Si
efectivamente llega un momento en que hayamos de reconocerlo así, nos
resignaremos serenamente, pero sin que por ello pierdan para nosotros su interés
el mundo y la vida, pues poseemos un punto de apoyo que ustedes les falta.
Creemos que la labor científica puede llegar a penetrar un tanto en la realidad
del mundo, permitiéndonos ampliar nuestro poder y dar sentido y equilibrio a
nuestra vida. Si esta esperanza resulta una ilusión nos encontraremos en la
misma situación que usted, pero la ciencia ha demostrado ya, con numerosos e
importantes éxitos, no tener nada de ilusoria. Posee muchos enemigos declarados,
y más aún cultos, entre aquellos que no pueden perdonarle haber debilitado la fe
religiosa y amenazar con derrocarla. Se le reprocha habernos enseñado muy poco y
dejar incomparablemente mucho más en la oscuridad. Pero al obrar así, se olvida
su juventud, se olvida cuán difíciles han sido sus comienzos y el escaso tiempo
transcurrido desde el momento en que el intelecto humano llegó a estar
capacitado para la labor científica. ¿Acaso no pecamos todos basando nuestros
juicios en períodos demasiado cortos? Deberíamos tomar ejemplos de los geólogos.
Se reprocha a la ciencia su inseguridad, alegando que lo que hoy proclama como
ley es rechazado como error por la generación siguiente y sustituido por una
nueva ley, de tan corta vida como la primera. Pero semejante acusación es
injusta, y en parte, falsa. Las mudanzas de las opiniones científicas son
evolución y progreso, nunca contradicción. Una ley que al principio se creyó
generalmente válida demuestra luego ser un caso especial de una normatividad más
amplia o queda restringida por otra ley posteriormente descubierta; una grosera
aproximación a la verdad queda sustituida por un ajuste más acabado a la misma,
susceptible a su vez de mayor perfeccionamiento. En diversos sectores no se ha
superado aún cierta fase de la investigación, que se limita a ir planteando
hipótesis que luego han de rechazarse por insuficientes. Otros integran ya, en
cambio, un nódulo firme y casi inmutable de conocimiento. Por último, se ha
intentado negar radicalmente todo valor a la labor científica, alegando que por
su íntimo enlace con las condiciones de nuestra propia organización sólo puede
suministrarnos resultados subjetivos, mientras que la verdadera naturaleza de
las cosas es exterior a nosotros y nos resulta inasequible. Pero semejante
afirmación prescinde de algunos factores decisivos para la concepción de la
labor científica. No tiene en cuenta que nuestra organización, o sea, nuestro
aparato anímico, se ha desarrollado precisamente en su esfuerzo por descubrir el
mundo exterior, debiendo haber adquirido así su estructura una cierta educación
a tal fin. Se olvida que nuestro aparato anímico es por sí mismo un elemento de
aquel mundo exterior que de investigar se trata y se presta muy bien a tal
investigación; que la labor de la ciencia queda plenamente circunscrita si la
limitamos a mostrarnos cómo se nos debe aparecer el mundo a consecuencia de la
peculiaridad de nuestra organización; que los resultados finales de la ciencia,
precisamente por la forma en que son obtenidos, no se hallan condicionados
solamente por nuestra organización, sino también por aquello que sobre tal
organización ha actuado, y, por último, que el problema de una composición del
mundo sin atención a nuestro aparato anímico perceptor es una abstracción vacía
sin interés práctico ninguno.
No, nuestra
ciencia no es una ilusión. En cambio, sí lo sería creer que podemos obtener en
otra parte cualquiera lo que ella no nos pueda dar.
FIN
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